Opinión

Dictadura dietética

Dictadura dietética

Por: Ricardo Cadavid
Columna, Pido la Palabra


Soy culpable: me encanta la Coca-Cola con pan, la fritanga, las golosinas de paquete y las chocolatinas. Siempre he querido encontrar un médico que me prohíba terminantemente comer hortalizas y legumbres; me declaro un macho, lomo plateado y, por consiguiente, carnívoro; pero estamos en febrero y después de las promesas de fin de año, es inevitable mirarse al espejo sin sentir culpa. Fui al médico y dictaminó: “tiene 15 kilos de sobrepeso, niveles altos de triglicéridos, colesterol elevado y alta tensión”. Le dije al galeno que lo de la alta tensión era porque no había pagado el recibo de la luz, y todos sabemos que las facturas de Celsia son casi un crimen, pero me explicó con paciencia a qué se refería con lo de la tensión, lo cerca que estaba de una diabetes, una demencia senil o de tener una relación romántica con una señora de apellido Alzheimer, por la que los hombres mayores pierden la cabeza.

Me recomendó ir a un nutricionista. Fui donde la profesional y, durante treinta minutos le escuché, pacientemente, declararle la guerra frontal a las grasas; me prohibió las grasas saturadas, monosaturadas, poliinsaturadas, transgénicos, procesados, glicéridos, triglicéridos y grasas trans. Yo le pregunté si una grasa trans era un azúcar con problemas de identidad de género, pero no me entendió y yo tampoco le entendí, así que estábamos a mano y salí del consultorio igual de gordo y con 150 mil pesos menos.

Un amigo me dijo que los nutricionistas estaban pasados de moda y que debía visitar a un nutriólogo. No se la diferencia, pero como suena cachesudo, cobra el doble. Perplejo escuché al nutriólogo declararle la guerra a los azucares. Ahora resulta que las grasas son una bendición, que lo bueno es la dieta keto, entrar en cetosis para evitar la glucólisis y dejar de consumir disacáridos, monosacáridos, polisacáridos, gonosacáridos, glucosa, fructosa, galactosa, maltosa, lactosa, sacarosa, y todas las demás mugrosas. A este aprendiz de doctor Bayter le entendí menos, y en medio de la confusión, perdí 300 mil pesos y me fui igual de gordo.

No queriendo rendirme fácilmente, inscribí mi barriga en un gimnasio, donde me asignaron un “personal trainer” que parecía un efebo griego de cabello rizado, músculos firmes, ojos profundos, piel de trigo, casi dos metros de estatura, absolutamente saludable; tan saludable que me abrió el apetito y, dudando de mi varonilidad, no supe si pedirle la rutina o que me apapachara. Estaba en ese trance hipnótico cuando el sujeto empezó a portarse como una esposa en medio del divorcio: me quitó las grasas, me quitó el azúcar, me quitó los alimentos procesados, me quitó las frutas, las harinas, las golosinas, me quitó hasta las ganas de vivir, así que salí despavorido del gimnasio, igual de gordo, pero con 500 mil pesos menos.

Dispuesto a no dejarme vencer y pensando que mis hijos merecen un padre saludable, le pedí a mi hermana recomendaciones para iniciar dieta. Mi hermana es de lo más distinguido de la familia e interrumpió sus vacaciones en Italia para recomendarme la dieta mediterránea. Mientras escuchaba al teléfono sus recomendaciones alimenticias, me pude imaginar en un crucero por las islas griegas, comiendo frutos secos, hortalizas marinadas en aceite de oliva, con una reducción de sopa de arenques con vinagre balsámico y una mezcla de anchoas con róbalo, langosta, salmón y boquerones en su jugo. Casi pierdo 10 kilos de solo pensar en el precio de la dieta. Jamás en mi vida he visto un arenque y la única langosta con boquerones que conozco, es la del restaurante Boquerón, donde sirven rellena de la ancha y de “la angosta”.

Ahora estoy probando el ayuno intermitente porque con esta situación económica tan terrible, un día se come y al otro no; y debo reconocer que funciona: ya he bajado siete kilos y espero que vengan mejores días. Me da terror que, en el ocaso de mi vida, desarrolle una demencia senil o el tal Alzheimer, no pueda reconocer a mis hijos, a quienes amo profundamente, y en el hogar de ancianos se aprovechen de mi estado y me convenzan de que siempre amé las verduras. Sé, como buen cristiano, lector de sendas disertaciones teológicas, que si uno muere comiendo ahuyama… ¡se condena!

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