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Carlos lleras Restrepo, la memoria de un estadista

Carlos lleras Restrepo, la memoria de un estadista

Por: *Alberto Santofimio Botero


Tuve la afortunada oportunidad de conocer a Carlos Lleras Restrepo en los años 60´s del pasado siglo en la casa de Pedro Gómez Valderrama, varias veces Ministro, consejero de Estado, constituyente, novelista, y académico, formidable humanista.

Los jóvenes de entonces lo conocíamos a través de crónicas de los periódicos El Espectador y El Tiempo, de versiones radiales y de muy escasas apariciones en la televisión. No dudábamos de sus condiciones de estadista, de combatiente de las ideas liberales contra las dictaduras, en encendidos debates parlamentarios del enfrentamiento de los partidos tradicionales, y teníamos idéntica certeza de su recia personalidad y su fuerte carácter. Sin embargo, mi distancia política con él era evidente, pues yo militaba en las juventudes del movimiento revolucionario liberal al lado de mi jefe Alfonso López Michelsen.

Todas las preguntas impertinentes que mi rebeldía juvenil pretendía hacerle en ese primer encuentro, quedaron entre el tintero al conocer en esa tertulia el Lleras Restrepo afable, cordial, sencillo, si se quiere romántico, emulando con Gómez Valderrama en el conocimiento de la poesía de todos los tiempos, hablando de literatura, historia, pero particularmente me asombró que el Estadista había sido Ministro de Hacienda, con merecida fama de serio y riguroso, era un amante de la poesía que con soltura, con voz sedante y melancólica, recitaba a Poul Helene, De Pierre De Ronsard, a don Francisco de Quevedo y Villegas, a Guillermo Valencia, a Barbajacob y a Juan Ramón Jiménez. El adusto dirigente político y reconocido estadista desapareció esa noche para surgir, en medio de mi asombro, un personaje profundamente humano que inspiraba confianza e irradiaba afabilidad.

Para su campaña presidencial, decidió fundar cómo medio de expresión de su pensamiento y de su programa, el semanario “POLÍTICA Y ALGO MÁS”, que circuló semanalmente, bajo la dirección del inmenso escritor y poeta Juan Lozano y Lozano, con la subdirección de Héctor Charry Samper. Allí nos abrieron a Germán Riaño Cano, mi compañero en los estudios de jurisprudencia de la Universidad del Rosario, y a mí; una página universitaria en la cual tuvimos libertad para escribir, para investigar, para protestar, y desde luego darle cabida a distintas corrientes de las ideas y los movimientos políticos entonces en boga. Desde esas páginas comenzamos a inspirar caminos de la unión liberal que veíamos inevitable para el futuro de la sociedad colombiana. En ese trajín periodístico con la conducción editorial del inolvidable Plinio Mendoza Neira hicimos Riaño y yo una genuina maestría de humanidades.

Lleras Restrepo llegó a la presidencia, nuestro jefe López primero a la Gobernación del Cesar y luego a la Cancillería, yo llegué por primera vez a la Asamblea del Tolima, y en 1968, tempranamente a la Cámara de Representantes. En la Comisión Primera de esta corporación participé activamente en todos los episodios de discusión y aprobación de la Reforma Constitucional presentada por el Gobierno, la cual tuvo intensos y fuertes debates, tanto en la Cámara como en el Senado de la República, donde estuvo a punto de naufragar, con el precedente de la amenaza de la renuncia de Lleras Restrepo como jefe del Estado.

Allí empecé a conocer, en presencia de Augusto Espinosa Valderrama, la otra cara de un Lleras Restrepo beligerante, fuerte, contundente, casi que con la misma aureola autoritaria con la que mirando su viejo reloj mandó desde la televisión a que los colombianos se fueran a sus casas la noche del fatídico 19 de abril de 1970 cuando, como lo expresé en una intervención en el Congreso, “el pueblo votó de día y el gobierno en la noche”, y así nació el Movimiento M19 con todas las consecuencias nefastas para la democracia colombiana de ese tiempo y de ahora.

Años más tarde, cuando se proclamó en 1972 mi jefatura única del Liberalismo del Tolima en el Coliseo Cubierto de la ciudad de Ibagué con la presencia de Alfonso López Michelsen, a quien ese día proclamé como candidato a la Presidencia, tempranamente el ya expresidente Carlos Lleras Restrepo envió un mensaje de respaldo y reconocimiento a mi ascenso popular y a mi jefatura, en extenso documento leído por el exalcalde de Bogotá y Senador de la República Emilio Urrea Delgado.

