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El peligro del mal uso de las redes sociales

El peligro del mal uso de las redes sociales

Por: Edgardo Ramírez Polanía


En otras ocasiones este columnista se ha referido a la influencia de las redes sociales, que se iniciaron como un instrumento útil, y están erosionando la política, las ideas y debilitando la democracia debido a la ausencia de un filtro intelectual idóneo en buena parte de sus usuarios.

 Llegaron con el discurso de la emancipación y de una información directa e independiente que supuestamente liberaba de las élites mediadoras. Sin embargo, el balance demuestra que no solo abaratan el análisis, sino que han debilitado los filtros intelectuales mínimos que toda democracia necesita.

Hoy basta el ánimo de un político autoritario que se quiera perpetuar y poner presidentes a su antojo, para confundir a una comunidad mediante impulsos y falsas apariencias de realidad. El problema no es solo la falta de controles, sino qué se dice, cómo se dice y con qué criterio se asimila esa información cuando el sentido crítico está ausente.

Toda sociedad democrática requiere verificación, contexto, contraste y análisis para la veracidad. Los periódicos digitales y la información técnica, con todas sus imperfecciones, aún cumplen esos requisitos; por eso las redes no han podido celebrar la desaparición del periodismo.

El libro ha sido el verdadero muro de contención frente a la desinformación televisiva y frente a los desbocados politiqueros y comentaristas de micrófono que sustituyeron el juicio por el eslogan, el argumento por la consigna y el tono alto de la voz como creencia absurda de convicción y autoridad.

El resultado es una esfera pública saturada de estímulos y empobrecida en comprensión, que repite como loro lo que dicta una televisión sin cultura ni verdad, alineada con los intereses de los grandes conglomerados económicos.

El impacto es evidente. La mayoría no interactúa desde una actitud crítica, sino reactiva que no filtra, sino responde sin analizar y solo reafirma. Así, la información se consume como entretenimiento y la política se degrada en un espectáculo emocional, sin ideas ni principios.

El algoritmo lo sabe y lo explota. Premia lo simple, lo agresivo y lo que confirma prejuicios. Pensar exige esfuerzo; indignarse es más fácil y por eso, la indignación gobierna y el mensaje del odio convence y permanece en las redes sociales como un cáncer que carcome la paz social.

La política de las ideas y del debate de programas fue sustituida por el grito del “fuera” y la descalificación automática. Basta el nombre propio para activar el rechazo si pertenece a la otra orilla. Así, la veracidad deja de ser un valor y la utilidad tribal ocupa su lugar.

En este entorno, la verdad se ha vuelto irrelevante. Importa menos si algo es cierto que si encaja emocionalmente en el relato de la televisión y las redes sociales. Así la desinformación prospera no porque se ignore su falsedad, sino porque no se siente la necesidad de verificarla. La afirmación al contrario es “no lo soporto”.

Las redes han convertido la identidad en atajo cognitivo. Analizar requiere tiempo, lectura y contraste, mientras que creer es inmediato y el dato estorba cuando contradice la emoción y el razonamiento se convierten en una contrariedad.
La política ha sido reducida a una dramaturgia moral de buenos contra malos, víctimas contra verdugos, pueblo contra enemigos. El desacuerdo ha dejado de ser intelectual y se ha vuelto existencial y quien piensa distinto no es adversario, es una amenaza a las creencias así sean equivocadas o es tratado de comunista.

La conversación pública ya no gira en torno a problemas, sino a emociones compartidas y los parlamentos imitan el tono digital; los líderes comprenden que la visibilidad se compra con provocación y los medios persiguen tendencias antes que hechos. De esa manera, se instala una pedagogía de la reacción, del supuesto malo que se debe destruir, que lleva en la democracia a que no se exija comprensión sino bala y la nación termina gobernada por la violencia y la inexactitud.

La aparente libertad digital es engañosa. Las redes no son el foro republicano, sino empresas privadas que administran atención y monetizan datos. En ellas, la ausencia de filtro intelectual no es falla, es el modelo de negocio en una sociedad que busca parecerse a las demás, donde las campañas no se hacen con ideas sino a través del Tik Tok e Instagram.

Los ricos, dueños de las redes sociales, saben que cuanta menos reflexión, más interacción; cuanta más emoción, más tiempo de pantalla. El ciudadano deja de ser sujeto social para convertirse en usuario rentable que cree lo que dicen las redes sociales y a quienes allí se presentan como modelo para seguir e imitar.

No sorprende que los discursos más exitosos sean los más simples. El populismo digital no necesita programas, necesita antagonismos que no proponen políticas públicas sino identidades y encuentra el terreno fértil en una ciudadanía entrenada para sentir antes que pensar, que posee un débil filtro intelectual, que permite la manipulación de sus actos, el autoritarismo plausible para un carácter manejable.

Frente a este panorama, la regulación es insuficiente si no se acompaña de una pregunta más incómoda: ¿qué tipo de ciudadanía estamos formando? Ningún algoritmo sustituye el criterio y ninguna ley reemplaza la educación del juicio, y sin alfabetización crítica, toda moderación será cosmética.

Las redes no son el enemigo en sí mismas. El problema es una sociedad que confunde expresión con comprensión y participación con reacción. El “nosotros” ofrece pertenencia inmediata, pero al precio costoso de renunciar al examen crítico de qué conviene a los intereses de la nación.

Una democracia sin filtros intelectuales no es más democrática; es más vulnerable. Vulnerable a la mentira, a la polarización y al poder de quienes entendieron que, en la era digital, gobernar no es convencer, sino capturar emociones y por eso los conciertos en idiomas que la mayoría no entiende llenan los estadios.

Lo más grave de la captura de las emociones de las redes sociales, se presenta en la franja más débil que son los niños, expuestos a los más bajos instintos y pasiones que conllevan a las peores condescendencias humanas.

Si la política renuncia al pensamiento, lo que queda no es pluralismo, sino ruido. Y una república gobernada por el ruido termina por dejar de escucharse a sí misma, reducida al barullo que los gobernantes del establecimiento necesitan para no escuchar los lamentos.

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