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Que el silencio no nos cueste otra vida
Por Adriana Avilés Alvarado
Hay violencias que comienzan con un grito, pero también con una humillación, una amenaza, el control del dinero, el aislamiento o la idea de que una mujer no puede decidir sobre su propia vida. Muchas veces, antes del feminicidio, hubo señales que alguien vio, una mujer que sintió miedo y una sociedad que prefirió no intervenir.
La violencia contra las mujeres no puede seguir siendo un asunto privado ni una noticia que nos conmueve durante unas horas y después olvidamos. Las cifras de Colombia nos obligan a detenernos.
Según la Defensoría del Pueblo, entre enero y agosto de 2026 se registraron 96 feminicidios y 74 tentativas de feminicidio. Detrás de cada cifra hay una vida, una familia y un proyecto que quedó truncado.
No son números para alimentar el miedo, sino razones para actuar con urgencia.
¿Por qué una mujer no denuncia? Por miedo a las represalias, por dependencia económica, por vergüenza, por sus hijos, por no tener a dónde ir o porque, después de pedir ayuda, teme que nadie le crea. A veces, quien debería protegerla es precisamente quien la amenaza. Por eso, decirle simplemente "denuncie" no basta: debemos garantizarle orientación, protección y acompañamiento para que dar ese paso no signifique exponerse a un peligro mayor.
Pero también debemos hablarles a quienes observan desde afuera. A los familiares, vecinos, amigos y compañeros de trabajo que escuchan los gritos, conocen las amenazas o advierten señales de maltrato. No tenemos que esperar a que una mujer llegue al hospital o a que su nombre aparezca en una noticia para reaccionar.
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La Fiscalía recuerda que toda persona que conozca un posible delito puede ponerlo en conocimiento de las autoridades, sin necesidad de ser la víctima directa.
La indiferencia puede dejar a una mujer más sola y al agresor con más espacio para continuar. Intervenir no significa enfrentar directamente al victimario ni ponerse en riesgo; significa buscar ayuda, informar a las autoridades y acompañar de manera responsable.
Hay otra herida que no podemos ignorar: la que reciben los niños y las niñas que crecen viendo cómo se golpea, se humilla o se controla a su madre. La violencia no es una herencia inevitable, pero puede normalizarse cuando la infancia aprende que amar es temer, obedecer o soportar. Romper ese ciclo también es proteger a las próximas generaciones.
En el Tolima existen canales para pedir ayuda. La Línea Valiente de la Secretaría de la Mujer (314 313 1803) ofrece orientación y apoyo; también se puede acudir a la Casa de la Mujer del Tolima. Ante una emergencia o peligro inmediato, llama al 123. Para denunciar ante la Fiscalía, comunícate al 122. La línea nacional 155 brinda orientación a mujeres víctimas de violencia. También están las Comisarías de Familia, las Personerías Municipales y los servicios de urgencias. Las comisarías pueden tramitar medidas de protección en casos de violencia en el contexto familiar.
Si conoces un caso, no mires hacia otro lado. Si estás viviendo violencia, no tienes que enfrentarla sola. Busca ayuda desde un lugar seguro y permite que las instituciones activen la ruta de atención que corresponda.
Puede que una denuncia, por sí sola, no resuelva todos los riesgos. Pero sí podemos exigir que cada alerta sea escuchada, que las medidas de protección sean efectivas y que ninguna mujer tenga que suplicar para que su vida sea tomada en serio.
Una sociedad no se mide solamente por las leyes que promulga, sino por su capacidad de proteger a quienes viven con miedo. Y una comunidad demuestra su humanidad cuando deja de preguntar por qué una mujer no se fue antes y comienza a preguntarse qué hizo para ayudarla.
Que ninguna mujer tenga que elegir entre denunciar y sobrevivir. Que ningún niño aprenda que la violencia es amor. Y que nunca más confundamos el silencio con la tranquilidad.
Porque prevenir un feminicidio no comienza cuando ya es demasiado tarde. Comienza cuando escuchamos, creemos, acompañamos y actuamos.
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