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La fe en tiempos de Instagram

La fe en tiempos de Instagram

Hoy, con el inicio de la Semana Santa, miles de personas vuelven a las calles, a los templos, a los rituales que, año tras año, han dado forma a una de las tradiciones más arraigadas. Hay cantos, hay silencio, hay recogimiento. Pero también hay algo más, las pantallas y las publicaciones en redes sociales.

Hay un momento, casi imperceptible, en el que una procesión o la visita a un monumento deja de ser solo un acto de fe y se convierte en una escena. No ocurre cuando inicia el recorrido ni cuando suenan los cantos, sino cuando aparecen los primeros celulares en alto, registrándolo todo.

En ese instante, la experiencia cambia. Ya no solo se vive: también se encuadra, se selecciona, se publica, se transmite.

Según el filósofo, escritor y cineasta francés Guy Debord, en las sociedades contemporáneas lo vivido tiende a desplazarse hacia su representación. No se trata únicamente de estar ahí, sino de poder verlo y hacerlo visible a través de una imagen. Incluso la fe, una de las experiencias más íntimas, parece entrar en esa lógica de lo compartible.

Sin embargo, reducir este gesto a una búsqueda de aprobación sería insuficiente. Lo que ocurre es más complejo. La Semana Santa no ha dejado de ser tradición, pero sí ha cambiado la forma en que se experimenta. En este punto, las reflexiones sobre comunicación y cultura en América Latina resultan clave. El investigador argentino Néstor García Canclini advierte que las prácticas culturales no desaparecen: se transforman, se mezclan, se adaptan a los tiempos. Hoy, lo espiritual también se expresa en los espacios digitales que hacen parte de la vida cotidiana.

En ese cruce aparece una nueva forma de experiencia. Ya no se trata solo de asistir a un ritual, sino de narrarlo. Los usuarios no son únicamente espectadores: también registran, editan y comparten lo que viven, convirtiendo cada momento en una historia que circula.

Y es ahí donde surgen las preguntas:

¿Se debilita la experiencia cuando se comparte o, por el contrario, se amplifica?

¿La validación de lo que sentimos pasa también por su visibilidad?

¿Creer, en estos tiempos, implica también mostrar?

Tal vez no haya una respuesta única. Pero sí una certeza: la fe ya no se vive únicamente en lo íntimo o en lo colectivo presencial. También habita las pantallas, los archivos, las memorias digitales. No necesariamente como una pérdida, sino como una transformación.

Porque en tiempos de redes, no solo vivimos lo que creemos. También lo registramos, lo editamos y lo compartimos.

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