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La ratilla hurtadillo pillo: fábula de poder y hambre

La ratilla hurtadillo pillo: fábula de poder y hambre

Por José Baruth Tafur G.

*Abogado

Especialista en Marketing Político y Estrategias de Campaña


Érase una vez un reino lleno de huecos. Huecos en las calles, huecos en las promesas y huecos en la dignidad. Allí, el pueblo aguantaba necesidades, sin agua cuando llovía y sin respuestas cuando preguntaba. Lo llamaban la ciudad hermana de Chengdú, China, aunque sus habitantes empezaron a conocerlo por su verdadero nombre: el Reino de la Gran Rata.

Todo por culpa de un estafador ilusionista que prometió un puente…
y dejó un fantasma.

Se trataba de una rata elegante, bien peinada, con traje fino y sonrisa de queso importado. Algunos cronistas insistían en llamarla por su nombre humano, pero el pueblo —más sabio que ingenuo— prefería decirle simplemente la rata hurtadillo pillo. No era una rata cualquiera. Era un clan descarado.

No robaban migajas ni corrían asustadas. Gobernaban. Esta ratilla caminaba erguida, daba discursos sobre honestidad y hablaba de progreso, mientras afilaba los dientes en el presupuesto público. Prometía puentes, pero entregaba huecos. Prometía futuro, pero dejaba ruinas.

Su mayor obra fue legendaria: el puente fantasma de la 60, una estructura que existía solo en papeles y contratos. Nadie lo cruzó jamás, pero todos lo pagaron. La gran rata hurtadillo “para los registros” lo defendía con palabras dulces, mientras el oro del reino desaparecía como pan en madriguera ajena.

Pero toda ratilla tiene cómplices, y el clan hurtadillo no se escondía. Rondaban programas sociales, comedores escolares y contratos sensibles. Donde debía haber comida para niños, aparecían irregularidades. Donde debía haber transparencia, había silencio. La familia ratilla hurtadillo se movía con destreza: nadie mordía de frente, todos roían por debajo.

El dolor del cuento no está en la burla, sino en el hambre. Mientras los hurtadillos buscaban bolsillos llenos, los niños esperaban alimento. Mientras la familia rata discutía balances, los ciudadanos esperaban obras. Mientras la gran ratilla hurtadillo inauguraba maquetas, un pueblo entero veía cómo su reino se convertía en madriguera.

Y como en todo mal cuento, la ‘rata’ no se fue pobre. Mientras el reino se agrietaba, aparecían casas lujosas, reservas exclusivas y vidas de abundancia. Porque, mágicamente, en este cuento ser alcalde —o rata mayor— sí daba frutos. Frutos que no crecían del trabajo, sino del erario.

Este no es un cuento infantil. Es una fábula amarga donde a la ratilla hurtadillo no le importa el ciudadano, la familia no paga, y el reino queda devastado.

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