Periodismo de análisis y opinión de Ibagué y el Tolima

Crónicas

Crónicas de una cicloviajera

Crónicas de una cicloviajera

Desde hacía ya unos meses que conocía de su existencia, no con mucha frecuencia lo escuchaba nombrar en boca de algunos pocos viajeros, mas no le daba mucha importancia, pues aún me parecía muy lejos. Sin embargo, ahí estaba, silente y maravilloso.

Emprendí la ruta y la vida sobre dos ruedas justo un día antes de terminar la cuarentena obligatoria de casi cuatro meses. Animada por el descubrimiento de nuevos horizontes, me dediqué a ver sitios bonitos y el primero fue el Desierto de Paracas. Me encontré diminuta, sola y feliz en ese desfile de arena y viento. Continué el trayecto por la sierra para por primera vez, ver el ecosistema de la puna semipoblada de ovejas, alpacas y vicuñas, una altitud a más de 4500 m.s.n.m. que me demostró lo increíble y perfecto que es el cuerpo al realizar el más mínimo movimiento, todo allí me costaba un mayor esfuerzo aeróbico y a la misma vez, me ponía en una suerte de ensoñación consciente.

Más fue en Ayacucho -una región que me sorprendió bastante por el nivel de cultura política y amabilidad de su gente, claramente marcada por una época de violencia- donde volví a escuchar con tambores a la fortaleza inca de Choquequirao.

Los ayacuchanos me recibieron con un clima soleado, frío y seco. No tardamos en armar “parche” y nos fuimos de escalada y rapel a compartir el amor por la aventura y la naturaleza. Terminábamos las noches en unas conversaciones amistosas acompañadas de pizza y refresco, donde brotaban con pasión las acciones ocultas del dopaje de Armstrong, los intentos del ser humano por alcanzar los poderes de Dios y la velocidad de la luz, como también y más atractivo para mí: los caminos incas que conducían a Choquequirao. Se hablaba de la dificultad que suponía el acceso sólo caminable, la belleza de su territorio y la cereza de la torta que aumentó mi interés: “No cualquiera llega a Choque”. En ese momento, empezó a brotar en mi cabeza el deseo de descubrir profundamente el Tawantinsuyo.

Partí sin ningún afán a la carretera en dirección a cusco. Un sube y baja quiebra piernas de extremos desniveles, que presentaba hermosos paisajes y muchas comunidades de idioma quechua y sombreros bonitos. La próxima ciudad más o menos grande era Abancay, retrasé un poco mi llegada porque en el camino me topé con una banda musical de huainos. Verlos tan coloridos y sonoros me invitó a compartir un rato con ellos y cantar las nostálgicas melodías de la sierra peruana. Es tradición en esta parte de los andes, armar una fiesta cuando se está por techar una casa, suerte la mía que ese día iban a hacerlo. Los dueños de la casa invitan a los vecinos, reparten chicha de jora y cuy, traen músicos y zapatean mientras los martillos suenan en el techo. Ante tan buen ambiente, pensé en quedarme un día, pero no pasó mucho tiempo para que un hombre comenzara a molestarme con preguntas inquisitivas y babosas de tipo romántico y a hacerme propuestas maleducadas que me hicieron sentir una profunda rabia y malestar.

Aunque ya era más o menos tarde, con un gesto me despedí de mis amigos músicos y pedaleé con mucha furia hacia Abancay. Llegué tardísimo y muy agotada a la ciudad, no es mi costumbre pedalear de noche pero ese día las circunstancias lo ameritaban. Los últimos 4 kms se me hicieron eternos en una subida realmente inclinada.

Apenas y llegué a la casa donde me esperaban, me dieron un abrazo fuerte y me dijeron que había llegado justo a tiempo para hacer un viaje muy especial, yo sin pensarlo repliqué inmediatamente ¡Choquequirao! – Sí, vamos para allá. Mi alegría era inmensa y dormí como un bebé debajo de un árbol de palta.

