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La degradación del debate político

La degradación del debate político

Por: Edgardo Ramírez Polanía


Desde antes de tener uso de razón muchos niños de nuestros pueblos escucharon los machetazos en las puertas exteriores de sus casas y las balaceras por causa de la violencia política.

Se puede afirmar, sin temor a exagerar, que Colombia ha vivido bajo distintas formas de violencia durante los últimos tres siglos, porque su historia ha estado marcada por guerras civiles, disputas por el poder político, desigualdades sociales, conflictos por la tierra y profundas exclusiones económicas y culturales.

Las confrontaciones políticas han dividido durante ese tiempo a nuestros pueblos, hasta convertir las diferencias naturales de opinión en causas de enemistad y odio que generan actos de violencia, alimentados por la soberbia, la intolerancia y la falsa creencia de que existen ciudadanos con mayores derechos que aquellos que la ley y el orden jurídico verdaderamente reconocen.

La historia política de nuestro país y otras naciones, demuestra que existen momentos en los cuales el debate democrático deja de orientarse por las ideas y termina subordinado a las emociones más primitivas. La política pierde entonces su condición de ejercicio racional de deliberación pública y se transforma en un escenario de hostilidad permanente, donde el adversario deja de ser contradictor para convertirse en enemigo moral.

Ese parece ser uno de los mayores peligros que han caracterizado a nuestros pueblos, por la falta de cultura, análisis y sentido crítico de la política de nuestro tiempo, en que algunos candidatos presidenciales a cambio de ideas y programas, se enfrentan en una guerra de agresiones verbales que deslegitiman el debate democrático.

La polarización política ha alcanzado niveles preocupantes. Ya no se discuten únicamente modelos económicos, con ideas sobre el criterio de Estado o programas de gobierno. Lo que se ha instalado es una cultura de sospecha y resentimiento en la que cada sector considera ilegítimo al otro. Así, la política deja de construir ciudadanía y comienza a fracturar la convivencia social.

El odio político, convertido hoy en herramienta de movilización electoral, no convoca a la reflexión serena ni a la inteligencia colectiva. Su propósito consiste en exacerbar emociones, alimentar temores y radicalizar percepciones. El lenguaje público se degrada progresivamente hasta reemplazar el argumento por el insulto y la discusión por la agresión en las redes sociales.

Las consecuencias son profundas y peligrosas para la estabilidad de cualquier democracia porque cuando una sociedad se acostumbra a mirar al contradictor como una amenaza y no como un ciudadano con ideas distintas, empieza a deteriorarse lentamente el tejido moral de la nación. 

Las familias se dividen, las amistades se rompen por la diferencia de adhesiones a los candidatos, sin que algunos conozcan al menos los programas de gobierno, y el debate público se llena de descalificaciones en las bodegas sin control del internet, que terminan vaciando de contenido el ejercicio político.

La polarización extrema produce además un fenómeno particularmente grave, y es que impide pensar el futuro. Los partidos y movimientos dejan de concentrarse en los grandes problemas nacionales para dedicarse exclusivamente a destruir al adversario. 

Ese tiempo inútil, debería invertirse en estudiar soluciones para la pobreza, la educación, la salud, la producción agrícola, el empleo o el fortalecimiento instituciona y no terminar consumido en campañas de odio y confrontación.

Y allí comienza el verdadero atraso de los pueblos, porque ninguna nación progresa cuando la política se convierte en una batalla interminable de resentimientos y no dejan que las sociedades avancen para construir consensos mínimos alrededor del bienestar colectivo con la discusión pública que gire alrededor de propuestas seria de transformación social.

Un país necesita escuchar propuestas sobre cómo fortalecer la producción nacional, mejorar la calidad educativa, garantizar el acceso a la salud, proteger al adulto mayor, estimular la industria, modernizar el campo, generar empleo digno, combatir la corrupción y promover el crecimiento económico con equidad social.

Ese debería ser el verdadero centro del debate democrático. Las grandes naciones no se edificaron sobre la destrucción moral del contradictor, sino sobre la capacidad de sus dirigentes para interpretar las necesidades colectivas y proponer caminos de progreso. 

Donde predomina el odio nace la injusticia, las energías sociales se consumen en la confrontación y donde predominan las ideas, florecen el desarrollo, la estabilidad y la esperanza.

El problema del odio político produce victorias efímeras y derrotas históricas y las peores injusticias.  Puede servir para conquistar momentáneamente el poder, pero termina debilitando las instituciones, erosionando la confianza ciudadana y sembrando fracturas difíciles de reparar.

Además, el odio simplifica peligrosamente la realidad. Reduce problemas complejos a consignas elementales y convierte toda diferencia en traición. El pensamiento crítico desaparece y surge la obediencia emocional de las masas exaltadas. Así, la política deja de formar ciudadanos y comienza a fabricar fanáticos.

Por eso las sociedades maduras comprenden que la democracia no puede sostenerse únicamente sobre pasiones colectivas. Necesita cultura política y análisis crítico, con capacidad de deliberación y respeto por la diferencia. La discrepancia es natural en toda sociedad libre; lo verdaderamente peligroso es transformar esa discrepancia en odio permanente.

La historia latinoamericana ofrece suficientes lecciones sobre los estragos producidos por la radicalización política que terminaron oprobiosas dictaduras del crimen. Muchos conflictos que comenzaron con discursos incendiarios terminaron debilitando instituciones, fracturando pueblos y sembrando violencias difíciles de superar. 

Ninguna nación sale fortalecida cuando el resentimiento reemplaza la inteligencia política. Tal vez, ha llegado el momento de recuperar la sensatez republicana y comprender que la democracia no consiste en exterminar simbólicamente al adversario, sino en confrontar ideas dentro del respeto mutuo.

Cuando la política abandona la inteligencia y se entrega por completo a la pasión destructiva, las urnas podrán elegir gobiernos, pero difícilmente alcanzarán a construir una verdadera nación, porque ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre el ardor de los odios ni sobre la exaltación transitoria de las pasiones colectivas.

La política necesita menos fanatismo y más pensamiento; menos insultos y más propuestas; menos resentimiento y más visión de país. De esa manera, ningún triunfo electoral tiene verdadero valor cuando se fractura irreparablemente el espíritu de la concordia y la paz social de un pueblo, que es precisamente el fundamento moral e histórico sobre el cual se edifica y perdura su democracia.

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