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Empalme entre "supuestos corruptos y quienes fungen de no serlo"

Empalme entre "supuestos corruptos y quienes fungen de no serlo"

Por Carlos Alberto Estefan Upegui
*Exgobernador del Tolima 


"No sé quiénes son peor:
las personas que son malas
o las que fingen ser buenas.
"
 
Pero peor aún es asumir irresponsablemente y sin pruebas que el adversario es un corrupto. Utilizar el insulto de “corrupto” como estrategia es más fácil que debatir ideas.
 
Jacinto Benavente, uno de los dramaturgos más importantes de la historia de España y Premio Nobel de Literatura en 1922, afirmó que “Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos”. Se rompe así la confianza y se hace sospechar de quienes actúan con honestidad —una circunstancia que dificulta enormemente llegar a los acuerdos que exige el buen ejercicio de la política.
 
Aristóteles decía que el ser humano es un «animal político» porque vivimos en comunidad y necesitamos ponernos de acuerdo. 

Para que exista un juego limpio entre todos, las instituciones, la Constitución y las leyes están hechas para garantizar el Estado de derecho, proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos, asegurar la igualdad ante la justicia y evitar el abuso de poder.
 
En ese mismo orden, los planes de gobierno proponen y asignan los recursos necesarios para cada programa y proyecto encaminado a resolver los problemas más sentidos de la sociedad.

Sin embargo, la confrontación verbal que se avizora en el empalme entre los gobiernos saliente y entrante de Colombia —basada en asumir que el adversario es un corrupto— pretende desconocer el papel que ha desempeñado la institucionalidad, incluso después de que los planes hayan sido avalados por el Congreso de la República. Deben respetarse una vez aprobados, y muchos de ellos se encuentran ya en ejecución.
 
Surge así el insulto deliberado, diseñado para generar indignación, y con él la polarización entre supuestos «corruptos y los que dicen no serlo». 

Asumir que el adversario es corrupto divide la opinión entre «nosotros los buenos y ellos los ladrones», a lo cual se suma la torpeza de quienes se lo creen.
 
Es grave que prime el desconcierto y se pretenda deslegitimar al gobierno saliente incluso en sus buenas ideas. Tenemos muy claro que todo lo que tenga el menor tinte de deshonestidad o corrupción debe ser denunciado ante los organismos competentes, para que se haga justicia con toda severidad. Pero otra cosa muy distinta es utilizar irresponsablemente el calificativo de “corrupto” como estrategia: solo porque es más fácil, más rápido y da más votos, en lugar de debatir ideas.

El cerebro prefiere lo simple, obviamente. Por eso es hora de cambiar el rumbo: analizar y debatir propuestas. Y aunque no lo crean, existen muchos políticos honestos. Pero basta con dos o tres que no lo sean para que el estereotipo se use contra todos. Es profundamente injusto para quienes actúan con rectitud, pero sumamente rentable para quien insulta: un titular de “corrupto” vende mucho más que una buena propuesta bien explicada.
 
El sistema no premia la honestidad; paradójicamente, premia a quienes fungen de serlo. Incluso se da el caso de quienes se sabe que son corruptos, y la gente vota por ellos inexplicablemente… Lo más doloroso es que a veces ganen las elecciones.
 
En Colombia, la corrupción es un problema real y muy extendido, por lo que la acusación suele ser creíble a priori, sin necesidad de pruebas. Ya no se debaten ideas: se ataca a la persona.

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