Crónicas
“El alma de la madera”, un viaje desde Cartagena hasta Ibagué en busca de un sueño
Lucci Royo, lutier cartagenera formada en el Conservatorio de Música del Tolima, en su taller ubicado en el barrio La Pola.
Por Mauricio Arcila
Redactor El Cronista.co
El destino de Lucci Royo no estaba escrito entre guiones de servicio al cliente ni llamadas en inglés para resolver problemas ajenos a miles de kilómetros. Durante tres años, esta joven violinista cartagenera sobrevivió en la rutina de un call center, viendo cómo la música —su pasión desde los diez años de edad— se desvanecía gradualmente en el olvido. La chispa del cambio se encendió la tarde en que asistió como una espectadora más a un concierto de la Orquesta Sinfónica de Cartagena a la que antes pertenecía. La nostalgia de no estar sobre el escenario interpretando su violín la inundó con fuerza, impulsándola a tomar una decisión tajante: no seguiría truncando sus sueños.
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Decidida a devolverle la vida a su instrumento para retornar a la orbe musical, chocó contra una barrera recurrente en su natal Cartagena: la falta de lutieres locales. Tras esperar pacientemente el Festival Internacional de Música de su ciudad para consultar con un experto y preguntarle dónde aprender el oficio, recibió una noticia tan inesperada como esperanzadora. La carrera de lutería no exigía viajar hasta Italia; se ofertaba de manera gratuita en el Conservatorio de Música del Tolima. Sin pensarlo dos veces, renunció a su empleo, vendió sus pertenencias, empacó un bolso con ropa y emprendió viaje hacia la “Ciudad Musical de Colombia” con las manos vacías pero el morral lleno de ilusiones.
A su llegada a Ibagué en pleno mes de junio, el azar la guió hacia una residencia estudiantil en las empinadas calles del barrio Libertador. Ya frente a las mesas de admisión del Conservatorio, Lucci experimentó por primera vez el contacto directo con la ebanistería fina: tomar una gubia, el compás y un trozo de madera para esculpir una pieza tridimensional. Aquel examen práctico desveló una vocación latente. Aunque jamás había trabajado con herramientas de carpintería, la sensibilidad artística que alimentaba desde niña con el croché y la cerámica floreció de inmediato, asegurándole un cupo en la carrera.
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Fueron tres años de un sacrificio monumental, en los que debió alternar sus estudios con un trabajo remoto como intérprete para costearse la subsistencia diaria. De quincena en quincena, con disciplina e ingenio, fue adquiriendo sus herramientas manuales, sus cepillos y sus lijas, al tiempo que descubría los secretos de las maderas nobles. Construir su primer violín le tomó un año entero de trabajo meticuloso; doce meses de paciente espera para conocer cómo resonaría la pieza que ella misma había moldeado desde cero con sus propias manos.
El instante en que escuchó la primera nota brotar de su creación quedó marcado como un momento imborrable. Para Lucci, ese momento solo es comparable con el llanto de un recién nacido tras gestarse en el vientre: el milagro de transformar la madera inerte en sonido y vibración viva.
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Tras culminar sus estudios en junio y defender su tesis sobre el tratamiento químico del puente del violín, no solo dominó la fabricación de instrumentos modernos, sino que incursionó con éxito en el ensamblaje de violines barrocos históricos junto a su compañero de promoción y partner, Jerónimo.
Lucci Royo hoy no cambia a Ibagué por nada del mundo, tanto amor le despertó la Capital Musical de Colombia que sin rodeos afirma que aquí se quedará por muchos años y quizás el resto de su vida. Lucci lidera su propio taller artesanal, atendiendo a la comunidad musical en todas sus etapas formativas. Desde el ajuste fino de violines de gama media para estudiantes universitarios, hasta la creación de instrumentos de autor de alta gama para concertistas profesionales, su trabajo deja una huella imperecedera.
Aquella joven que llegó sin conocidos, sin dinero ni certezas encontró en la tierra tolimense el taller perfecto para moldear su vida y darle forma a la música. Y para quienes no busquen estos servicios, la experiencia también se disfruta con una taza de café bourbon de especialidad, cosechado en esta tierra donde la tradición musical se interpreta en instrumentos cuyo sonido nace de lo profundo del alma de la madera.
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