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El Secreto: donde el café también sabe a infancia

El Secreto: donde el café también sabe a infancia

Imagen creada con IA

Por Oscar Viña Pardo

Ibagué tiene la capacidad de sorprender en cada esquina. Hay lugares que nacen para vender un producto y otros que terminan convirtiéndose en una experiencia. El Secreto pertenece a esta última categoría, por eso, en este lugar hasta las puntillas también cuentan historias.

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Ubicada a pocos metros de la carrera Quinta, en la primera etapa del Jordán, la cafetería no está sobre una gran avenida ni busca atraer clientes por accidente. Ronald Ortiz, uno de sus propietarios, tiene una teoría muy sencilla: “El que quiere un buen café, lo busca”. Y quizás tenga razón.

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Porque quien cruza la puerta entiende inmediatamente que allí no solo se va a tomar una taza de café. También se va a viajar en el tiempo.

Un niño que cambió los juguetes por el trabajo

Ronald comenzó a trabajar cuando apenas tenía doce años. No fue un juego. Tampoco una decisión. Fue una necesidad.

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Las dificultades económicas obligaron a aquel niño del barrio Gaitán a buscar empleo en panaderías y pequeños negocios para ayudar en su casa. Mientras otros jugaban fútbol toda la tarde, él aprendía que el dinero costaba esfuerzo. Y aunque muchos podrían pensar que esa infancia incompleta dejó heridas, Ronald habla de aquellos años sin resentimiento. Al contrario.

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Hoy entiende que ese trabajo temprano le enseñó disciplina, responsabilidad y, sobre todo, el valor de cada oportunidad. "Uno aprende a valorar las cosas cuando le toca lucharlas", dice con absoluta tranquilidad cuando tomamos ese café de olleta.

Los viernes siguen teniendo sabor a familia

Hay costumbres que sobreviven al paso del tiempo. Aunque hoy es empresario, esposo y padre, Ronald conserva un ritual que jamás ha querido abandonar. Todos los viernes almuerza donde su abuela.

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Allí se reúnen su mamá, sus hermanos, su esposa, sus hijos, algunos primos y sobrinos alrededor de una olla de fríjoles. No importa lo ocupado que esté. Ese espacio no se negocia. Ese espacio es sagrado.

En tiempos donde las familias apenas logran coincidir unos minutos frente al celular, ellos siguen encontrándose alrededor de una mesa. Y quizás allí también esté uno de los secretos de Ronald. Nunca dejó que el éxito lo alejara de sus raíces.

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La nostalgia también se sirve caliente

Entrar a El Secreto es recorrer buena parte de la historia de quienes crecieron entre los años setenta, ochenta y noventa. Una máquina de escribir. Una grabadora de doble casetera. Discos de vinilo de 33 y 45 revoluciones. Televisores antiguos. Radios. Sacapuntas de biblioteca. Revistas, todos en un mismo lugar.

Afiche tras afiche aparecen personajes como Popeye, Gasparín, Los Picapiedra, El Auto Fantástico, MacGyver, Hulk, Manimal, El Llanero Solitario, Los Tres Chiflados y decenas de series y caricaturas que marcaron generaciones.

Nada está allí por casualidad. Cada objeto tiene una razón. Cada pieza busca despertar una conversación. "Muchos jóvenes preguntan qué era eso. Otros llegan, lo ven y simplemente sonríen porque recuerdan su infancia", explica Ronald. El lugar no vende antigüedades. Vende recuerdos.

Cuando grabar una canción era todo un acontecimiento

Mientras señala una vieja grabadora de doble casetera, Ronald recuerda cómo era esperar durante horas que una emisora anunciara el estreno de una canción. Había que tener listo el casete virgen, así se le decía a los casetes sin uso. Esperar el momento exacto. Y rezar para que el locutor no hablara encima de la música.

Quienes vivimos esa época entendemos perfectamente esa emoción. Hoy basta un clic. Antes había que tener paciencia, esa que ya no existe porque tenemos que ser multi tareas, nuestra mente en diferentes lugares. Y quizás, solo en ese momento, en esos años la música también sabía diferente.

El café de la casa

En medio de tantos métodos modernos, Ronald decidió devolverle protagonismo al más colombiano de todos. La olleta.

