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El sacrificio de Amapola

El sacrificio de Amapola

Por Guillermo Pérez Flórez


"Yo no elegí esto. No quiero que mi vida cambie. Y no quiero ser parte de esta familia". Las anteriores frases fueron pronunciadas por una niña de solo nueve años, hija de la candidata presidencial Paloma Valencia, en un video de campaña que me llegó con un mensaje intrigante: "Una reflexión válida para todos". Al abrir el enlace encontré un relato que, bajo la superficie de una anécdota familiar, revela la cruda realidad de cómo las ambiciones políticas pueden permear hasta lo más sagrado e íntimo del hogar.

En el video, la candidata asegura tener el corazón roto porque al volver a casa encontró a Amapola diciéndole eso, y que tampoco quería hacer el sacrificio que se le pedía. Cuenta que su respuesta fue tranquilizarla diciéndole que no se preocupara, que "de pronto perdemos", y que la niña, tras echarse al suelo a llorar, le respondió: "Pero se quiebra el país, se acaba todo". "Pero mi gorda, ¿entonces en qué estamos?”, le espeta la madre.

El auditorio suelta una sonora carcajada, seguida de la de Paloma, quien cuenta la anécdota como si de una situación jocosa se tratara. Comenta que el argumento que la pequeña terminó aceptando fue "saber que ser parte de una familia es eso: que a veces todos tenemos que hacer esfuerzos por uno y luego haremos esfuerzos por otros. Que tener una familia es saber que hay quien está dispuesto a hacer sacrificios por uno". Y acto seguido, le asegura a la audiencia que no puede parar porque tiene una misión: salvar el país.

El todo vale, en la propaganda

Desde la perspectiva comunicacional y propagandística, la publicación es un éxito. Muestra a una madre dispuesta a sacrificar a su hija porque su decisión no está en ella sino en una voluntad superior. ¿Y qué mayor prueba de amor y entrega a Colombia que esa? Así obró Agamenón, rey de Micenas, quien sacrificó a Ifigenia —su hija con Clitemnestra— para apaciguar el enfado de la diosa Artemisa, que había detenido los vientos e impedía que la flota griega zarpara hacia Troya. En algunas versiones, Artemisa se apiada de Ifigenia y, en el último instante, la sustituye por una cierva, llevándosela a Táuride —la actual Crimea— para que le sirva como sacerdotisa.

En la Biblia está el pasaje de Abraham. Según el relato del Génesis, Dios le pidió matar a su hijo Isaac como prueba de fe. Abraham obedeció, pero en el momento crucial un ángel detuvo su mano y le proporcionó un carnero para el sacrificio en lugar de su hijo.

El episodio de Amapola amerita algunos comentarios, porque muestra hasta dónde están dispuestos a llegar los políticos con tal de hacerse con el poder. Hay varias conductas que merecen reproche ético.

La primera tiene que ver con la trivialización de la angustia de la niña. Según dice la candidata, Amapola experimentaba una angustia genuina, al extremo de no querer ser parte de la familia. Pero la madre, en lugar de consolarla, descarga sobre ella un agobio mayor: la posibilidad de perder las elecciones y que por ello el país se acabe. Eso revela que Amapola ha sido objeto de un adoctrinamiento político que la obliga a creer que la responsabilidad histórica de su madre es salvar la nación y que, si no gana, "se acaba todo". Es un doble sacrificio: primero, para que su mamá no pierda; segundo, para que Colombia no se hunda.

Es normal que los hijos crean que sus padres son superhéroes: es algo que debe respetarse porque forma parte del derecho a la inocencia que tiene cada niño. Pero hacerle creer —o dejar que crea— que si su madre pierde unas elecciones el país se quiebra y se acaba todo conspira contra la salud emocional de la niña. Es célebre la película ‘La vida es bella’, escrita, dirigida y protagonizada por Roberto Benigni. En el marco de la persecución a los judíos y la Segunda Guerra Mundial, un padre detenido en un campo de concentración junto con su hijo pequeño se esfuerza por alterar la realidad haciéndole creer que la pesadilla que sufren es en realidad un juego. Lo hace para preservarle la inocencia y la esperanza. Un buen ejemplo de la obligación que tienen los padres de mantener a sus hijos al margen de sus odios, temores y patologías políticas y religiosas.

En el caso que nos ocupa existe otro factor significativo: la ausencia del padre en el relato, como si no existiera. No aparece para nada. Tampoco debe ser fácil para la niña entender cómo es posible que si ganan los 'mamertos' el país se vaya a pique, siendo que su padre —tal y como lo ha dicho la propia Paloma, con absoluta superioridad moral— es un 'mamertico'. Su madre lucha, y la sacrifica, para derrotar a quienes piensan igual o parecido a él.

El video, sin proponérselo quizás, expone la trampa del discurso del "sacrificio noble". No obstante, quien realmente paga el precio no es quien habla desde la tribuna, sino quien llora en casa y debe aprender a callar para ayudar a “salvar el país”.

¿Cuáles son los límites?

Hay un ángulo no menos trascendente: la utilización con fines propagandísticos del sufrimiento de Amapola. Este episodio debió quedar en la esfera íntima de la familia. Al hacerlo público, Paloma renuncia al derecho a la intimidad de esta y convierte a su hija en parte de la escenografía electoral. Si mañana sus adversarios y críticos vinculan a la niña al debate —y ojalá ni siquiera lo piensen— la candidata no tendrá nada que reclamar.

Amapola no eligió estar ahí. No puede votar, no puede dar su consentimiento informado, no comprende que su frase "entonces se acaba todo" será vista por millones de personas que, conmovidas, quizás depositen un voto por su madre. Y la madre, en lugar de abrazarla y consolarla, decidió que esa herida familiar era un buen argumento de campaña. Censurable.

Valencia es una mujer combativa y con recursos intelectuales y profesionales para adelantar una campaña electoral sin necesidad de recurrir a esto. Este episodio no la descalifica como candidata, pero sí revela algo seriamente preocupante: sus límites éticos. Si es censurable que un padre o una madre, en evidente estado de necesidad, utilice a sus hijos para pedir limosna en la calle, con mayor razón que lo haga una política para conseguir votos. No todo vale. De allí a recurrir a otros recursos y armas hay solo un paso.

Epílogo

La cuestión no va de género, de ninguna manera. Hace unos días, el candidato Abelardo de la Espriella decía que no estaba en política por vanidad personal, que también estaba sacrificando a su mujer y a sus hijos, dejando de llevarlos al colegio —lo cual me parece una bonita costumbre, si es que en verdad lo hace— y todo para "ponerse la armadura de gladiador y proteger la salud de la República". Conmovedor.

Y tampoco va de partido ni de ideología. Recuerden el episodio de Nicolás Petro. Cuando le preguntaron al presidente Gustavo Petro por el asunto, se vio obligado a decir: “ Yo no lo crie”. Afirmó que conoció a su primer hijo cuando estaba en la cárcel, que le impactó su mirada triste, que no pudo darle el afecto debido porque vivía en la clandestinidad y que, por razones de seguridad, decidió separarse de él y de su compañera. Petro también prefirió sacrificar a su hijo y darle prioridad a su lucha.

La primera obligación de todo hombre y toda mujer es ser un buen padre y una buena madre. Y el cumplimiento de ese deber pasa por mantener a los hijos a salvo de costos inmerecidos y, por supuesto, jamás utilizarlos para conseguir votos ni conmover electores.

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