Opinión
Añorando a Gandhi
Por Pedro Luis Zambrano Cárdenas
En medio de este tiempo turbulento, en el que la humanidad parece caminar entre ruinas, drones, misiles, desplazamientos, cuerpos evaporados y discursos de odio; se vuelve inevitable sentir nostalgia por figuras morales capaces de recordar que el ser humano no nació para destruir el mundo, sino para habitarlo con dignidad.
Basta mirar los escombros de Gaza, las ciudades devastadas entre Rusia y Ucrania, los pueblos desgarrados por la violencia en Sudán o Mali, o las múltiples mafias que se alimentan del miedo y la desesperación en distintas regiones del planeta; para comprender que el desarrollo basado en la guerra y la intimidación no conduce a la civilización, sino a una forma sofisticada de barbarie.
La humanidad parece haber entrado en una peligrosa contradicción: mientras la ciencia y la tecnología alcanzan niveles extraordinarios, el espíritu humano se empobrece en sensibilidad y prudencia. Muchos gobiernos ya no piensan en la grandeza de construir naciones productivas, capaces de mover armónicamente el trabajo, la tierra y el capital para generar bienestar colectivo.
En cambio, se ha fortalecido un modelo donde la especulación financiera y negocios super lucrativos, como el armamentista, los medicamentos y la acumulación voraz de riqueza inmediata, reemplazan el valor del esfuerzo productivo real. Se apuesta más por movimientos bursátiles abstractos que por sembrar alimentos, industrializar con responsabilidad o proteger el agua y los bosques que sostienen la vida.
Así, numerosas economías terminan atrapadas en espejismos: explotan indiscriminadamente minerales, destruyen selvas, permiten cultivos ilegales o dependen exclusivamente de rentas extractivas, sin comprender que tarde o temprano aparece el deterioro social, ambiental y económico.
La llamada “enfermedad holandesa” no es solamente un fenómeno técnico; es también la metáfora de sociedades que olvidan producir y trabajar con equilibrio, porque se dejan seducir por el dinero rápido y la codicia de corto plazo.
En este escenario tan sombrío, surgen grandes añoranzas, como la del Mahatma Gandhi; él no conquistó un imperio con bombas ni con amenazas nucleares. Su arma fue la autoridad moral; su estrategia, la resistencia pacífica; su grandeza, demostrar que la dignidad humana puede derrotar incluso a los poderes aparentemente invencibles.
Con actos simbólicos, austeridad personal y una inmensa fe en la conciencia colectiva, condujo la retoma de las bases espirituales y culturales de la India, nación que hoy emerge como potencia mundial sin haber construido su identidad sobre invasiones o imposiciones globales.
Hoy duele observar cómo algunas potencias contemporáneas parecen olvidar las lecciones de la historia. Se habla con ligereza y complicidad socarrona, de intervenciones, amenazas y guerras preventivas, mientras se debilitan el derecho internacional y los derechos humanos. El planeta entero escucha nuevamente el lenguaje del miedo: pareciera que la única garantía de supervivencia fuera poseer armamento atómico suficiente para disuadir al adversario. Es una tragedia moral que el símbolo máximo de seguridad para los pueblos termine siendo la monstruosa capacidad de destruir millones de vidas en minutos.
Sin embargo, todavía hay esperanza. Los pueblos siguen necesitando pan antes que pólvora, maestros antes que mercenarios y puentes antes que muros. La verdadera grandeza de una nación no está en el tamaño de sus arsenales, sino en su capacidad para ofrecer educación, ciencia, empleo digno, cultura y respeto por la vida.
Tal vez el mundo contemporáneo y con énfasis nuestro país, necesitan menos estrategas de guerra y más espíritus semejantes a Gandhi: hombres y mujeres capaces de recordarnos que el amor y la paz, no son debilidades, sino la forma más elevada de inteligencia humana.
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