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“A quien engañas abuelo”: Un canto dedicado a los caudillos de oficio
Imagen de referencia.
Por Mauricio Arcila
Redactor El Cronista.co
El viento de la cordillera baja con el mismo frío de hace décadas, meciendo con parsimonia las hojas de los cañales mientras un niño confronta la dolorosa memoria de su abuelo en la ruralidad profunda de nuestro país. Las dos cruces clavadas en el cerro no son solo pedazos de madera vieja expuestos a la intemperie; representan el testimonio mudo de una Colombia campesina que trágicamente se quedó sin taita y sin mama.
En el llanto contenido del viejo, quien acaricia la cabeza del muchacho sabiendo muy bien que sus fuerzas físicas ya no le dan para empujar el arado en soledad, se resume de forma descarnada el drama histórico del agro: un territorio sistemáticamente abandonado, peones que huyeron despavoridos por el miedo y una infancia que se ve obligada a madurar a la fuerza entre los surcos del despojo. Es allí donde la magistral composición del recordado maestro Arnulfo Briceño deja de ser una simple tonada folclórica para erigirse como un expediente abierto, siempre vigente y doloroso, de nuestra propia historia.
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Al mirar el espejo del presente nacional, las campañas electorales en Colombia repiten, con una simetría que asusta, la misma coreografía exacta que denuncia la canción desde su creación en 1973. Cada vez que se abren las campañas hacia las urnas, vuelven a aparecer en la geografía de los pueblos aquellos personajes que el maestro Briceño bautizó con crudeza como “caudillos”, hoy hábilmente camuflados bajo vallas publicitarias tecnicolor, encendidos discursos de tarimas que más parecen conciertos y sofisticadas estrategias de manipulación digital.
La eterna promesa de construir un puente donde ni siquiera existen ríos sigue siendo la moneda de cambio predilecta de una clase política indolente que solo camina sobre el lodo del olvido en épocas de votaciones. El territorio se inunda cíclicamente de discursos mesiánicos que prometen transformar la miseria en progreso, pero que al apagarse los micrófonos y desmontarse las tarimas, dejan tras de sí el mismo vacío y las carencias estructurales de siempre.
El verdadero peligro de esta puesta en escena tradicional no radica únicamente en las promesas rotas, sino en el sutil veneno que inocula en la sociedad: ese “color partidizo” que termina colándose de forma destructiva en el alma del campesino y del ciudadano de a pie. Tal como narra la desgarradora estrofa musicalizada magistralmente por el dueto Silva y Villalba —quienes adoptaron al Tolima en su alma y corazón—, la política electoral moderna no busca el bienestar común, sino reactivar con frialdad el chip del odio para fragmentar el vecindario.
Ya no se trata estrictamente de las históricas contiendas sangrientas entre “godos” y “liberales”, pero las etiquetas ideológicas se han actualizado en pleno siglo XXI con la misma ferocidad divisoria; las redes sociales se convierten hoy en el nuevo escenario donde se adoctrina para odiar a quien piensa diferente, rompiendo el tejido social de comunidades enteras para el beneficio exclusivo de unos cuantos politiqueros de oficio.
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Al final de la pieza musical, la asombrosa lucidez del niño desarma cualquier discurso ideológico o manipulación de las élites con una verdad tajante y pura: sus padres eran seres buenos y ante los ojos de Dios todos somos iguales. Mientras las cúpulas del poder se disputan los cargos públicos y miden sus fuerzas efímeras en encuestas y porcentajes de opinión, en las regiones olvidadas la realidad diaria sigue siendo la misma herida abierta que le duele intensamente al abuelo. El paralelismo temporal resulta trágico porque demuestra de forma contundente que, aunque transcurran los años, se modernicen las dinámicas y cambien los nombres propios de los caudillos, el pueblo marginado sigue poniendo las lágrimas y la élite los discursos demagógicos. Solo nos queda la viva esperanza de esa nueva generación que, inspirada en el pequeño de la obra, logra comprender a tiempo el engaño histórico, abraza al viejo para mitigar su dolor y busca romper el ciclo maldito del odio heredado.
Al cumplirse exactamente 37 años del trágico accidente aéreo en Tame, Arauca, que apagó la vida del maestro Briceño, su legado musical se mantiene como un espejo incómodo para una nación que parece no aprender de su pasado. Es lamentable constatar que una canción compuesta hace más de medio siglo guarde una vigencia tan absoluta en una Colombia donde sembrar odios ajenos sigue siendo el negocio y el éxito de unos pocos. Mientras la memoria histórica pierde terreno frente a la inmediatez, un pueblo mayoritariamente agobiado por las dificultades económicas del salario mínimo hoy vital, se deja embaucar hoy de nuevo por discursos heredados de las mismas élites que históricamente lo han excluido y que en sus propuestas lo quieren bajar, demostrando que el canto del maestro no era solo música, sino una advertencia urgente que todavía nos rehusamos a escuchar.
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