Columnistas
¿Un nuevo orden mundial?
Por Andrés Felipe Barragán Torres
*Delegado Presidencial UT.
Como si la historia se repitiera, Latinoamérica está nuevamente en medio de una preocupante discusión sobre la violación de la soberanía territorial de uno de sus países por parte de los EE.UU, algo que -aunque a muchos les cueste reconocer- vulnera el Derecho Internacional Humanitario (DIH), que existe realmente para limitar a los poderosos, las super potencias y sus ínfulas de dominio expansionista; y aquí caben todos, desde Rusia con Ucrania, China con Taiwán, Israel con Palestina y recientemente EE.UU con Venezuela.
En los últimos días se ha hecho visible una nueva horda de personas sesgadas e incoherentes que están acuñando un nuevo término, “Venezuelasplaining”, para referirse de forma sarcástica a quienes están argumentando de forma crítica su oposición a la intervención militar del Estado norteamericano al territorio venezolano.
Estas críticas, que pretenden ser burladas por quienes usan ese injerto de término, se han basado en conceptos como la soberanía territorial, la libre determinación de los pueblos, el DIH y las repercusiones que habrá para toda Latinoamérica debido a los antecedentes de ocupación a países que, coincidencialmente, poseen reservas de petróleo, tierras raras o son sitios estratégicos para escenarios bélicos convenientes para EE.UU. Si existen dudas sobre esto último, se puede preguntar a Cuba y Nicaragua, que son regímenes autoritarios cómodos y despreocupados porque carecen de los intereses anglosajones.
Quienes acuñaron este término, por decirlo de la forma más respetuosa posible, no son más que ignorantes de la historia intervencionista de EE. UU y de su injerencia política en el hemisferio occidental que reiteradamente ha traído miseria, caos y muerte.
La realidad es que nadie extrañará a Maduro, es un autoritario que encarceló a opositores políticos, vulneró derechos humanos a su propia gente, generó el mayor éxodo en la región, entre otros y muchos delitos, la cabeza de un régimen que muy posiblemente lo traicionó su propia cúpula y que será judicializado prontamente. Efectivamente el pueblo venezolano inmigrante está feliz y celebra porque ve a este sujeto capturado y son ellos quienes han sufrido este éxodo, sin embargo, el régimen no está acéfalo, un líder, así como en cualquier otro régimen es fácilmente reemplazable y sustituido por otro que continuará el legado si es que no acuerdan una salida pactada; y si tienen dudas, pregúntenle a Irán, Haití, República Dominicana, Siria, Arabia Saudita, y les aseguro, la lista sigue.
Afirmar que “si no eres venezolano, no puedes opinar” es reduccionista y absurdo; esto carece de todo fundamento académico y político, lo cual raya con la deshumanización de los conflictos entre distintos países. Bajo la lógica de aquella afirmación, cabría muy fácilmente el: “como no vivo en Gaza entonces no tengo derecho a rechazar el genocidio de Israel”, “como no soy de Ucrania, no voy hablar de la invasión de la península de Crimea”, “¿Qué EE.UU financió el golpe de estado contra Salvador Allende?, a mi qué, no soy chileno”; de ser así, ¿para qué se consolidó un nuevo orden mundial en la posguerra?, que abrió paso a los tratados internacionales como el de Ginebra y el Pacto de San José, la declaración misma de los derechos humanos y demás convenios que son base del DIH.
Como si la historia no nos hubiera demostrado -suficientemente- que las intervenciones e injerencias (sobre todo electorales) de países extranjeros se encaminan en función de sus propios intereses y no solidarios con el país latino. No, no pretendan que el presidente que ha demostrado públicamente su desprecio por los latinoamericanos, que los deporta en condiciones inhumanas (tal y como lo expuse en mi olumna anterior), quiere ahora traer democracia y libertad al país con las mayores reservas de petróleo en el mundo, insisto, de lo contrario, pregúntenle a Cuba y Nicaragua que de petróleo solo tienen lo que obtienen de sus importaciones.
Ahora bien, en los últimos días -inclusive semanas si lo miramos con mayor cautela- hemos observado una nueva y, tal vez última, crisis del orden mundial de la pos guerra. Nos encontramos en una nueva era, en la que las super potencias se disputan por territorios que se adjudican como propiedad, y las organizaciones constituidas después de la segunda guerra mundial, que significaron el nuevo orden mundial, serán relevadas muy pronto, a tal punto que la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ante explícitos crímenes de estado e invasiones militares (Rusia con Ucrania, China con Taiwán, Israel con Palestina y recientemente EE.UU con Venezuela) responde solo con un llamado al diálogo amistoso, sereno y tranquilo, que parece casi enviado por correo; estamos presenciando a una ONU que actúa como una ONG.
Las disputas territoriales continuarán y nadie dirá nada, la comunidad internacional actuará tal cual como lo ha hecho en los últimos años, es decir, no actuará; y cuando eso suceda, ya no importará discutir si los bombardeos a las lanchas en el Caribe son o no ejecuciones extrajudiciales, si las invasiones militares son o no condenadas, o si los recursos naturales de un país gozan de plena soberanía de sus pueblos. No, para ese entonces esas discusiones ya no importarán, porque la posesión de armas nucleares o alineación ideológica será el nuevo concepto de soberanía; ese será el nuevo orden mundial.
Un comentario final, más allá del evidente interés norteamericano por el crudo de Venezuela, también es importante hablar sobre las palabras del presidente Donald Trump, al afirmar que no es mala idea y que, inclusive, intervendrá otros países en Latinoamérica, entre esos, Colombia.
Personalmente, tomo muy en serio dichas declaraciones, estoy convencido de que esa intervención será una realidad, no militarmente, como algunos -no sé cómo llamarlos- claman y gritan que se haga con el presidente de la República actual, que literalmente está a meses de terminar su mandato, pues el país está ad portas de unas elecciones presidenciales; no, no de esa forma, estoy convencido de la injerencia electoral que tendrá los EE.UU en nuestro país, incitada por un interés más profundo para los republicanos extremistas: consolidar una coalición de derecha que permita delimitar una alineación ideológica entre países.
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