Mientras muchas cafeterías concentran su oferta en métodos filtrados, V60 o Aeropress, El Secreto convirtió el café en olleta en uno de sus mayores atractivos. "Es el café con el que crecimos todos los colombianos", afirma. Pero detrás de esa aparente sencillez existe técnica. El agua nunca debe sobrehervirse. Solo debe llegar al punto de burbujeo. Después se incorpora el café y se deja reposar.

Nada más. Sin revolver. Sin filtros. Sin artificios. Solo como lo hacían nuestros antepasados pero con técnica.  El resultado sorprende incluso a quienes creen conocer el café tradicional.

La limonada que cambia cualquier prejuicio

Confieso que llegué desconfiando. Pensé que una limonada de café podía ser una mezcla excesivamente dulce o demasiado intensa. Me equivoqué. La bebida conserva la personalidad del café, equilibra perfectamente la acidez del limón y termina convirtiéndose en una de las propuestas más refrescantes que he probado en esta Ruta del Café. Ideal para los días calurosos que hoy vive Ibagué. Uno de esos descubrimientos que justifican el viaje hasta este rincón del Jordán.

Quizás algunos comensales no estarán de acuerdo con esta propuesta, pero entre gustos no hay disgustos, y para mi paladar está bien.

Del vendedor de carros al empresario cafetero

Hace apenas seis años Ronald trabajaba vendiendo automóviles. Siempre tuvo espíritu emprendedor. Pero aún no encontraba el proyecto capaz de conectar con su esencia. Hasta que apareció Angélica Ramírez, su socia. Ella aportó el conocimiento del café. Él puso las ideas.

Y entre los dos comenzaron a construir lo que hoy es El Secreto. "No hemos terminado de construir el negocio. Lo que pasa es que ahora está creciendo", dice sonriendo. Una frase que resume perfectamente la vida del emprendedor.

Los negocios también lloran

Hay una parte del emprendimiento que casi nunca aparece en las redes sociales. Las noches de incertidumbre. Las cuentas que no cuadran. Las inversiones equivocadas. Los días donde parece que nada funciona. Ronald habla de eso con absoluta honestidad. Confiesa que junto a su socia han llorado varias veces. No por rendirse. Sino porque emprender exige aprender constantemente.

"Un día estamos arriba y al otro abajo. Nos abrazamos y seguimos", reconoce.

Quizás esa sinceridad explique parte del éxito del negocio. No venden perfección. Venden autenticidad. No venden sus convicciones, las trabajan de manera permanente dando lo mejor de sí para que esa extracción de café sea lo mejor que pase en cada paladar de quien llega al Silencio.

Un secreto que ya no quiere esconderse

Algunos clientes le preguntan por qué decidió abrir una cafetería lejos de las grandes avenidas. La respuesta llegó desde España. Su hermana le dijo una frase que terminó marcando el proyecto: "Los buenos lugares no siempre están sobre la vía principal. El que los quiere conocer, los busca." Y eso ocurrió.

Hoy muchos llegan por recomendación. Otros por curiosidad. Y la mayoría regresa. Porque descubren algo que va mucho más allá del café.

El verdadero secreto

Cuando termina la entrevista, Ronald vuelve a recorrer con la mirada cada rincón del lugar. Los afiches, los televisores, las máquinas de escribir, los casetes, las cámaras, los juguetes, las olletas, las cafeteras.

Todo fue colocado cuidadosamente por él y por Angélica. Nada responde a una estrategia comercial. Todo responde a una historia.

Entonces entiendo como lo hice cuando conocí a Ronal en la tienda campesina de la alcaldía de Ibagué, esa que está ubicada en el centro de la ciudad, que el verdadero secreto de esta cafetería nunca fue el café. Tampoco la limonada. Ni la olleta. El verdadero secreto está en Ronald.

En ese niño que comenzó a trabajar a los doce años, que aprendió a valorar el esfuerzo antes que el éxito y que hoy demuestra que las mayores riquezas no siempre se guardan en una cuenta bancaria. A veces permanecen escondidas en los recuerdos. Y basta una taza de café para volver a encontrarlas. Sabes una cosa…

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