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Historias

Después de 16 años, volví a recuperar lo que nos había quitado las Farc

Después de 16 años, volví a recuperar lo que nos había quitado las Farc

Relato de un soldado víctima del conflicto armado en el sur del Tolima.

[LetraCapital Letra="E"]ra un día gris de febrero de 2001. Yo habitaba junto a mi familia en la vereda Balsillas (Ataco – Tolima). La guerrilla nos quería a mi hermano y a mí. Teníamos 13 y 15 años, éramos altos y nos gustaba ayudar en las labores del campo. Mi padre tenía una finca, él siempre se esforzó por darnos todo, un buen futuro y buen estudio.

De un momento a otro llegaron unos guerrilleros que frecuentemente pasaban por nuestra finca a saludarnos y esta vez querían hablar personalmente con mi papá. Al salir, le manifestaron que ya nosotros estábamos grandecitos y que teníamos que integrarnos a las filas subversivas. Al escuchar lo dicho por el guerrillero miré a mi hermano y pude ver sus ojos llenos de miedo y terror de que nos llevaran.

Mi padre se negó a la solicitud y les dijo a los dos hombres que se fueran y nunca más volvieran; sin embargo, no fue así. Pocas horas después nos empezaron a vigilar unos guerrilleros y en uno de esos días, nos dejaron un panfleto debajo de la puerta en donde amenazaban de muerte a toda nuestra familia, si no cedíamos a la petición que nos habían hecho. “Al menos un muchacho don José, con eso tenemos” decían aquellas cartas que escribían con lapicero azul y que mi madre rompió en mil pedazos. Era la cuota que nos estaban cobrando.

La guerrilla controlaba la vereda donde vivíamos. Era muy difícil rebelarse y negarse a las peticiones que nos hacían. Desde ese momento las cosas empezaron a cambiar y a ponerse difíciles para nosotros, sobre todo para mi padre, quien era la cabeza del hogar.

Los chantajes y represalias por haberse negado a prestarnos para la guerra comenzaron. A diario, mi padre era obligado a trabajar para ellos. Arreglaba sus carreteras, cortaba leña para sus campamentos, entre otras labores que lo dejaban exhausto y con ganas de salir de ese lugar en donde habíamos sido criados y levantados gracias a su tenacidad y esfuerzo.

20 días después, mi papá subió al pueblo a traer una remesa y durante su venida, el comandante del frente guerrillero lo abordó y se lo llevó para el monte. No supimos de él durante cinco días. Al parecer, que se lo habían llevado para una vereda de nombre Montefrío. Pensábamos que lo habían matado. Con el pasar de los días, mi madre se puso muy mal y para soportar el dolor y la zozobra, rezaba el rosario fervorosamente.

Después de casi una semana, mientras dormíamos volvió mi padre. Llegó agitado, sucio y con miedo. Toda la noche insistió que debíamos irnos de allí, que no soportaba vivir con esa incertidumbre de que en cualquier momento lo mataran a él, nos llevaban a nosotros y le hicieran daño a mi madre.

Un sábado, mi padre nos dijo que alistáramos lo poco que teníamos y que esperáramos atento a que el regresara de hacer unas labores de limpieza en el cementerio, que le habían ordenado los guerrilleros. Ese día en la noche, casi todos los del bloque se emborracharon y ahí fue el momento preciso para salir de allí, únicamente con lo que teníamos puesto a buscar nuevos rumbos de vida.

Llegamos a Ibagué. Mi hermano y yo no pudimos seguir estudiando y comenzamos a trabajar en fincas cuidándolas. Afortunadamente no pasamos hambre y salimos adelante. Tiempo después me vinculé al ejército con el fin de proteger y defender los derechos de la gente que no podía, así como nos pasó a nosotros.

Después de más de 17 años, el gobierno nos restituyó nuestros terrenos. Ya no en Ataco, sino en Silvania, Cundinamarca, en una finca similar a que teníamos en el sur del Tolima. Hoy vivimos bien, tenemos otra calidad de vida y mis hijos pueden estudiar. La vida nos cambió para siempre.

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