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Opinión

Shakira la bella, el mestizaje y el realismo mágico

Shakira la bella, el mestizaje y el realismo mágico

Por Guillermo Pérez Flórez


La única vez que he visto a Shakira en persona fue la noche del 25 de abril de 2003, cuando llevé a María, mi nieta, a la plaza de toros de Las Ventas en Madrid. Ella quería conocer a esa estrella tan abrasante como le pareció al niño Aureliano Buendía el hielo, cuando su padre lo llevó a conocerlo, y que muchos años después había de recordar frente al pelotón de fusilamiento. Esa presentación hizo parte del ‘Tour de la Mangosta’ y recuerdo la energía volcánica que se apoderó de una plaza totalmente abigarrada de leales seguidores.

Para entonces, a pesar de que su éxito ya era sobresaliente, nadie podía sospechar en qué se convertiría con el paso de los años. Nadie, excepto Gabriel García Márquez, que a comienzos de 1999 le dedicó un reportaje en la revista Cambio, cuando era apenas una jovencita de 22 años, y él un Nobel de 71. Tuvo un tono profético. El genio de Aracataca dijo que era «difícil ser lo que Shakira es hoy en su carrera» por «el milagro de una madurez inconcebible a su edad», y vaticinó: «El año próximo será suyo». Porque entraría en discos y en vivo, en los vastos mercados de Estados Unidos, Europa, Asia y África. Y así fue.

No conocía ese texto. Me tropecé con él por comentarios en las redes y pude leerlo completo gracias a la generosidad de Patricia Lara, quien me lo envió. Ahí vi dos cosas. La primera, que no obstante llevar muchos años en la cumbre, García Márquez no tuvo reparo en descender del Olimpo para ejercer el oficio que tanto amó, el de la reportería, y retratar a una compatriota caribe que apenas alzaba vuelo. Una muestra de sencillez.

La segunda, el don de clarividencia de Gabo: supo ver, en “una música que no se parece a la de nadie”, que Shakira pertenecía al universo macondiano, pero sin la maldición de la soledad ni la condena a vivir sin oportunidades. Shakira ha logrado salir del fatalismo que se respira en su obra para escribir un nuevo relato, el de la utopía con que Gabo cerró el discurso de aceptación del Premio Nobel, «La soledad de América Latina», en Estocolmo, el 8 de diciembre de 1982: un mundo «donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad».

Muchos años después de Las Ventas

Han pasado veintitrés años desde la noche primaveral de 2003, y Shakira sigue componiendo, cantando y triunfando. Con la misma vitalidad de sus primeros días, pero con mayor madurez y conciencia de lo que representa. Hace unas semanas levantó Macondo Park en Madrid, una ciudad temporal de 220.000 metros cuadrados en donde el realismo mágico se hizo festival, en un derroche de cultura latina. Su residencia artística en la capital española es una prueba de su admiración por Gabo; en lo personal, me ha servido para conocer la cercana amistad entre los dos colombianos más grandes y universales de todos los tiempos.

No sabía, por ejemplo, que «Hay amores» fue compuesta a petición suya para la película basada en El amor en los tiempos del cólera, un honor que selló una amistad que ha pervivido; una especie de amor constante más allá de la muerte, para decirlo con el título del célebre soneto de Quevedo, y que ayuda a entender la razón de ser de Macondo Park.

Shakira ha ido más lejos de lo que cualquier mortal hubiera podido soñar, y lo ha hecho reivindicando la latinidad y el mestizaje, que se han convertido en una obsesión. Desde mi perspectiva, la suya es la victoria de la mezcla sobre la pureza cultural. No es Remedios, la bella, esa mujer que asciende al cielo sin haberla tocado el mundo. Es la que desciende de los cielos para quedarse en la tierra, fundida por diversas culturas.

Su padre es un neoyorquino de ascendencia libanesa; su madre, colombiana de ascendencia catalana e italiana. Su música es una suma de las escalas árabes de su infancia, de la cumbia de Barranquilla, del rock de los ochenta, del pop que aprendió a hacer en inglés sin dejar de cantar en español. Un metalenguaje rítmico hecho a la medida de sus caderas. Es esa cosa inclasificable que en América Latina llamamos mestizaje, el rostro de un mundo inevitable.

«Waka Waka», la canción oficial del Mundial de Sudáfrica 2010, tiene un estribillo, ese “Tsamina mina zangalewa” que dio la vuelta al mundo. Tras el Mundial hubo controversia por el origen del estribillo; se le acusó de apropiación y de plagio, de haber tomado un canto africano y haberlo mercantilizado. Shakira respondió como lo hace siempre: no borró el origen, lo amplificó. Colaboró con el grupo sudafricano Freshlyground, lo conservó y convirtió en un himno que se cantó en África, en Europa y en América Latina. Más que una apropiación: fue una traducción a escala planetaria. Cuando la cantó en la ceremonia de clausura del Mundial, no representaba a Colombia, ni a España, ni al Líbano, ni a África: representaba todas esas cosas a la vez, en una sola canción.

El pop en inglés ha sido durante décadas la puerta más ancha al éxito global, y la industria del espectáculo solía exigir al artista que se pareciera al molde. Shakira entró por esa puerta, y aprendió inglés para hacerlo, pero sin dejar su ADN afuera: se llevó consigo el Caribe, el mundo árabe y el español, convirtiéndose en una promotora excepcional de esta maravillosa lengua que hablan más de 600 millones de personas.

Ella es de aquí, y es de allá

A la barranquillera la sienten propia en Madrid, en Marrakech, en Buenos Aires, en Johannesburgo, en Miami, en Bogotá. Es transnacional. Un privilegio que no tienen quienes abogan por la pureza cultural, porque están obligados a defender esa supuesta pureza; el mestizo no, porque no existe una versión que traicionar. Su identidad no es una esencia: es una relación con los otros, que siendo diferentes son iguales.

Su compromiso social con el mundo latino es real: fundó Pies Descalzos cuando apenas salía de la adolescencia, antes de que fuera rentable ser filántropa; ha construido escuelas en Colombia, ha trabajado con UNICEF y defendido a los inmigrantes latinos en Estados Unidos, como cuando les dedicó su premio Grammy, en tanto que otros han preferido callar o mirar para otro lado.

Entre Gabo y Shakira hay una afinidad profunda que trasciende la mutua admiración que se profesaron: los dos hicieron de su origen caribeño un punto de partida, no una frontera. García Márquez convirtió los pueblos, los personajes y los ritmos del Caribe en una literatura universal, sus obras han sido traducidas a 36 idiomas; Shakira, a su vez, llevó sus cadencias, su lengua y sus mezclas culturales a los escenarios de más de veinte países.

Este domingo dará un concierto en Kirguistán. Lo de Madrid ya es historia. En solo EE. UU. ha realizado 269 conciertos. Ninguno de estos dos colombianos necesitó renunciar a lo propio para ser comprendido y admirado más allá de sus fronteras de origen.

No fui a Macondo Park. Habría sido el hombre más feliz si María, que ahora vive en Cambridge y ha renunciado a los sueños de imitar a esa diosa de la música, me hubiese llamado para decirme: «Abuelo, quiero volver contigo a verla ».

Gabo, cuánta razón tenías: Shakira voló muy alto, tanto que nadie, salvo tú, pudo imaginarlo. Lo mágico se ha vuelto realidad.

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