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La tragedia no preguntó por ideologías
Los desastres nacionales no son únicamente obra de la naturaleza. También nacen en la conciencia de los hombres, en sus ambiciones desmedidas, en la intolerancia y en la incapacidad para reconocer al otro como sujeto de derechos y como protagonista de un mismo destino.
Los terremotos, las inundaciones, los huracanes y las sequías pueden devastar ciudades enteras. Pero existen otras catástrofes, provocadas por la voluntad humana, que conducen a los pueblos a la confrontación, la guerra y la ruina. Las primeras destruyen caminos, viviendas y cosechas; las segundas arrasan la convivencia, sepultan la esperanza y dejan heridas que ninguna reconstrucción material consigue cerrar por completo, pese a que todos, sin distingos ideológicos o de partidos y movimientos, sufren los mismos problemas que deja el siniestro.
La naturaleza posee fuerzas que el hombre todavía no puede dominar. El movimiento de las placas tectónicas, la violencia de los huracanes o el desbordamiento de los ríos pueden ser previstos en alguna medida, pero no siempre evitados. Frente a ellos, la sociedad ha aprendido que solamente la prevención, la organización del Estado y la solidaridad permiten disminuir sus consecuencias.
Al finalizar esta semana, podemos decir que el desastre provocado por el terremoto del pasado 10 de agosto ha demostrado, una vez más, que los colombianos somos solidarios frente a la adversidad. Esa respuesta colectiva debería servirnos también de ejemplo para deponer odios y resentimientos, bien o mal fundamentados, y comprender que el bienestar de la nación exige un entendimiento general y mutuas concesiones que nos permitan alejarnos de la confrontación política que durante demasiado tiempo ha dividido al país.
La tragedia no preguntó por ideologías, partidos, creencias ni condiciones sociales. La tierra tembló para todos y, cuando comenzaron a aparecer las víctimas y las ciudades mostraron sus heridas, tampoco hubo diferencias entre quienes acudieron a remover escombros, rescatar sobrevivientes, donar sangre, entregar alimentos o abrir las puertas de sus casas.
Ese sentimiento de solidaridad constituye una de las mayores reservas morales de Colombia. En las grandes tragedias hemos demostrado que somos capaces de reconocernos como miembros de una misma comunidad y comprender que el dolor ajeno también puede ser nuestro.
Tal vez esa sea una de las grandes enseñanzas que deja esta tragedia. Si somos capaces de unirnos cuando la naturaleza destruye nuestras ciudades, también deberíamos tener la entereza de hacerlo para impedir que las diferencias políticas destruyan nuestra convivencia, empezando por el gobierno que debe dar ejemplo.
Colombia necesita reconstruir viviendas, carreteras, hospitales y escuelas, pero también necesita reconstruir la confianza entre sus ciudadanos. Ninguna nación puede vivir indefinidamente dividida entre vencedores y vencidos, amigos y enemigos, buenos y malos. La democracia supone diferencias, controversias y oposición, pero exige igualmente respeto, tolerancia y reconocimiento del adversario, y no como lo hacen en algunas periodistas extranjeras de revistas nacionales que promueven el odio.
El terremoto del 10 de agosto deja una dolorosa estela de muertos, heridos, desaparecidos y miles de viviendas destruidas o averiadas en centenares de municipios. Detrás de cada cifra existe una familia, una historia y una vida alterada para siempre.
La reconstrucción material demandará tiempo, recursos y un enorme esfuerzo del Estado y de la sociedad. Pero existe otra reconstrucción que también corresponde emprender: la de una nación capaz de comprender que ningún desacuerdo político puede ser más importante que Colombia.
Quizás entre los escombros de esta tragedia podamos encontrar una enseñanza que no deberíamos olvidar cuando desaparezca la emergencia: si un país puede levantarse de las ruinas de un terremoto; mucho más difícil es reconstruirlo cuando ha permitido que el odio y codicia destruya sus cimientos.
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