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Opinión

Tolima bajo fuego: la tragedia que no empezó con la primera llama y que pudo evitarse

Tolima bajo fuego: la tragedia que no empezó con la primera llama y que pudo evitarse

Por Jonathan Ortiz 

*Geólogo 


Hoy el Tolima arde. Arde su vegetación, sufren sus comunidades y los organismos de socorro enfrentan una emergencia que nuevamente nos pone frente a una realidad incómoda: los incendios forestales no son solamente un problema de extinción, son un problema de planificación territorial y prevención.

Cuando el fuego aparece, la discusión pública suele tomar el camino más sencillo: encontrar un culpable. Entonces, aparecen los señalamientos contra el campesino, contra el habitante rural, contra el indígena, contra quien realizó una práctica tradicional, entre otros.

Y sí, es cierto: una parte importante de los incendios forestales tiene origen en actividades humanas. Pero una mirada seria del fenómeno exige ir mucho más allá; porque el incendio que hoy vemos no empezó el día que apareció el fuego. Empezó mucho antes.

Empezó cuando un territorio vulnerable entró en una temporada crítica sin que se hubieran reducido suficientemente las condiciones que permiten que una ignición se convierta en un incendio de grandes proporciones.

Un incendio forestal no crece únicamente porque alguien prende una llama. Crece porque encuentra combustible disponible, condiciones meteorológicas favorables para la propagación y un territorio que no logró disminuir previamente sus vulnerabilidades.

Entonces las preguntas que debemos hacer hoy son incómodas, pero necesarias:

¿Dónde están los análisis actualizados de cobertura vegetal que permitían identificar las zonas con mayor susceptibilidad?

¿Dónde estuvieron los diagnósticos de carga combustible del territorio?

¿Dónde están los programas de manejo preventivo de vegetación seca en zonas críticas?

¿Dónde estuvieron las estrategias de reducción del riesgo con las comunidades rurales?

¿Dónde estuvo el acompañamiento técnico al campesino para transformar prácticas tradicionales en actividades más seguras?

Porque algo debe quedar claro: La prevención real implica trabajar sobre el territorio antes de que llegue la emergencia.

Significa conocer dónde están los combustibles vegetales acumulados, dónde existen corredores de propagación, dónde la infraestructura puede convertirse en un factor de riesgo y dónde una pequeña ignición puede transformarse en un incendio difícil de controlar.

La pregunta debe ser por qué, después de años de conocimiento acumulado sobre incendios forestales, seguimos permitiendo que nuestros paisajes lleguen a temporadas críticas con altas cargas combustibles.

El Tolima ya tenía una advertencia.

En 2024 el departamento vivió incendios forestales de gran magnitud, como los registrados en Natagaima y otros sectores, donde quedó demostrado que las condiciones climáticas y territoriales podían generar emergencias severas.

Aquella situación debía dejar una lección aprendida.

Un evento de esa magnitud no debía quedar únicamente como una noticia del pasado. Debía convertirse en una hoja de ruta para preparar el territorio: identificar puntos críticos, fortalecer capacidades, intervenir zonas vulnerables y establecer acciones antes de la temporada seca.

Pero nuevamente parece que llegamos al mismo punto: reaccionar cuando el fuego ya está avanzado. La gestión del riesgo no puede ser solamente aumentar capacidades de respuesta. Los bomberos, brigadas y organismos de socorro son fundamentales, pero ellos no pueden cargar solos con el resultado de meses o años de ausencia preventiva.

También existe responsabilidad institucional. Porque no hacer nada frente a un riesgo conocido también es una decisión.

No actuar cuando existen señales climáticas, antecedentes históricos y herramientas técnicas disponibles también genera consecuencias. La institucionalidad no puede aparecer únicamente para controlar la emergencia y posteriormente buscar responsables en el último eslabón de la cadena.

Una institucionalidad madura debe preguntarse primero qué hizo para evitar que esa emergencia ocurriera.

También debemos hablar de infraestructura. Las redes eléctricas que atraviesan zonas rurales requieren manejo preventivo de vegetación, mantenimiento y control de condiciones que puedan generar puntos de ignición. No todos los riesgos nacen en una acción individual; algunos están asociados a sistemas que también deben ser gestionados.

Hoy el Tolima necesita menos discursos buscando culpables y más respuestas técnicas. Necesita saber qué análisis se hicieron, qué zonas fueron priorizadas, qué acciones preventivas se ejecutaron y qué decisiones se tomaron antes de que llegara la emergencia. Porque la pregunta no es solamente quién inició el fuego.

La pregunta es quién estaba preparado para evitar que una llama se convirtiera en una tragedia. Los incendios forestales no comienzan cuando aparece la primera llama. Comienzan mucho antes, cuando dejamos que el riesgo crezca sin intervenirlo.

Y esa es la discusión que el Tolima debe tener después de apagar este incendio.

 

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