Periodismo de análisis y opinión de Ibagué y el Tolima

Historias

La casa donde Ibagué todavía respira

La casa donde Ibagué todavía respira

Por Oscar Viña Pardo

El hombre que decidió no borrar la memoria

Hay personas que coleccionan monedas, otras libros, otras silencios. Samuel Gómez Ramírez decidió coleccionar ciudad.

En una época donde Ibagué parece correr desesperadamente hacia el concreto y el modernismo, él tomó la determinación de mirar hacia atrás. No por nostalgia vacía, sino por responsabilidad histórica. Porque entendió que una ciudad sin memoria termina pareciéndose a cualquier otra.

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Nació en Santa Isabel, norte del Tolima, pero fue Ibagué la que terminó moldeándolo. Aquí trabajó, construyó amistades, participó en el desarrollo urbano y terminó enamorándose de esos pequeños detalles que para muchos pasan desapercibidos: un aviso viejo, una registradora oxidada, un teléfono de Telecom, una banca frente al mango de la Gobernación o un letrero de neón encendido en la carrera Tercera. 

Y quizás por eso, cuando muchos derrumbaban el pasado para construir edificios, Samuel decidió hacer exactamente lo contrario: levantar un museo íntimo dentro de su propia casa.

     

El Grano de Oro y la ciudad que tomaba café

La aventura comienza en el Grano de Oro.

No es casualidad. Samuel lo escogió porque allí estaba el corazón de la vieja Ibagué. Era el punto donde se cruzaban políticos, comisionistas, vendedores de lotería y personajes de toda índole. Un café donde, curiosamente, no se permitía la entrada de mujeres, aunque todas pasaban inevitablemente frente a él. 

En esa primera estación de la casa museo aparecen las fotografías de 1903, cuando nació el primer acueducto de la ciudad. Allí Samuel recuerda que el maestro Alberto Castilla, el mismo compositor del aire del Bunde Tolimense, también participó como ingeniero en su construcción. La historia cambia cuando alguien cuenta los detalles que nunca aparecen en los libros. 

Mientras habla, Samuel no parece un guía turístico. Parece un hombre conversando con sus recuerdos.

La casa donde todavía viven los apellidos tradicionales

Hay una fotografía de 1930 que lo emociona particularmente. Se observa la emblemática ceiba apenas creciendo casi frente a la salsamentaria Tovar, el edificio Urrutia, el colegio de La Presentación y varias casas tradicionales donde vivían familias emblemáticas de la ciudad: los Cerón, los Gómez Ramírez, los Arbeláez, los Gallo, los Espinosa. 

Samuel señala exactamente dónde quedaba su casa. Y uno entiende que este museo no se construyó solo con objetos. Se construyó con afectos.

Cada rincón parece responder una sola pregunta: “¿Qué éramos antes de convertirnos en ciudad grande?”

 

Los escritores tolimenses que explican el país

En otro espacio de la casa aparecen Jorge Eliécer Pardo, Álvaro Mutis y William Ospina. No están allí por decoración.

Samuel explica que leyendo a esos autores entendió muchas de las heridas históricas de Colombia. Habla de la violencia, de la pérdida de memoria, de la conquista, de las guerras y del deterioro social. Para él, esos escritores ayudan a comprender por qué el país terminó siendo lo que hoy es. 

En medio de los libros aparece también Nicanor Velásquez Ortiz, el compositor de la letra del Bunde Tolimense, un personaje que, según Samuel, muy pocos tolimenses recuerdan realmente. Porque todos hablan del maestro Castilla, pero casi nadie recuerda quién escribió las palabras que hoy cantamos con orgullo. 

El Conservatorio prohibido

Uno de los murales más impactantes de la casa es el del Conservatorio del Tolima. Samuel lo instaló allí porque considera absurdo que uno de los lugares culturales más importantes de Ibagué sea casi inaccesible para la gente común. Critica que para entrar haya que pedir permisos y cartas, como si la cultura debiera esconderse detrás de oficinas y trámites. 

Entonces decidió traer el Conservatorio a su casa. Y de paso recordar aquella “T Cultural” soñada en los años cincuenta: Conservatorio, Catedral, Panóptico y Teatro Tolima unidos como un gran corredor artístico para la ciudad. Un sueño que nunca terminó de concretarse.

Las mariposas y el derecho a transformarse

En uno de los patios interiores sobrevuelan decenas de mariposas decorativas. “Las mariposas se transforman y uno también tiene que transformarse”, dice Samuel mientras sonríe. 

Ese espacio fue diseñado para descansar, tertuliar y contemplar.