A la mañana siguiente transcurrió con tranquilidad, mientras lavaba mi ropa sucia y conocía  a los demás caminantes. Hacia media mañana, llega el anfitrión del lugar con un cactus mediano de color verde oscuro

– Mira lo que nos regalaron, es un san pedro. Me sorprendí un montón y por un rato ignoré su presencia inútilmente.

La idea era prepararlo para hacer una toma en las ruinas incas. Sólo una persona se hizo cargo de eso y mientras más lo pensaba, por la manera tan espontánea de su aparición como la primera vez que tomé yagé, me decidí a poner mi energía en esa preparación y empezar a comunicarme con el espíritu de la wachuma. Otros eventos de carácter más violento circundaron su preparación, más en vista de que el trabajo en equipo lo protegió, yo seguí cantándole a la hoguera.

Faltaba no más un día para la hora que habíamos marcado como nuestra partida. Nada estaba organizado, a mis compañeros les faltaba equipo y aunque sus intenciones eran buenas, empezaba a sentir que no era la mejor idea ir juntos.

Reunidos en la mesa, viéndolos enredarse con una lista de alimentos y pensando en alquilar burros para no cargar el peso, respondí a una pregunta del fondo formulada varias veces: Son 7, yo voy a ir sola.

Así que amaneció, mis ex compañeros habían partido en una camioneta a las 2 de la mañana. Desayuné, tropecé con una botella envuelta en papel que decía: “Feliz cumpleaños, gracias por tu energía”, era el san pedro. Me fui en la bicicleta para intentar entrar por la entrada principal por la comunidad de Cachora.

Llegué antes de mediodía a la intersección con la panamericana para el desvío hacia la izquierda al pueblo de Cachora. Me senté en una tienda a descansar y comprar algunos víveres; en eso se baja de un carro una señora de mediana edad un tanto apurada, pregunta a las personas donde puede tomar un transporte para el pueblo, le dicen que no hay, que se demora, que le toca averiguar. La miro y le pregunto ¿va para Choquequirao? Sí, me responde. Entonces se me ocurre decirle – el pueblo queda a 17 kms de bajada, si quiere vamos caminando y cargo sus maletas en la bici.

-Bueno si, no importa yo camino, responde. Hace años que estoy planeando este viaje, yo soy historiadora y vivo en Lima, acabo de volar a cusco esta mañana y luego un bus para acá.

Me suena interesante su presentación y después de poner su mochila en la bici, nos desviamos por nuestro camino, apenas hemos caminado un kilómetro cuando nos encontramos con un retén y dos guardias. Esperamos a que la camioneta de la mina pase y nos interrogan a nosotras, nos dicen que no podemos pasar sin el certificado de la prueba del covid-19, que tenemos que tener una autorización y otras más cosas por el estilo. Entonces sacamos nuestra artillería para tratar de conciliar:

-Yo soy historiadora, hice mi cuarentena sagradamente y quiero saber por lo menos como se encuentra la comunidad, dice Maritza con tono limeño.

- Yo soy periodista, viajo en bicicleta y soy muy saludable o sino ¿cómo cree que mis pulmones subieron hasta acá? Hasta yo misma me rio de eso pero es verdad.

La conversación era pausada y marcada por silencio. ¡Imposible! tras treinta minutos de intercambio, nos tocó dar media vuelta y regresar. De nuevo en la tienda de la carretera, yo me siento a almorzar pan con palta (aguacate) y queso. Maritza desesperada otra vez, agarra el primer bus a cusco.

Como todavía es temprano, decido pasar a visitar al lado derecho las ruinas de Saywite, que significa en quechua “detente inquieto” o “nevado inquieto” donde tienen un monolítico tallado por los mismo incas sobre su vida. Aunque me quería quedar a dormir ahí, tampoco fue posible por la comunidad y volví a mi bicicleta un poco resignada, buscando un lugar bonito para despertar al siguiente día en mi cumpleaños.

