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Viernes Santo de 1901: El filo del machete de Tulio Varón

Viernes Santo de 1901: El filo del machete de Tulio Varón

Imagen de referencia. Busto en honor al general Tulio Varón, en la intersección de la calle 15 con carrera 5ª de Ibagué.

Por Mauricio Arcila

Redactor El Cronista.co

La madrugada del Viernes Santo de 1901 no trajo paz al Tolima, sino el frío filo del acero. En el hotel Mi Casa de Gualanday, el batallón conservador Pagola descansaba sin sospechar que las sombras tenían rostro. Tulio Varón y sus hombres irrumpieron en la oscuridad total, con los torsos desnudos para reconocerse entre sí y evitar herirse mutuamente en la carnicería. Aquella jornada, el suelo se volvió un lodazal de sangre que, según los relatos, cubría los tobillos de los combatientes. Fue el bautismo de hierro que grabó el nombre de Varón en la historia como un líder tan valiente como sanguinario.

Nacido en la hacienda El Paraíso, en las llanuras de Doima, Tulio Varón Perilla fue el resultado de una estirpe prestigiosa, pero sin riquezas. Su rebeldía se manifestó temprano; abandonó las aulas del colegio San Simón, incapaz de someterse a la disciplina religiosa, prefiriendo la libertad de la vaquería y el brío de los caballos. Aunque formó un hogar con su prima Cleotilde Montealegre y tuvo ocho hijos, su verdadera esposa fue la causa militar. El campo y la geografía del Tolima fueron sus mejores maestros, permitiéndole desenterrar las armas de guerras pasadas para forjar su propia leyenda.

Al mando de la "Columna Ibagué" y la temida caballería "El Conto", Varón transformó a campesinos armados con machetes y escopetas de caza en una fuerza imparable. Su táctica de "guerra de guerrillas" era quirúrgica: golpes rápidos, desapariciones escurridizas y un conocimiento del terreno que humillaba al ejército regular. Uno de sus golpes más recordados ocurrió en la hacienda La Rusia, donde el sigilo y la sorpresa provocaron tal desastre en las filas gubernamentales que los sobrevivientes, paralizados por el horror de ver el suelo anegado en sangre, desistieron de cualquier persecución.

Sin embargo, el destino de los hombres de armas suele ser breve y trágico. Tras el fallido intento de tomar Ibagué en la batalla de “El Tablazo”, donde la resistencia ciudadana frenó su avance, el ocaso del general comenzó a vislumbrarse. A finales de ese mismo 1901, Tulio Varón fue asesinado en la actual carrera Quinta de Ibagué. Hoy, su busto en la calle 15 observa el paso del tiempo, recordándonos a ese líder polarizado: para unos, un defensor heroico de la libertad; para otros, un impío cuyo nombre aún evoca el terror de las guerras civiles.

Esta dualidad entre el héroe y el verdugo fue el eje de mi charla con el periodista Ricardo Torres Correa, mientras indagaba para mi tesis de grado sobre la oralidad expandida Ibaguereña. Entre café y cigarrillos, Ricardo despolvó la leyenda del "espanto" que recorre el barrio Pueblo Nuevo: transeúntes que en horas de la noche o bien entrada la madrugada, aseguran haber escuchado el taconear invisible de un hombre que se niega a dejar las calles donde murió. El eco de una figura que, más allá de la muerte misma, sigue presente en la memoria colectiva ibaguereña, una ciudad que no olvida ni la valentía ni la huella sangrienta que dejó, el filo del machete liberal de Tulio Varón.

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