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Opinión

Esto no es de economistas, es de su cuota del banco

Esto no es de economistas, es de su cuota del banco

Por Alba Lucía García
Abogada Universidad Externado de Colombia. Dra en Estudios Avanzados en Derechos Humanos


Hay decisiones que no se ven, pero se sienten. Se sienten cuando la cuota del crédito sube sin aviso, cuando la tarjeta de crédito deja de ser aliada y se vuelve un problema, cuando el negocio empieza a vender menos porque todo el mundo está apretado. Ahí es donde toca preguntarse: ¿quién está definiendo cuánto cuesta la plata en el país?

La respuesta es sencilla, es el Banco de la República, a través de su Junta Directiva, el que fija las tasas de interés. Y eso, en términos simples, es decidir qué tan caro o qué tan barato es vivir con crédito, invertir o incluso sostener un empleo.

Por eso la Constitución de 1991 no dejó ese poder en manos de un solo actor. Diseñó una Junta donde participa el Gobierno, sí, pero sin que tenga el control total. La lógica es sencilla: estas decisiones no pueden depender del clima político del momento, sino de una mirada más amplia, más estable.

Bajar las tasas puede aliviar en el corto plazo, subirlas puede enfriar la economía. No hay fórmulas mágicas. Por eso se necesita deliberación, evidencia, debate técnico. Cuando eso se reemplaza por decisiones unilaterales, lo que se gana en rapidez se pierde en confianza.

Y aquí es donde esto deja de ser un tema técnico. Cuando las reglas cambian o se debilitan, la incertidumbre crece. Y la incertidumbre no se queda en los informes: llega al bolsillo. Se refleja en decisiones de inversión que no se toman, en empleos que no se crean, en hogares que no saben a qué atenerse.

Al final, esto no se trata de quién tiene la razón en un debate económico. Se trata de algo más básico: si queremos un país donde las decisiones que afectan la vida de todos tengan límites, o uno donde todo dependa del momento y de quien esté en el poder.

Porque cuando el costo del dinero se vuelve impredecible, no solo suben las tasas. Se encarece la vida, se achican las oportunidades y se pierde algo más difícil de recuperar que cualquier cifra: la confianza. Y sin confianza, no hay economía que aguante… ni bolsillo que resista.

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