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La heladería de Crepes & Waffles ya endulza a Ibagué

La heladería de Crepes & Waffles ya endulza a Ibagué

Las largas filas para degustar un helado de Crepes & Waffles parecen no importar. “Vale la pena”, dicen algunos de los comensales que encontramos en el mall Vergel Plaza. Y no es para menos: quienes han probado sus helados y postres saben que cada sabor es una pequeña explosión de sensaciones que convierte el momento en una experiencia distinta.
Ibagué tiene historia en materia de helados. Sabores como el tradicional de guayaba agria, hoy ubicado cerca del Centenario, o propuestas como “Pomarosa”, con opciones más saludables y combinaciones diversas, han hecho parte de la memoria gustativa de la ciudad.

En lo personal, esta marca despierta recuerdos entrañables. Tal vez el más fuerte sea el helado de pétalos de rosa que ofrecían hace más de una década. Es imposible no asociarlo con mi madre, con ese instante compartido alrededor de un sabor único. Con el tiempo, ese gusto fue desapareciendo y, como muchos, terminé optando por clásicos como el banana split y otras opciones de su carta.

La llegada de esta cadena a Ibagué se hizo esperar por años. Hubo intentos, rumores y expectativas. Incluso, hay quienes aseguran que una ciudad “se gradúa” cuando recibe marcas como esta, como si ese hito marcara el paso de pueblo a ciudad. Más allá de esa discusión, lo cierto es que muchos tolimenses, una de las colonias más numerosas en Bogotá, anhelaban tener más cerca este referente gastronómico.

Confieso que no soy de hacer filas para comprar, menos en una heladería. Sin embargo, resulta fascinante observar cómo familias enteras convierten la espera en un ritual: conversan, ríen, inventan historias mientras llega su turno. La respuesta es casi unánime: “la estábamos esperando”.

El impacto no se ha quedado solo en la vitrina de los helados. Comerciantes del Vergel Plaza aseguran que la afluencia de visitantes ha aumentado. “Se ha sentido el movimiento, hay más gente y las ventas han mejorado”, comentó una asesora comercial de una tienda cercana, sorprendida por la respuesta del público.

En un par de meses abrirá también el restaurante, y todo indica que las filas seguirán siendo parte del paisaje. Este fenómeno gastronómico resulta positivo para la ciudad: dinamiza la economía, eleva el nivel de competencia y obliga a otros establecimientos a apostar no solo por buenos productos, sino por experiencias memorables y un mejor servicio.

Así que, si decide ir, llévese algo más que dinero: paciencia. Y prepare el paladar, porque cada bocado promete recordarle que, a veces, la espera también hace parte del sabor.

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