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Ordóñez: ¿el Torquemada de Abelardo?
Por Guillermo Pérez Flórez
El presidente De la Espriella ha prescindido de su ministro del Interior, Rodrigo Lara Restrepo, y ha designado en su lugar al exprocurador general Alejandro Ordóñez. Está en su derecho. Se especula mucho sobre las motivaciones, entre ellas el revés sufrido con la ley del presupuesto general de la nación. Si fuera así, el destituido tendría que haber sido el ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez. También se habla de tensiones entre el todopoderoso Carlos Suárez y Lara, de críticas por nombramientos y de otros asuntos menores.
Creo que la verdadera razón es de orden político: De la Espriella se siente mejor interpretado doctrinariamente por Ordóñez. Lara, aunque se hubiera convertido a la causa abelardista, no dejaba de ser un liberal con inclinaciones socialdemócratas. Y Suárez, artífice de la victoria electoral, y quien al parecer ejerce una especie de prefectura del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (como en el Vaticano), decidió que Lara no era el hombre, y lo echaron. Lo que no entiendo es la manera tan insultante como lo hicieron. Con amigos así, para qué enemigos. Dice mucho del talante del presidente.
Ahora bien, dejando aparte las formas, conviene ocuparse del sentido del cambio ministerial. Sería un error pensar que es un simple arrebato presidencial: el cambio dibuja una estrategia y envía un mensaje sobre el rumbo que quieren tomar De la Espriella y sus áulicos.
Sobre esta piedra…
El espacio que aspiran a ocupar los «defensores de la patria» se parece a un terreno baldío: no tiene dueño. Uno de los efectos positivos que produjo el Frente Nacional pactado entre liberales y conservadores fue que la Iglesia Católica dejó de parcializarse en el debate electoral y la fe cedió protagonismo político. Ahora De la Espriella quiere devolvérselo, de ahí sus constantes arengas a Cristo Rey, para edificar en ese espacio su iglesia y su doctrina; a partir de un mensaje ultraconservador, con unos valores religiosos y una idea de la sociedad que está en las antípodas de la sociedad liberal en la que ha crecido la inmensa mayoría de los colombianos de hoy; con un Estado de perfiles laicos, que tolera la diferencias de credo y de ideas políticas, y tiene la obligación de garantizar los derechos fundamentales.
Por eso, al senador y líder de Salvación Nacional, Enrique Gómez Martínez, padrino político de De la Espriella, le parece que el expresidente Álvaro Uribe Vélez es «socialdemócrata» y «socialista», como afirmó en una entrevista con Eva Rey en septiembre de 2026. En cierta forma, Gómez tiene razón. Uribe terminó siendo el jefe de la llamada «derecha» por su férrea determinación de enfrentar a las guerrillas y de confrontar el «castrochavismo», expresión con la que se refirió al eje político entre La Habana y Caracas. Pero durante años militó en el Partido Liberal y en el «Poder Popular», la tendencia socialdemócrata liderada por el expresidente Ernesto Samper Pizano. Era, pues, un socialdemócrata. Luego, se volvió más partidario de tener un Estado pequeño, como César Gaviria, pero hasta ahí.
De la Espriella tiene una visión distinta del Estado y de la Sociedad. Es partidario de un estado confesional y de modelo patriarcal, de la familia tradicional heterosexual, y de una sociedad en la que los pobres deben resignarse a serlo. Concibe la familia como la célula básica de la sociedad y el principal transmisor de la fe y de la moral. De allí su oposición al divorcio, al aborto y, en general, a las transformaciones contemporáneas de la organización familiar, entre ellas el matrimonio entre parejas del mismo sexo.
Para esta doctrina, la modernidad liberal atenta contra ese legado; por eso también su rechazo a los derechos de las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans. Su énfasis está más en lo cultural que en lo ideológico. El debate no es el mismo que existe entre neoliberales y socialdemócratas, aunque su postura participe parcialmente de él. En suma: es la versión colombiana de lo que ahora algunos denominan la Nueva Derecha, con un papel preponderante de las iglesias cristianas, un fenómeno común en otros países, entre ellos Brasil, que es su principal laboratorio.
Mejor Ordóñez que Lara
Para cumplir esa misión evangelizadora, Ordóñez es más idóneo que Lara, entre otras razones porque no hay que convencerlo: ya lo está, y desde antes que el propio De la Espriella. Cuando Ordóñez ya predicaba esa doctrina, de Tradición, Familia y Propiedad, el presidente era ateo. Desde esa perspectiva el nuevo ministro fue entonces una especie de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Mesías. Y será quien ejerza, de cara al público, la prefectura del Dicasterio que Suárez ejerce en la sombra. Nadie mejor que él. Además, Suárez y Ordóñez son viejos amigos: aquel fue su estratega en la fallida precandidatura presidencial de 2018. La sintonía es total. Y, por si hiciera falta, Ordóñez y el padre de Suárez, exconsejero de Estado, también son viejos amigos y se deben favores burocráticos.
Ordóñez es percibido como un obispo, sí, pero con quien se pueden hacer acuerdos burocráticos, porque entiende la política transaccional del «do ut des, do ut facias» («doy para que des, y doy para que hagas»). Lo demostró en sus relaciones con la honorable Corte Suprema de Justicia en 2012, cuando logró ser postulado para la reelección como procurador y que el Senado lo reeligiera, gracias a que nombró en cargos a familiares de magistrados. Fue un episodio vergonzoso para la Procuraduría, la Corte Suprema y el Senado, inmersos en un contubernio de corrupción política, como quedó demostrado en el fallo del Consejo de Estado que anuló esa elección.
Hay otra consideración importante. De la Espriella habría apostado por Lara para que junto con los Char se apropiara de Cambio Radical, la herencia yacente de Germán Vargas Lleras. Con Ordóñez, en cambio, puede intentar atraer al Partido Conservador, una organización zombi, sin liderazgo político ni doctrinario, como hizo Uribe en su momento. Esto explica su obsesión de jubilarlo como jefe de la derecha, quitarle no solo las bases del Centro Democrático, sino también las baronías electorales conservadoras.
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El Torquemada de Abelardo
El personaje histórico al que más puede parecerse Ordóñez es fray Tomás de Torquemada (1420-1498), dominico castellano, confesor de Isabel la Católica y primer inquisidor general de Castilla y Aragón. Hombre célebre. Su nombre quedó asociado a la organización de la Inquisición española y a la persecución de judaizantes, conversos y otras personas consideradas herejes por las autoridades religiosas de la época. Centralizó y estructuró el Santo Oficio bajo una autoridad única, con procedimientos y tribunales en distintos territorios de la monarquía.
La analogía no está en los métodos, por supuesto, pues Ordóñez no dispone de tribunales ni de hogueras (aunque es bueno quemando libros) sino en la función a ejercer: ser el brazo doctrinal de un proyecto político autocrático y tribal, ajeno a la sociedad pluralista que defiende la constitución del 91. Es la razón que explica también la llamada batalla cultural.
Cada día es más claro el proyecto del presidente. No sé si prosperará. La Colombia del siglo XXI tiene valores y aspiraciones muy distintos de los que él propone, y es difícil hacer retroceder las manecillas del reloj de la historia. Lo que parece es que De la Espriella cree que con Ordóñez puede lograrlo, y eso fue suficiente para que sacara a las patadas a Lara.
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