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Opinión

Premiar a los ricos, castigar a los pobres

Premiar a los ricos, castigar a los pobres

Por Guillermo Pérez Flórez


Las donaciones de las familias Sarmiento, Gilinski, Santo Domingo, Vélez y otras más a la Jornada de Solidaridad por Colombia son las más grandes que se hayan hecho en la historia del país, que yo conozca. Han pasado del billón de pesos. Son de magnitudes inéditas, que es imposible ignorar, y abren varias reflexiones.

Sea lo primero decir que esas donaciones son bien recibidas y hablan bien de los donantes, por supuesto. Muestran empatía y sensibilidad al dolor ajeno. Sin embargo, también es imposible no pensar en un aspecto clave: la cuestión tributaria. Sobre todo, porque el nuevo gobierno se dispone a desmontar el impuesto al patrimonio, y en razón a que el presidente Abelardo De la Espriella considera que este impuesto es un castigo a quienes invierten y generan riqueza en el país, según lo afirmó en su discurso de posesión.

Vienen a mi mente algunas anécdotas muy conocidas. Una, la relacionada con el magnate mexicano Carlos Slim, quien en una ocasión le preguntó al Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz qué era lo mejor que él podía hacer por su país, y éste, sin dudarlo, le contestó: “Pagar impuestos”.

Otra anécdota está vinculada con Warren Buffett, que en 2011 declaró que era “indignante” que su secretaria, Debbie Bosanek, pagara el doble de impuestos que él. Buffett contó que había pagado una tasa efectiva del 17,4% sobre sus ingresos, mientras que el resto de su oficina —incluida Bosanek— pagaba entre el 33% y el 41% en impuestos de nómina y renta. No había equidad tributaria.

La frase de Buffett no nació de la nada, fue una reacción en un momento político y económico específico en Estados Unidos, a raíz de un debate nacional sobre la desigualdad fiscal que estalló en 2011, cuando el Congreso discutía si aumentar impuestos a los más ricos para reducir el déficit y financiar programas sociales.

La tercera anécdota es la carta firmada en julio de 2021 por un grupo de superricos, dirigida al G-20, en la cual exigían pagar más impuestos, especialmente sobre las grandes fortunas y las herencias. Esos supermillonarios pertenecían a tres organizaciones, entre ellas dos llamadas Millonarios Patrióticos y Millonarios para la Humanidad, que sostienen que la extrema concentración de riqueza es incompatible con la democracia y la igualdad de oportunidades. El tercer grupo es Tax Me Now, una red de millonarios alemanes y austriacos que sostiene lo mismo y que reclama evitar la formación de dinastías económicas. “Los ultrarricos deben pagar más impuestos. No es caridad: es justicia democrática”.

La idea de que los impuestos son un castigo al éxito, y no un mecanismo de redistribución del ingreso y de la riqueza, ha sido impulsada por el Partido Republicano de Estados Unidos, del cual De la Espriella es militante, como ciudadano estadounidense naturalizado desde 2023, votante registrado de esa colectividad, donante de su campaña y elector de Trump en 2024. No es, pues, una simple afinidad ideológica que yo le atribuya por comparación.

Eso defienden los republicanos desde la época de Ronald Reagan, que impulsó grandes recortes tributarios (1981 y 1986), pasando por George W. Bush, que redujo los impuestos a dividendos y ganancias de capital, hasta Donald Trump, que en 2017 bajó los impuestos corporativos del 35% al 21%. Trump, gobierna en causa propia, con una tesis peregrina: bajar impuestos a los ricos aumenta la inversión y el crecimiento.

Esta afirmación tiene un correlato: la idea de que quienes son pobres lo son porque quieren, porque no les gusta trabajar y son vagos. Para esa corriente, los impuestos desestimulan el trabajo y el mérito, y premian al holgazán que quiere vivir a expensas de la teta estatal. Lo que no dicen los republicanos es que los pobres pagan más impuestos que los ricos.

Pagan más los pobres que los ricos

En julio del año pasado, un reportaje de El País cuestionaba el mito de que los pobres no pagan impuestos. Con base en informes de la Contraloría General de la República y estudios de universidades, el reportaje probaba dos cosas: una, que los pobres pagan proporcionalmente más impuestos que los ricos —“una persona que pertenece al 1% más rico pagó por cada dólar de ingreso un promedio de 17 centavos en impuestos hasta 2021, mientras que una persona del 50% más pobre pagó por cada dólar de ingreso 21,1 centavos”—; y dos, que la evasión fiscal en Colombia equivale al 8% del PIB, cerca de 130 billones de pesos cada año. Para entender cuánto es esta cifra, baste con saber que, para la reconstrucción de los estragos derivados del terremoto del 10 de agosto, se necesitan 30 billones.

La evasión y la elusión fiscal son formas de corrupción. Colombia pierde entre 80 y 100 billones de pesos al año solo por ese concepto. Y si se suman beneficios tributarios, exenciones y tratamientos preferenciales, la pérdida total asciende a cerca de 230 billones de pesos anuales, de acuerdo con los análisis de la Universidad Nacional y datos de la DIAN. Para algo, y por algo, existen los llamados paraísos fiscales. También me referí a este asunto, y perdonen que me cite, en el artículo titulado ¡Evadir sí paga!, que hoy mantiene total vigencia. A los pobres les resulta imposible evadir impuestos, ya que pagan sobre todo a través de tributos indirectos, como el IVA.

Ahora bien, con la misma lógica que se argumenta que los tributos a los ricos son una especie de castigo al éxito, podría decirse que los impuestos a los pobres son un castigo a la pobreza estructural. Es una lógica perversa que puede sintetizarse así: hay que premiar a los ricos y castigar a los pobres. Es decir, “al caído, caerle”. No es un enfoque muy cristiano, que digamos.

Volviendo a las familias ricas de Colombia, reitero que es de agradecer su generosidad. Ojalá muchas más imitaran su ejemplo. Empero se les agradecería más que animaran al Gobierno a no bajarles los impuestos, sobre todo en medio de una tragedia de las proporciones que estamos viviendo, y que le pidieran al Gobierno —puesto que a ellos sí las escucha— que hiciera un uso más racional, eficiente y pulcro de los recursos públicos.

De allí la importancia de una lucha frontal contra la corrupción, que es un problema crónico en la gestión pública, problema del cual, valga recordarlo, el sector privado es también un actor relevante. Desde el poema de la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz sabemos que no sabemos quién es más culpable: “Cuál mayor culpa tendrá, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar”.

Quitarles impuestos a los ricos y recargárselo a los pobres es lo más regresivo que pueda existir. El argumento de que las donaciones prueban que no se necesita el impuesto al patrimonio es vergonzoso. Las donaciones valen 1 billón, y la evasión 130 billones. Si este impuesto los induce a no donar, que no donen. Pero en su lugar, que paguen impuestos. El país necesita solidaridad, no misericordia. ¿Por qué hay que premiar a los ricos, y castigar a los pobres?

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