Opinión
De regreso al infierno, tras la eliminación del Mundial
Por Guillermo Pérez Flórez
El balón infla la red de Uzbekistán. Daniel Muñoz hace un malabar y lo roza con el empeine del pie derecho, tras un pase magistral de Lucho Díaz que busca una cabeza, y anota el primer gol. Ahí nació la ilusión de un país que después de soportar la pesadilla de una contienda electoral necesitaba con ansiedad olvidarse de los demonios del odio y del fanatismo, y volver a soñar. Era el minuto 40. El martes pasado en la tarde, Suiza puso fin a esa fantasía y nos devolvió a la apabullante, y a veces insoportable, realidad nacional.
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Los cinco partidos de la Selección en esta Copa 2026 fueron un espejismo que nos hizo creer que podíamos ser un país normal y olvidarnos de que un tercio de la población odia a otro tercio, y que otro tercio más ni odia ni ama a los otros que se odian, y prefiere vivir de espaldas a ellos. Por eso creo que fue hasta mejor que los suizos nos vencieran en los penaltis. El fútbol crea fantasías y enmascara dolores y quebrantos, y prolongar ese sueño, aunque habría sido bonito, nos hace ver una realidad que no existe.
Más allá de lo posible
El equipo de Lucho, James, Puerta, Vargas, Lerma y el resto de los muchachos de Lorenzo nos llevó más lejos de lo que podía, y por esto solo podemos decirles: ¡gracias! ¡Infinitas gracias! Un diario capitalino se preguntó por qué Colombia jugando como nunca había perdido como siempre. Eso no es cierto. Colombia se va del Mundial invicta, con un solo gol en contra. Toda una hazaña. Una selección de fútbol es una muestra representativa del país. Haber empatado cero a cero con Portugal y Suiza es meritorio. Nuestros jugadores, casi todos, por no decir que todos, son sobrevivientes de la vida. Nacieron en hogares pobres, corrieron el riesgo de morir antes de cumplir el primer año de vida. Piensen en que Lucho Díaz habría podido ser uno de los cientos de niños que mueren en La Guajira antes del primer cumpleaños.
El PIB per cápita de Suiza es de USD 114.769; el de Colombia, de USD 8.561. Además, ese Estado nos lleva siglos de ventaja en instituciones democráticas y desarrollo económico y social. En el siglo XV y XVI hacía lo que Colombia hace hoy: exportar mercenarios. Era la élite militar del Renacimiento; la contrataban Francia, el Papado, Milán y otros estados italianos. De hecho, la Guardia Papal es suiza gracias a la lealtad de 147 mercenarios que dieron la vida por el papa Clemente VII en 1527. Ese sacrificio creó un mito de fidelidad absoluta que la Iglesia Católica jamás ha olvidado. Un día los suizos se cansaron de guerrear y de morir y se volvieron una potencia pacifista que hizo de la neutralidad una seña de identidad. Desde 1815 abandonaron las guerras, y comenzaron a transformar esa neutralidad en un activo internacional. Renunciaron a exportar soldados y pasaron a exportar instituciones humanitarias, mediación diplomática, relojes y medicinas. Pese a todo este historial, no pudo vencernos durante 120 minutos y lo dejó al azar, porque eso es un penal. He visto a Messi, a Mbappé y a Ronaldo desperdiciar penaltis.
Era difícil ganarle a esta potencia europea. Cada equipo arrastra su propia historia. Y al nuestro, como al país todo, aún le falta madurez histórica y emocional. Jerarquía deportiva, la llaman algunos. No hubo un solo jugador suizo que mostrara desesperación. Apelaron a la serenidad, a la disciplina y al rigor táctico. Habría sido casi un ‘milagro’ ganarles. Eso es lo que nos han acostumbrado a pedir todos los días “los pregoneros de milagrerías y loteadores de paraísos y nirvanas”, como en el poema de Zalamea. Y más ahora, que se nos habla de la “patria milagro”, cuando el verdadero milagro es que todavía haya patria.
Espectáculo y negocio
Nuestra amada Selección hizo que el país olvidara que el fútbol hace rato dejó de ser un deporte, y que ahora es un negocio más dentro de la lucrativa sociedad del espectáculo, con una audiencia global de seis mil millones de personas. No hay actividad en el ámbito deportivo que la iguale, ni siquiera los Juegos Olímpicos. Ninguna mueve tanto dinero en tan corto tiempo: 40.000 millones de dólares, principalmente por turismo, consumo y publicidad. Sin contar con los negocios paralelos, como las casas de apuestas, que superarán los 60.000 millones de dólares durante la Copa. Un aumento del 71% en comparación con los 35.000 millones del Mundial de Catar. Algo explicable por la expansión del torneo a 48 países y la digitalización del mercado. Todo está dispuesto en clave de negocio. ¿Cuántos millones de camisetas entre originales de marca y copias chiviadas se han vendido?
La FIFA, que en el pasado ha sido objeto de vergonzosos escándalos de corrupción, tiene más afiliados que la ONU, 211 asociaciones nacionales, frente a 193 Estados miembros de esta última. Su presupuesto de este año mundialista es casi tres veces el de esta: 9.000 millones de dólares contra 3.400 millones. Por esto, en la actualidad es más importante ser presidente de esta federación que ser Secretario General de la ONU. Los comentaristas de radio y televisión antes que de escuelas y estrategias hablan de cotizaciones y transferencias, de cuánto vale cada jugador, en qué equipo juega y cuánto gana por temporada.
“La política es casi todo”, dicen algunos. Y es verdad, pero es una verdad incompleta. Es más exacto decir: casi todo es negocio, incluida la política. El lucro y el atesoramiento gobiernan al mundo, y el balompié hace parte de él. Y en medio del hastío que produce el consumismo, y de la angustia de ver cómo nos aproximamos a la autodestrucción, todos pagamos por la ilusión que este poderoso opiáceo nos produce.
Pagamos para que nos divierta, nos permita soñar despiertos y nos haga creer que hay un orden justo gobernado por la razón y el bien común, y no por trogloditas, narcisos y pirómanos. Es la venta de ilusiones colectivas a escala global, y se las compramos a precio de oro. Gracias a él nos olvidamos de las guerras de Ucrania, Palestina e Irán, y hasta llegamos a pensar que la democracia y el sistema mundial basado en reglas todavía existen, pero Trump e Infantino se encargaron de recordarnos que no al quitarle la sanción a Balogun, el jugador de Estados Unidos, para que pudiera jugar contra Bélgica. Por fortuna, esta goleó y eso le devolvió algo de credibilidad al certamen. La existencia de reglas claras, transparentes y estables es la principal diferencia entre la civilización y la barbarie.
Suiza y el azar pusieron fin al sueño nacional. Volvemos a nuestras disputas, miedos e incertidumbres. Durante estos días fuimos otra cosa, fuimos un país que olvidó el odio, el sectarismo y pensó que era posible tener un propósito nacional. La pesadilla continúa. La Selección nos hizo creer que caminábamos hacia el cielo, cuando en realidad la política nos empuja hacia el infierno. Tal es el poder del fútbol.
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