Cuando el círculo cercano a Lleras Restrepo comenzó a impulsar equivocadamente su reelección presidencial, escribí una columna que generosamente me publicó en El Espectador don Guillermo Cano que se titulaba “El Candidato y El Jefe”, proponiendo a la opinión nacional que López Michelsen fuera el candidato a la Presidencia de la República, y el expresidente Carlos Lleras Restrepo asumiera la jefatura del Partido Liberal Colombiano, para asegurar la unión y evitar la reelección que, a mi juicio, carecía de ambiente y de respaldo en la ciudadanía. Siempre fui enemigo de las reelecciones y considero que ellas han sido, en todas las oportunidades históricas que se han dado, inconvenientes para la circulación histórica de las generaciones y para el surgimiento de jóvenes figuras en la conducción del Estado y de la sociedad.

En la histórica Convención del Partido Liberal Colombiano, presidida por Darío Echandía, y celebrada en el Capitolio Nacional de Bogotá el 30 de junio de 1973, tuve el honor de proclamar la candidatura de Alfonso López Michelsen a la Presidencia de Colombia, y el Doctor Augusto Mendoza Valderrama proclamó la de Carlos Lleras Restrepo. Salimos victoriosos de ese episodio y allí, se aseguró con una decisión oficial de nuestro partido el triunfo de las ideas con las cuales Alfonso López Michelsen había convocado tiempo atrás la disidencia contra la paridad, la alternación, las instituciones del pacto del Frente Nacional, y luego había aclimatado su figura y su programa en el alma y en el sentimiento de millones de colombianos que lo ungieron como el primer Presidente luego del pacto que, en aras de conquistar la paz política, habían hecho realidad Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez desde el plebiscito del 1 de diciembre de 1957 con el fervoroso apoyo de la gran mayoría de nuestros compatriotas.

En la primera etapa del Gobierno del “Mandato Claro”, en mi condición de Ministro de Justicia, viajé a la isla de Gorgona convencido de la injusticia terrible que se había cometido con multitud de ciudadanos privados de la libertad, muchos de ellos por razones de la violencia partidista y de los odios políticos de esa etapa terrible de la vida nacional. Al llegar a la ciudad de Buenaventura, de regreso de esa horrible isla prisión, tuve un encuentro casual con el expresidente Carlos Lleras Restrepo, quien estaba alojado en las instalaciones de la Flota Mercante Grancolombiana. Allí volví a ver al personaje humano que había conocido tanto tiempo atrás en la acogedora casa de Gómez Valderrama, y de su esposa la bella y amable Beatriz Vila Londoño.

Frente al mar pacífico en una sosegada noche de luna llena terminamos el Ministro y el Expresidente, recitando al unísono poemas de Neruda, Alberti, y sonetos de Juan Lozano y Lozano que nos sabíamos los dos y que nos llenaban de entusiasmo bohemio. Quienes nos acompañaban guardaron prudente silencio, perplejos y asombrados de reconocer que el corazón romántico que allí participaba era el mismo del duro y recio combatiente en la resistencia liberal contra las dictaduras, el exigente gobernante y el estadista minucioso.

Al día siguiente, con sonrisa cordial, sabiendo que nos enfrentábamos a las inescrutables contingencias de navegar en el Mar Pacífico me expresó: “espero que no naufraguen”. Los periodistas, especialmente el travieso Iáder Giraldo de El Espectador, aprovecharon la frase para atribuirle al expresidente Lleras Restrepo un fatal vaticinio sobre la marcha del Gobierno López Michelsen, que se iniciaba con enorme expectativa ciudadana, luego de haberlo derrotado a él en la Convención Liberal, ya citada.

En crónica de mi propia vida, Carlos Lleras Restrepo no escribe solamente la relación de sus recuerdos personales. Escribe, en realidad, una parte sustancial de la historia política, administrativa y moral de Colombia, visa desde la conciencia de un hombre que entendió el servicio público como disciplina, estudio, carácter y responsabilidad. No se trata de unas memorias complacientes, ni de una simple evocación de episodios familiares, burocráticos o partidistas. En esas páginas aparece el retrato de una generación para la cual la política no era todavía un espectáculo, sino deber; no era improvisación verbal, sino conocimiento del Estado; no era exaltación de la vanidad, sino ejercicio severo de la inteligencia.

Lleras Restrepo fue uno de esos hombres públicos que parecían hechos con una materia ya escasa: rigor intelectual, austeridad personal, sentido de autoridad, amor por las instituciones y una casi obsesiva preocupación por la eficacia administrativa. Su vida, contada por él mismo, deja ver desde temprano la formación de un carácter. No fue un político de intuiciones ligeras ni de frases fabricadas para el aplauso. Fue, más bien, un trabajador de la política, un hombre de escritorio y de tribuna, de cifras y de doctrina, de despacho y de país real. En él convivían el jurista, el economista práctico, el periodista, el jefe liberal, el reformador y el gobernante.

