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Las Brujas del Batallón

Las Brujas del Batallón

Imagen de referencia.

Hay muchas historias, cuentos y leyendas urbanas en Ibagué cuyas protagonistas son las brujas. Desde el Cañón del Combeima hasta El Salado, y desde el barrio Santa Cruz hasta los túneles de Boquerón, son numerosos los “chascos” vividos por ibaguereños que aseguran haberlas escuchado aletear, llegar al techo de sus casas, carcajearse e incluso haberlas visto convertidas en una pisca deambulando a medianoche, en lo alto de un árbol, o encontrarlas a mitad de un camino veredal.

Lo cierto es que conocía todos esos relatos por historias contadas por familiares durante reuniones, visitas en las que el tema principal eran los cuentos de miedo, o a través de libros de mitos y leyendas del Tolima. Pero jamás pensó quien escribe esta crónica que viviría experiencias tan paranormales tras ingresar al Ejército Nacional.

En ese largo año 1.998 como soldado bachiller, fui miembro de la insigne Compañía Comando A.S.P.C. y chupé guardia día y noche. Fui malo para el polígono de armas largas, pero paradójicamente bueno para el de armas cortas. No me quedó otra opción: al no saber conducir, no tener pase, ni tener idea de nada que ver con oficina, tuve que hacer “curso de búho” en la Guardia Campaña, brindando seguridad a parte del perímetro que bordea las instalaciones del hoy Cantón Militar Pijao.

En aquel entonces, mi compañía estaba comandada por el hoy exsecretario de Gobierno de Ibagué, general (r) John Jairo Rojas, por aquel entonces capitán y mi lanza era el actual director de la AUNAP, Juan Rodrigo Alvarado —uno que sí tenía un «chicharrón bien bueno» y los beneficios de tener un papá director del INURBE a nivel nacional—, conocido con cariño como “Mi soldado Perro Culo”.

Pero volviendo al tema de las brujas, era precisamente el Puesto 4, “Puesto Brujas”, el que más miedo generaba entre nosotros. Allá se sentía el ambiente muy pesado y era el más alejado y más oscuro de toda la guardia. Para el que le tocaba el turno de 12:00 a.m a 3:00 a.m, era un suplicio: uno se sentía observado, le tiraban cosas a la garita, se veían volar cosas de árbol en árbol, se sentía como si alguien subiera por las escaleras de metal y, cuando uno volteaba a mirar, no había nadie.

En una ocasión, subiendo a recibir el puesto precisamente a medianoche —había catres subterráneos para los tres turnos por puesto—, ya en el lugar escuché que mi compañero, “El Negro Londoño”, que acababa de entregar el turno, me gritó que le regalara un cigarrillo. Yo lo saqué de la guerrera y, cuando se lo tiré desde lo alto de la garita, no lo vi por ahí; me causó extrañeza porque ni con la linterna lo encontré, me bajé hasta el búnker y Londoño estaba acostado y arropado de pies a cabeza.

Esa madrugada fue eterna: escuchaba nítido una risa burlona, como si estuvieran conversando varias personas. Esa noche era particularmente fría, pero yo sudaba que daba miedo, y cuando por fin me llegó el relevo, pasadas las 3 de la mañana, no fui capaz de acostarme y terminé acompañando a mi otro compañero, que no recuerdo quién era.

Otra vez, durante una de las visitas de domingo, yo no pude salir por estar de turno de una a cuatro de la tarde. Cuando por fin me relevaron, fui hasta la guardia principal —la que queda a la entrada del batallón— a reclamar el almuerzo especial que mandaba mi papá cuando no podía ir (por lo regular, pollo frito de Lima Broaster, lo mejor que había en Ibagué en ese entonces). Ya con la bolsa en mano, dirigiéndome hacia el mismo puesto, una chica muy bonita, color canela y de vestido rojo, con la apariencia de esas mujeres hermosas calentanas, que venía acompañada por un soldado, me dijo: “¡Qué bonitos se te ven esos ojos verdes de noche!”. A lo que volteé a mirarla y respondí: “Muchas gracias” (diciendo por dentro: ¡Mucha mamasita!), la seguí con la mirada un momento y continué hacia la garita a almorzar.

Fue entonces cuando caí en cuenta de que yo no la conocía, nunca la había visto y, mucho menos, de noche. Guardé rápido la bolsa del almuerzo y al trote volví a la guardia para ver si la veía de nuevo, pero no la encontré. Lo peor fue que también traté de buscar al soldado, pero no tenía presillas y no supe de qué compañía era. Todo resultó infructuoso: ni a ella ni al soldado los encontré, ni los volví a ver nunca.

Por último, el más espeluznante de todos los casos que viví en el Rooke fue ya casi para "salir de mocha", a finales del mes de noviembre de 1998. Una noche sentí la famosas “parada de bruja”, esa sensación de no poder moverse ni gritar, así se haga fuerza. Recuerdo que podía ver a mis cursos, “El Negro Londoño” y “Madrigal”, pero ellos no me escuchaban ni veían la fuerza que hacía para levantarme. Yo podía verlos, escuchaba lo que decían, sentía el olor a cigarrillo y hasta lo que estaban oyendo en la radio... hasta que por fin pude moverme y quedé sentado de sopetón, y el par de héroes de la patria salieron corriendo del susto que les provoqué.


 

Ya por esos días a todo soldado le tocaba entregar camuflados, botas, fusil, proveedores y artículos de intendencia, entre ellos el menaje, que consistía en jarro, bandeja y cubiertos de metal. Resulta que a los tres que dormíamos en el búnker del Puesto 4 se nos perdió el menaje, y si no aparecía, tocaba pagarlo. Echándonos la culpa entre nosotros, la situación casi llega a los golpes; pero lo raro era que no habían dañado las tulas ni les habían hecho la popular “cesárea”. Calmados los ánimos, no nos quedó más opción que pagar. Sin embargo, al poco tiempo, afuera de la garita y dentro de una lona tipo costal, encontró los menajes uno de los compañeros que escuchó sonar algo de metal y se bajó a revisar. No era muy tarde en la noche, sino como a eso de las nueve, cuando bajó a dar la nueva a los que estábamos en el búnker, pasándome un escalofrío por todo el cuerpo.

Fueron muchos los casos que se escuchaban en el Batallón Rooke, muchas las historias paranormales que tienen las edificaciones que lo componen, desde la capilla hasta el dispensario, pasando por “la marranera” y los baños, llegando al economato y los casinos hasta los puestos de guardia donde uno de mis cursos, de apellido Dimián, se quitó la vida jugando a la ruleta con el fusil, salpicando de masa encefálica a mi soldado “Mocos” y que muchos militares, posteriores a mi permanencia en las filas del Ejército, ahora aseguran ver deambulando a altas horas de la madrugada por las instalaciones del paranormal Cantón Militar Pijao.

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