Historias
El adiós de un grande
Recorrió con calma cada rincón del estadio. Levantó la mirada hacia las tribunas, saludó a los aficionados, abrazó a sus compañeros y estrechó la mano de los jugadores españoles que se acercaban a despedirse. No hubo lágrimas. Tampoco gestos exagerados. Solo el silencio de quien comprende que un capítulo irrepetible acaba de cerrarse.
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Así se marchó Lionel Messi de los Mundiales.
No fue la despedida soñada. Argentina cayó en la prórroga ante una España superior durante buena parte de la final del Mundial de Norteamérica 2026. Ferran Torres, en el minuto 106, escribió el último renglón de una historia que durante dos décadas convirtió al argentino en el gran protagonista del fútbol mundial.
El resultado duele. Siempre dolerá. Pero las derrotas, incluso las más amargas, pocas veces alcanzan para borrar la dimensión de los verdaderos gigantes.
Durante veinte años Messi convivió con una obsesión: conquistar la Copa del Mundo. La persiguió desde aquel adolescente de apenas 18 años que maravilló en Alemania 2006 con un gol y una asistencia frente a Serbia y Montenegro. Parecía el inicio de un camino natural hacia la gloria. Sin embargo, el destino decidió que su recorrido estaría lleno de espinas.
Vivió la impotencia de mirar una eliminación desde el banco de suplentes. Soportó el peso de llevar el brazalete de capitán mientras el país entero esperaba que reprodujera con Argentina la magia que ofrecía cada fin de semana en Barcelona. Perdió la final del Maracaná en 2014 cuando el título parecía rozarle las manos. Después llegaron las frustraciones en la Copa América, las críticas despiadadas y hasta una renuncia momentánea a la selección.
Muchos llegaron a preguntarse si el mejor jugador de su generación terminaría su carrera sin conquistar aquello que parecía destinado para él.
La respuesta llegó en Catar.
Con Lionel Scaloni en el banquillo y una generación dispuesta a correr cada metro por su capitán, Messi encontró algo que durante años había buscado: un equipo que jugaba con él, pero también para él. El título de 2022 no solo le entregó la copa que tanto había esperado; también lo liberó de un peso emocional que lo acompañó durante buena parte de su carrera.
Quizá por eso el Mundial de 2026 mostró al Messi más sereno y más auténtico.
Sin la presión de demostrar nada, apareció su mejor versión individual. Marcó ocho goles, firmó el primer hat-trick de su carrera mundialista, alcanzó los 21 tantos en Copas del Mundo y lideró dos remontadas épicas que parecían imposibles. Contra Egipto, cuando Argentina estaba al borde de la eliminación, volvió a levantar a su selección. Frente a Inglaterra repitió la historia y condujo a la Albiceleste hasta otra final.
Cada partido parecía un homenaje a su propia carrera.
Ya no era el futbolista atormentado por las comparaciones ni el joven obligado a cargar solo con un país entero. Era un líder que disfrutaba el fútbol, que entendía que el legado ya estaba construido y que únicamente quería regalarse un último baile.
No alcanzó para levantar otra copa. Pero tampoco hacía falta. Su historia mundialista es un viaje completo: comenzó con la ilusión de un debut inolvidable en Alemania; pasó por las frustraciones de Sudáfrica, Brasil y Rusia; encontró la redención en Catar y terminó, dos décadas después, con una despedida tan digna como humana en el MetLife Stadium.
Detrás de los números: seis Mundiales, más partidos, más minutos y una cantidad de récords difícil de igualar, queda algo mucho más importante.
Messi enseñó que incluso los mejores pueden perder, ser cuestionados, fracasar una y otra vez y, aun así, seguir levantándose. Demostró que el talento necesita paciencia, que las grandes conquistas rara vez llegan en el primer intento y que la perseverancia también puede convertirse en una forma de liderazgo.
Por eso su despedida no debe leerse únicamente como el final de un extraordinario futbolista. Es también el cierre de una generación que aprendió a creer cuando parecía imposible.
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Mientras el estadio comenzaba a vaciarse, Messi caminó lentamente hacia el túnel. No levantó la Copa. Tampoco necesitó hacerlo. Había ganado algo que muy pocos deportistas alcanzan: el respeto universal.
Porque las leyendas no se despiden cuando termina un partido. Las leyendas empiezan a ser eternas justamente ese día. La pulga es eso y mucho más.
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