Lo más importante de Crónica de mi propia vida está en que permite comprender cómo se forma un estadista. Lleras no aparece como una figura súbita, nacida de una campaña electoral o de una coyuntura favorable. Su trayectoria se va construyendo paso a paso: la educación, el derecho, el contacto con las ideas liberales, la temprana actividad pública, el conocimiento de la administración, la experiencia parlamentaria, el Ministerio de Hacienda, la dirección política, el periodismo y, finalmente, la Presidencia de la república, Cada etapa parece añadirle una herramienta: el derecho le da método; la economía le da sentido de realidad; el periodismo le da lenguaje; la policía le da campo de acción; y el gobierno le impone la prueba definitiva de la historia.

En sus memorias se advierte una idea que atraviesa toda su vida: el Estado no puede ser una decoración jurídica, ni una oficina inerme, ni una suma de expedientes sin alma. El Estado debe organizar, planear, intervenir, cuando sea necesario, corregir desigualdades, crear instituciones y abrir caminos al desarrollo. Esa concepción explica buena parte de su obra pública. Lleras Restrepo no fue un liberal indiferente ante las injusticias sociales, ni un administrador pasivo de los privilegios establecidos. Fue un liberal reformista, convencido de que la libertad política carece de sustancia cuando no se acompaña de instrumentos reales para transformar las condiciones de vida de la población.

Su gobierno, entre 1966 y 1970, fue quizá la expresión más acabada de esa visión. Bajo la consigna de la transformación nacional, impulsó reformas económicas, administrativas e institucionales que marcaron la arquitectura del Estado colombiano moderno, Se le recuerda por la reforma constitucional de 1968, por el fortalecimiento del Ejecutivo, por la modernización de la administración pública, por el impulso a la reforma agraria, por la organización de instrumentos de fomento, por la regulación económica y por la creación o consolidación de entidades que durante décadas acompañaron la vida nacional. Su estilo no fue el del caudillo sentimental, sino el del gobernante que creía en los planes, los decretos, las instituciones, los equipos técnicos y la autoridad del conocimiento.

Pero reducir a Lleras Restrepo a sus reformas sería empobrecerlo. Crónica de mi propia vida muestra algo más profundo: una ética del mando. Para él, gobernar no consistía simplemente en ocupar el poder, sino en responder por él. Había en su temperamento una severidad que muchos consideraron excesiva, pero que provenía de una idea exigente del servicio público. Lleras parecía desconfiar de la improvisación, de la retórica vacía, de la política convertida en feria de promesas. Su carácter fuerte, a veces áspero, pertenecía a una tradición de dirigentes que creían que el país debía conducirse con seriedad, estudio y disciplina.

Esa severidad también fue parte de sus controversias. Lleras Restrepo no fue un personaje cómodo. Su temperamento produjo adhesiones y resistencias. Para algunos fue el gran organizador del Estado moderno; para otros, un gobernante autoritario, centralista y dueño de una inteligencia poco inclinada a la concesión, Pero esa tensión hace más interesante su figura. Los hombres verdaderamente importantes rara vez caben en una estatua sin fisuras. Lleras tuvo grandeza y aristas; claridad y dureza; visión reformista y sentido fuerte de la autoridad. Precisamente por eso pertenece a la historia viva y no al álbum inofensivo de los homenajes.

Hay en sus memorias, además, una lección sobre la relación entre vida personal e historia nacional. El título mismo – Crónica de mi propia vida – puede llevar a pensar en una autobiografía íntima. Sin embargo, en Lleras la vida propia se confunde con la vida pública. Sus recuerdos personales son también recuerdos del país; sus cargos son ventanas para observar las transformaciones de Colombia; sus batallas políticas revelan las tensiones del liberalismo, del Frente Nacional, de la economía, del campo, de la administración y de la democracia. Al narrarse, Lleras narra una nación que buscaba modernizarse sin romper del todo con sus viejas estructuras.

Uno de los aspectos más valiosos de la obra en su defensa implícita de la política como oficio serio. En tiempos en que la política suele confundirse con la agitación, la propaganda o el insulto, la lectura de Lleras Restrepo recuerda que el verdadero hombre de Estado debe prepararse durante años para ejercer el poder. Debe conocer la ley, la hacienda pública, la historia, la economía el territorio, los partidos, las instituciones y la psicología de los pueblos. No basta con tener ambición; se requiere formación. No basta con ganar elecciones; se requiere saber gobernar. No basta con hablar en nombre del pueblo; se requiere construir instrumentos para servirlo.

También se destaca en la obra su condición de liberal doctrinario. Lleras Restrepo perteneció a una corriente del liberalismo colombiano que venía en la reforma social una obligación histórica. No concebía el liberalismo como una bandera vacía, sino como un cuerpo de ideas asociado a la educación, la movilidad social, la organización económica, la defensa institucional y la intervención del Estado para corregir desequilibrios. Ese liberalismo, severo y programático, contrasta con muchas expresiones posteriores de la política, más preocupadas por la imagen que por la doctrina, más pendientes del impacto inmediato que de la construcción paciente de país.