Después de una buena bajada, llegué a un valle y buscando donde acampar, vi a la izquierda los imponentes nevados y un cartel que decía “desvío a Cachora 20 kms”. Increíble, ¿acaso era una señal? ¿Debía volver a intentarlo? Por supuesto que sí, me desvié y puse la carpa al lado del río, preparé el almuerzo del otro día (una deliciosa pasta con verduras y quinua) leí un poco y me acosté a dormir.

Me levantó el sonido de una moto que se parqueó justo enfrente de mi carpa,  antes de las cinco de la mañana. Me perturbó un poco su presencia, pero después de diez minutos se fueron. Era hora de levantarse.

La ruta para ese día no aparecía en el mapa, se trataba de un camino carrozable construido no hace mucho tiempo principalmente para los arrieros de la zona. Iba a ser difícil, pero estaba dispuesta a sudar en mi vuelta al sol número 28.

Hacia el kilómetro 6, vi venir a dos jóvenes. Preocupaba por si me iban a preguntar otra vez por mi prueba del covid, los esperé firme a que pasaran. Se detuvieron a saludar y conversamos sobre viajar en bicicleta. Entonces nos fuimos empujando juntos la bici por ese camino de piedras. Ellos se dirigían al cañón del río Apurimac que pasaba debajo nuestro, paramos en una curva y me tendieron una manzana con fósforos como mi torta de cumpleaños, me pareció un gesto hermoso y tras coronar en el mirador, intercambiamos números de teléfonos para que a mi victorioso regreso, pudiera descansar en su casa. Acepté con gusto y seguí sola el camino hacia Cachora.

Iba con buen tiempo y paré a almorzar frente al nevado Salkantay, pasaron unos niños en caballo y luego un señor que me preguntó quién me había dejado pasar. Continué la trocha y ya más cerca de mi destino pasó el único carro en todo el día, se detuvieron a preguntarme lo mismo y a decirme que si lograba pasar me iban a poner 15 días en aislamiento, que mejor me devolviera de una vez. No voy a mentir, empezaba a asustarme con tales noticias, la poca gente que me había encontrado me daba la espalda al pasar, supongo yo evitando contagiarse del virus; estaba metida en un cañón sin ningún transporte público a la mano y ya era muy tarde para devolverme a algún punto con agua. No me gustaba para nada la idea de ser retenida contra mi voluntad, pero me armé nuevamente de valor y seguí pa’lante, ya había avanzado mucho para ni siquiera intentarlo.

A un kilómetro del pueblo vi venir una camioneta, me orillé para que pasara pero obviamente se detuvo también. Era la policía de Cachora, me preguntaron lo mismo y ya con la voz temblereca les dije de mis intenciones y que no quería molestar. Me subieron con la bici al carro y me llevaron a la comisaria. En el camino les dije que era mi cumpleaños y quería pasarlo en un lugar bonito, se tornaron más amigables y me invitaron a almorzar, incluso bromearon con tomarnos unos piscos.

Al llegar a la estación, el jefe comisario desde el segundo piso preguntó quién era yo, brevemente le contaron a lo que él respondió: ¡Yo jugué con Valderrama! Ya en ese momento y tras las bromas, me relajé y devolví el buen humor. 

Como no tenía hambre, sólo tomé un jugo y una ensalada. El comisario me acompañó, nos estuvimos lo que quedaba de tarde recogiendo una miel y conversando. Le dije que me dejara dormir ahí, que no me podía devolver y tampoco era buena idea acampar por ahí donde la comunidad me viera. Me mostró la “sala de meditación”, un cuarto destinado para las personas que cometen faltas y se puedan dedicar a reflexionar sobre sus acciones; me pareció una maravillosa forma de proceder y de no ser porque el lugar estaba ya ocupado por dos borrachos y pulgas, me hubiera quedado ahí. Afortunadamente había otros lugares y puse mi colchoneta en la oficina al lado de las banderas.

De cierta manera, el comisario era una persona muy respetuosa y comprensiva, después de escuchar mi historia, me dijo que por él no había problema con dejarme pasar, que el problema serían las comunidades que tenía que atravesar. Me ofreció llevarme a conocer al director del parque arqueológico que tiene sede ahí en el mismo pueblo de Cachora, le dije que era perfecto.

