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El triunfo demócrata y la política exterior de Colombia
Los errores de la política suelen originarse en la falta de visión histórica de quienes gobiernan, cuando sustituyen el conocimiento de los fenómenos sociales por sus emociones y confunden los intereses de la nación con sus preferencias personales.
El estadista no es quien impone su voluntad a los acontecimientos, sino quien comprende las transformaciones de la sociedad y sabe interpretar sus consecuencias.
El triunfo electoral de los demócratas en Estados Unidos modifica el equilibrio de poder y abre un nuevo escenario para las relaciones con Colombia. La importancia de este acontecimiento no reside solamente en la derrota política del republicanismo, sino en el fortalecimiento de los mecanismos institucionales que limitan el poder presidencial.
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El Congreso estadounidense dispone de facultades para examinar la política exterior, condicionar la asignación de recursos y someter a control las decisiones del Ejecutivo. La cooperación económica, la lucha contra el narcotráfico, los aranceles y los derechos humanos pueden adquirir una orientación distinta, sin que ello signifique el abandono de los intereses estratégicos de Washington.
Pero existe un fenómeno social de mayor profundidad. La creciente participación política de los ciudadanos de origen latinoamericano expresa una transformación de la sociedad norteamericana y el rechazo a determinadas políticas migratorias y abusivas que como la amenaza, y el sectarismo religioso, van en contra de la dignidad humana, que no puede quedar subordinada a las conveniencias electorales ni a una concepción del Estado que desconozca la libertad de sus ciudadanos.
Las grandes democracias no se distinguen únicamente por la fortaleza de sus instituciones, los barcos con aviones de guerra o un presidente armado en el ejercicio del poder, sino se deben reconocer los cambios sociales y corregir los excesos del poder. Cuando la autoridad desconoce la realidad humana que pretende gobernar, termina enfrentándose a las mismas fuerzas sociales que contribuyen a sostenerla.
Colombia debe interpretar estos acontecimientos con independencia y madurez política. Sus relaciones con Estados Unidos no pueden depender de adhesiones personales a sus presidentes ni de confrontaciones ideológicas que comprometan el interés nacional. La diplomacia no es un ejercicio de simpatías, sino una expresión de soberanía, conocimiento y responsabilidad histórica.
La experiencia demuestra que las potencias defienden sus intereses con independencia de las mayorías que las gobiernan. Corresponde a las naciones de menor poder económico y militar preservar su autonomía mediante la inteligencia política, la solidez institucional y el respeto recíproco, sin confundir la cooperación con el sometimiento ni la independencia con la hostilidad.
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El resultado electoral estadounidense deja una enseñanza que trasciende sus fronteras. Ningún poder es definitivo y ninguna autoridad puede situarse por encima de la sociedad que le confiere legitimidad a través de su voto para conformar los órganos legislativos que dictan las leyes.
La verdadera dimensión de la política no se encuentra en la victoria circunstancial de los gobernantes, sino en su capacidad para comprender que los pueblos permanecen, las instituciones sobreviven y la historia termina juzgando a quienes confundieron el ejercicio del poder con la posesión de la verdad.
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