En Crónica de mi propia vida se siente, finalmente, la voz de un hombre que quiso dejar testimonio. No escribe únicamente para defenderse ni para adornar su memoria. Escribe para ordenar una experiencia, para explicar una época, para dejar constancia de cómo se ejercía la política cuando todavía existía una relación más estrecha entre cultura, administración y poder. Sus páginas tienen el valor de los documentos que no solo cuentan lo que ocurrió, sino que revelan cómo pensaban quienes tomaban las decisiones.

Carlos Lleras Restrepo fue, en suma, un constructor de Estado. Esa es quizá la frase que mejor resume su vida y su obra. Otros políticos han dejado discursos; él dejó instituciones. Otras han dejado anécdotas; él dejó reformas. Otros han vivido de la emoción pública; él vivió de la disciplina del gobierno. Su autobiografía confirma que detrás del presidente había un hombre forado en la exigencia, en el estudio y en el deber; un dirigente que entendía la política como arquitectura para construir una mejor nación. Siempre dijo que era de la escuela, del “Posibilismo Político”, entendido este como el arte de conseguir soluciones y decisiones en el gobierno y en el parlamento.

Eso fue, con sus luces y sus sombras, la lección mayor de Carlos Lleras Restrepo; la política como servicio, el Estado como responsabilidad y el poder como una carga que solo debe recaer sobre quienes han comprendido que gobernar es ayudar a los pueblos a organizar su destino. Seguramente los ardorosos debates en el Senado de enfrentamiento entre los partidos o la coalición con un sector del conservatismo en su campaña presidencial en 1966 o los episodios del ingrato 19 de abril de 1970 quedaran para la historia como sucesos menores frente a los logros de su administración y las reformas por él impulsadas en varios aspectos que no podemos dejar de destacar finalmente.

Uno de los legados más significativos de Lleras Restrepo fue la incesante lucha para conseguir la tecnificación del Estado para formular políticas públicas basadas en la investigación y el conocimiento, fortalecer agencias del Estado y fomentar el perfeccionamiento de una administración pública entrada en términos de eficiencia y responsabilidad institucional. El fortalecimiento del Departamento Nacional de Planeación fue uno de sus empeños. Lo mismo la diversificación de las importaciones para reducir la dependencia exclusiva del café sin dejar de impulsar la Federación Nacional, sus funciones, y su tarea de difusión y exportación. Igualmente, la creación de conciencias pese a que la tecnología ha llegado hasta las altas cimas de la inteligencia artificial, es innegable que las raíces de la innovación y la tecnología partieron de la obsesión de Lleras Restrepo de impulsar el conocimiento científico y la investigación como políticas de Estado.

La creación del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar es, sin duda, uno de los mayores logros de la orientación social que el Gobierno de Lleras Restrepo y en el ámbito internacional es justo destacar la promoción del acuerdo de Cartagena y del pacto andino para estrechar la unión económica dentro de la pluralidad política en América Latina, que con tantos años después sigue siendo una necesidad crucial para el desarrollo, el progreso y el bienestar de estas naciones.

 No existe duda del liderazgo que Lleras Restrepo ejerció en la oposición férrea, por muchos calificada de sedentaria en momentos críticos del liberalismo y el conservatismo en épocas trágicas, pero también es indudable su contribución a la política del Frente Nacional liderada en su partido por Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo. Queda además su profunda huella en obras suyas como “La Estadística Nacional”, “De la República a la Dictadura”, su ejercicio del periodismo en el diario El Tiempo, en “Política y Algo Más”, y, finalmente, en su semanario “Nueva Frontera”, en cuyas páginas deleitó el interés de innumerables lectores colombianos con sus deliciosas y punzantes crónicas con el pseudónimo de “Cleofás Pérez”.

Quedan, pues, para la historia su amplia trayectoria de hombre público, sus controversias de jefe de partido y de mandatario recio. Pero, sobre todo, lo sobreviven como testimonio de una vida entre debates, controversias, grandes victorias y dolorosos infortunios, sus páginas de intelectual y de periodista, y los libros que publicó, que nos haríamos interminables en enumerarlos.

Fue uno de los grandes protagonistas de su tiempo y deja una formidable huella de su trajinar político y de su noble ejercicio intelectual.

Ibagué el Bunde, 1 de noviembre  del 2026-

*Exministro de Estado, Exsenador de la República, Expresidente de la Cámara de Representantes de Colombia, Miembro de la Academia de la Historia de Cartagena de Indias, y de la Academia de Historia del Tolima.

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