Opinión
El incierto futuro de Sergio Fajardo
Por Guillermo Pérez Flórez
Sergio Fajardo completa su tercera candidatura presidencial —y media—, pues candidato a la vicepresidencia de Antanas Mockus. No sé qué piense hacer después del 31 de mayo; todo parece indicar que los astros no se le alinearon, como algunos pensábamos. Lo que sí creo es que debería permanecer en la escena política.
¿Buscar una candidatura presidencial en 2030? Eso tampoco lo sé; es una decisión que tendría que tomar él en su momento. Pero Fajardo es un valor, un activo respetable, independientemente de los resultados que obtenga.
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La política electoral no mide el valor de las personas. Se trata de una actividad antropofágica, sobre todo cuando se persigue el poder, al cual no siempre llegan los mejores ni los más preparados. La historia universal y nacional está llena de ejemplos que lo demuestran, así como de líderes que merecían llegar y no lo consiguieron. Para no herir susceptibilidades no mencionaré personas vivas, pese a que hay muchas.
Los no elegidos
Gabriel Turbay —redescubierto por la politóloga Olga Lucía González— es un buen ejemplo de mi aseveración. Fue una de las figuras más brillantes y, a la vez, más trágicas del liberalismo colombiano en la primera mitad del siglo XX. Representó el ascenso del intelectual riguroso; poseía una inteligencia excepcional y una oratoria profunda. A diferencia de otros caudillos su fuerza no residía en el fervor que desataba en las masas, sino en la solidez de sus argumentos parlamentarios.
Fue ministro de Gobierno, de Relaciones Exteriores y embajador en los Estados Unidos, destacándose por una visión moderna del Estado y una diplomacia pragmática. Tras la derrota frente a Gaitán, se retiró de la vida pública y se trasladó a París. Su muerte en 1947, a los cuarenta y seis años, ocurrió en un contexto de profunda tristeza y soledad. Su caso no es el único. Podrían citarse otros: Álvaro Gómez Hurtado, quien buscó infructuosamente la presidencia; Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán; Pizarro León-Gómez y Bernardo Jaramillo Ossa. Todos cayeron asesinados y no encontraron el destino que buscaban, aunque dejaron una impronta indeleble en la historia del país. Fajardo no comparte, por fortuna, ese destino trágico. Y a la adversidad electoral no hay que darle mayor trascendencia.
El voto útil y el matoneo
Fajardo ha sido víctima de una estrategia para marginalizarlo, consistente en impulsar el llamado "voto útil" en la primera vuelta. De esta forma, sus potenciales votantes se ven desanimados por un raciocinio equivocado y falaz. Son muchas las personas que quieren votar por él, pero temen "perder su voto". El voto se pierde, les digo, solo cuando no se utiliza para expresar una posición política —sobre todo en primera vuelta—. Y, cuando se es manipulado para dirimir pleitos ajenos, como el que existe entre los dos candidatos uribistas, lo cual solo incumbe a una minoría partidaria del statu quo.
Fajardo ha tenido la coherencia de reivindicar decencia y respeto en el ejercicio político, durante toda su trayectoria, en una época en que prevalecen el insulto, la calumnia, la descalificación y el ardid. Que haya personas como él, dispuestas a presentarse, debería ser valorado y recompensado en las urnas. Ha sido víctima del matoneo mediático que, consciente o inconscientemente, le han hecho para aniquilarlo electoralmente. La semana pasada, por ejemplo, escuché a una periodista acusarlo, sin ningún rubor, de "robarle" votos del “centro” a la candidata uribista Paloma Valencia, cuando en realidad es al revés.
Fajardo representa el ideal postergado de dignificar la política. Desde mis tiempos de estudiante universitario he escuchado ese anhelo nacional. "Una nueva forma de entender y hacer la política" fue algo por lo cual luchamos al lado de Galán y Lara en los años ochenta. Los referentes más recientes de esa aspiración son precisamente Mockus y él. Luego de tantos años, la reforma política y electoral sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes.
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La Constitución del 91 —la que ahora tantos dicen defender cuando en realidad desconfían de su espíritu, que es la participación ciudadana— ha sido objeto de contra reformas. Con leyes y fallos jurisprudenciales se ha sustituido. Así, tenemos hoy una democracia casi sin Demos (pueblo). Medio país no se expresa electoralmente, y muy pocas personas se preguntan por qué, siendo que esto cuestiona los cimientos de la legitimidad del Estado.
Los políticos se han apropiado de la política, cuando esta, en realidad, les pertenece a los ciudadanos, según la Carta constitucional. La mejor versión de Fajardo se vio en 2018, cuando por poco pasa a segunda vuelta, a nombre del movimiento "Compromiso Ciudadano" y obtuvo cerca de cuatro millones y medio de votos. Se equivocó: no supo leer el resultado, es verdad. En lugar de ejercer la importante vocería conferida, decidió votar en blanco e irse al Pacífico, que estaba en temporada de avistamiento de ballenas. Se lo han cobrado sin clemencia, como el mayor de los crímenes.
Seguir en la lucha
Fajardo debería permanecer activo políticamente porque Colombia necesita líderes que le ayuden a encontrar el camino, líderes que se atrevan a decir cosas aunque el país no quiera escucharlas o sean políticamente incorrectas y no produzcan votos. Los pueblos requieren personas que, en las horas más oscuras, sean capaces de encender siquiera una cerilla mientras se encuentra el faro.
Todo parece indicar que Fajardo no pasará a segunda vuelta. De hecho, hoy no es claro si habrá segunda vuelta. En cualquier caso, debería mantenerse en la actividad política, dirigiendo el partido o un centro de pensamiento, que tanta falta hace, pues, contrario a lo que suele afirmarse, Colombia necesita diagnósticos que consulten los grandes cambios tecnológicos que se están dando y las dinámicas políticas y económicas contemporáneas.
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Son muchos y diversos los asuntos que demandan atención y estudio para darle futuro al país. No para salvarlo, como de manera delirante y mesiánica piensan algunos, sino para hacer realidad la utopía de la convivencia y la justicia. Tiene a su lado gente valiosa, sería un error abandonarla. Elecciones presidenciales hay cada cuatro años, pero una nación se construye todos los días. Y eso es lo que realmente importa.
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