Nos presentamos ya en la noche a la oficina del director y otra vez volví a contar la historia. El director me escuchó atentamente y me dijo así no más, que yo tenía permiso para entrar al parque si lograba burlar a las comunidades. Desde ahí me explicó los caminos posibles, las comunidades más resistentes y agresivas y me contó que ese mismo día, habían encontrado a 7 turistas intentando entrar al parque pero que los guardianes los habían devuelto porque eran demasiados y no tenían autorización.

Le solicité al director, que me expresara su palabra de que si lograba cruzar los controles, tendría la confianza de que en la entrada su gente me dejaría conocer el parque y me dijo que sí. Dormí en la comisaria, medité sobre el asunto lejos de la sala de meditación y en la mañana después del desayuno, emprendí el camino de vuelta por la entrada principal en compañía de los policías. Al llegar al abra, una sola bajada (la misma de dos días antes) me condujo al pueblo de Curahuasi y a la casa de David, el chico que me había encontrado el día anterior y ofrecido su casa. Conversamos unas horas antes y me había expresado su intención de acompañarme a Choquequirao para que no me molestaran por ser extranjera.

Llegué a Curahuasi hacia el mediodía, la casa de los padres de David queda a las afueras del pueblo en una colina, con vista amplia a la cordillera nevada del Salkantay. Cuando parqueé la bici en su jardín, me llevó a una zona donde recién habían cosechado anís (Curahuasi es famoso por su  producción) y tenía en curso una huatia, es decir, una pequeña construcción de piedras con fuego adentro para meter papas, verduras o carne para asar, al parecer una tradición peruana para el día de su independencia.

 Sulejka Ponce Campana y David Llerena batallanos son los padres de David Dustin, son unas personas cultas de carácter templado y noble que han vivido la mayor parte de su vida en el campo, aún con algunas precauciones por el tema del virus, me recibieron amablemente en su hogar y me brindaron un espacio. Desde allí, después de examinar mis posibilidades, decidí armar equipo con David y sacar el mapa.

Que emocionante es cada día, cuando una está dispuesta a arder sus ideas con pasión, a alimentar el fuego de la vida salvaje.  La travesía a Choquequirao estaba pidiendo de mi más inteligencia, paciencia y persistencia, cualidades que no me estaban costando en absoluto sino por el contrario que habían florecido con creces, debido a la envergadura de la tarea. Es verdad, que los caminos que requieren más esfuerzo de nuestra parte nos regalan las mejores experiencias y paisajes, tanto por el mundo exterior que descubrimos como igualmente, por el mundo interior que emerge de las más antiguas condiciones humanas.

Por esos días estaba leyendo sobre psicología femenina y brotaron unas palabras de C. Pinkola que quiero replicar acá por lo atinado de su contenido, que dicen más o menos lo siguiente y es que: “en las culturas en las que no se permite que las mujeres se desarrollen en todas las direcciones, se suele reprimir en ellas estas llamadas cualidades masculinas. Cuando se produce una inhibición psíquica y cultural del desarrollo masculino en las mujeres, éstas se ven apartadas del cáliz, el estetoscopio, el pincel, la bolsa de dinero, los cargos políticos, etc.”

Habíamos trazado la ruta: entraríamos en la madrugada por el ramal de Huanipaca, dejaríamos las bicis en algún lugar y caminaríamos hasta Choquequirao en dos días, una noche arriba y emprender nuevamente la vuelta en bicicleta hasta Curahuasi. La perseverancia es algo muy curioso, exige una enorme cantidad de energía y puede recibir alimento suficiente para un mes con sólo cinco minutos de contemplación de unas aguas tranquilas.

 

La segunda parte de esta crónica la podrá encontrar en una próxima entrega de El Cronista.co.

Si quieres apoyar la travesía de Daniella puedes donar a través de Daviplata: 3107547125 y si deseas leer más entra a www.ngongoroko.com/

 

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