Otros lugares dentro de esas más de 20 habitaciones tiene como protagonista un ocobo florecido y una fotografía antigua del Nevado del Tolima tomada desde la finca de su padre en 1970, cuando la nieve todavía descendía majestuosamente por la montaña. 

Hay una mezcla extraña entre nostalgia y resistencia. Como si la casa entera estuviera luchando para que el tiempo no termine de borrar lo que fuimos. Esa es la apuesta de Gómez Ramírez.

Caregancho, Telecom y los avisos de neón

Quizás uno de los mayores tesoros de la casa sea la colección de avisos comerciales antiguos: Telecom, Café París, Ley, Hotel Raad, La Tasca, Bancafé, Conavi, Philips, Salsamentaria Tovar, La Coral Musical de Colombia, Lavaseco Superior, Tapa Roja, Cementos Diamante, por nombrar algunos.

Samuel habla de ellos como si fueran personajes vivos. Y en cierto modo lo son. Cada aviso representa una época en la que la gente levantaba la cabeza para mirar la ciudad y no solamente la pantalla del celular. 

Cuenta que hoy muchos jóvenes no podrían describir ni siquiera el logo de Justo & Bueno, una marca desaparecida hace apenas pocos años. “La memoria se volvió instantánea”, dice preocupado. 

En medio de esos recuerdos aparece también el mítico bar de Caregancho, con sus anécdotas, sus listas de deudores pegadas afuera y esa mezcla entre humor popular y vida bohemia que caracterizó a la vieja Ibagué. Aquellos que no pagaban a tiempo eran corridos por la ciudad de entonces por la “guacharaca”, una mujer habitante de calle que con su bastón en mano  los hacia pagar, era el “chepito” de la época.

El homenaje a Quintín Lame

En un pequeño espacio que antes fue un baño de la casa, Samuel recreó la celda de Manuel Quintín Lame.

Lo hizo después de visitar el Panóptico y sentir que el homenaje al líder indígena era insuficiente.  Allí recuerda cómo Quintín Lame defendió los territorios indígenas y denunció, desde comienzos del siglo XX, lo que terminaría ocurriendo décadas después con el despojo y la violencia.

“Se rieron de él”, cuenta Samuel.

Y mientras lo dice, parece hablar también del país entero.

Gabriel García Márquez y las mariposas amarillas

Hay un cuarto completo dedicado a Gabriel García Márquez.

Samuel logró reunir las 61 obras del Nobel colombiano, incluidas ediciones traducidas a otros idiomas.  En las paredes revolotean mariposas amarillas y blancas, difuminadas, hechas por un grafitero de la ciudad..

Entonces recuerda una anécdota maravillosa: Gabo confesó alguna vez que las mariposas originales de su infancia eran blancas, pero que decidió volverlas amarillas porque literariamente resultaban más poderosas. 

Eso parece definir también esta casa. No se trata solamente de conservar objetos. Se trata de convertir la memoria en algo que todavía emocione.

Son tres plantas llenas de recuerdos, murales ubicados de manera estratégica nos pasean por la ciudad. El Centenario también esta allá, como los espacios íntimos de su casa materna, entre ellas el comedor o la sala principal, las habitaciones, todas con muebles Luis XV o Isabelinas conservadas, intactas, ese quizás es su mayor tesoro.  

El legado

Samuel Gómez Ramírez ya supera los 70 años. Habla pausadamente, observa cada rincón con cuidado y camina por la casa como quien recorre un álbum familiar gigantesco.

Dice que durante más de 50 años Ibagué le dio amigos, trabajo y oportunidades. Y que esta casa es simplemente su manera de devolverle algo a la ciudad. 

Nos muestra su libreta de apuntes de los años en que trabajó con el ex alcalde de Ibagué, Francico José Peñloza. Conserva más de 780 días de trabajo en las avenidas Guabinal y Ferrocarril, las dos últimas arterias que cruzan la ciudad, obras que como lo informa ese diario no tuvieron los retrasos o adiciones presupuestales a las que estamos ahora acostumbrados en estos tiempos, así sea construyendo solo un muro de contención

Samuel ama su casa, por eso quiere abrirla mediante visitas guiadas pequeñas, casi íntimas, donde la gente no solo vea objetos antiguos, sino que aprenda a mirar nuevamente la ciudad.

Antes de despedirse deja una frase que resume todo: “Lo importante es guardar los testimonios de la ciudad, vivir la ciudad y encontrarse con la ciudad”. 

Y mientras uno sale de la casa Gómez Ramírez entiende que Ibagué todavía respira allí adentro.

Entre un café, una mariposa amarilla y un viejo aviso de neón.

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