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El silencio de los ilustres

El silencio de los ilustres

Desde temprana edad nos acostumbramos a observar y escuchar personas de gran renombre por su contribución a la sociedad. De un protagonismo ejemplar por sus conocimientos, experiencia y sabiduría; gracias a lo cual, marcaron derroteros y plantearon alternativas de progreso y bienestar para todos.

Sin embargo, con el transcurrir de los años y luego de su intensa participación en el diario acontecer, dejamos de verlos. De un momento a otro no volvemos a saber de ellos.

Es la ley de la vida. Sus importantes logros se encargan de dar cuenta de sus Incansables batallas, pero el silencio y el olvido los excluyen, y es ahí donde está su fin. 

"Esa es la radiografía de una sociedad que los deja en el ostracismo con todos sus méritos y capacidades, ... Aislados, precisamente

cuando por su experiencia tendrían tanto que enseñar. De esa forma, lo que aún les faltaba por hacer, ahí quedó.

A otros, sin ninguna consideración les llega el relevo en su trabajo, simplemente por su condición de adultos mayores.

Ahora dedican su tiempo a la introspección, a meditar y a hacer sus propios juicios con la sensatez que la madurez otorga.

La vida continúa pero se agota. A quienes pocos años les quedan, les sigue la implacable cuenta regresiva.

Los quebrantos de salud se vuelven prioridad y su situación económica por lo general se hace crítica; su pensión no alcanza y en el peor de los casos padecen de insolvencia e iliquidez a la vez. Porque, aun siendo solventes, es denigrante el asecho de los demás por sus bienes.

Se marchita su condición física y se fortalece la espiritual.

Ilustres personalidades que ocuparon lugares de honor, paradigmas de vida y promotores de derroteros que condujeron a buen puerto.

En política surgen otros para prometer lo que por fuerza de las circunstancias quedó pendiente.

Entonces, los adalides de siempre son reemplazados por quienes ahora quieren construir su propia historia.

Pocos se ocupan de ellos.

Excepcionalmente aparecen los amigos.

Esa es la realidad.

Continúan siendo ilustres pero en silencio, con modestia y resignación.

El remanso de su hogar les espera.

Es hora de hacer honor a la calidez familiar.

A una nueva realidad, la de los hijos de los hijos. 

El mundo se percibe congestionado e intenso, poco apacible; siéndoles preferible evocar el pasado y considerar el futuro como algo que ya no les entusiasma, es de los demás.

De esta forma, el silencio de los ilustres se convierte en una pausa en el pentagrama de la vida al compás de una obra magistral.

Llega el momento de partir, y es cuando, como dice Octavio Paz en un fragmento de sus versos, "desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen...".

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