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‘Líbano bolchevique’

‘Líbano bolchevique’

Por: Henry Rengifo Hernández


Crecí escuchando que el Líbano era "tierra de gente rebelde e inteligente", pero me tomó tiempo entender que, sobre todo, esa rebeldía no era un impulso ciego, sino una herencia de dignidad.

Ahora que el presidente Gustavo Petro, desde Chaparral (otro pueblo altivo del Tolima), se refirió al "Líbano bolchevique", una corriente de electricidad recorrió la memoria colectiva del departamento. Para quienes amamos esas cordilleras, la frase no fue una etiqueta ideológica al azar, sino un acto de justicia histórica que obliga a los libanenses —por supuesto, me incluyo— a mirarse en el espejo y reconocer quiénes somos realmente.

En este trasegar del rescate histórico, es hora de derribar un muro que ha hecho bastante daño: la estigmatización. Durante décadas, señalar al Líbano como un "pueblo de rebeldes" se usó para mirar con sospecha a sus habitantes, como si cuestionar la injusticia fuera un pecado. Es momento de decir que la rebeldía del libanense no significa violencia, sino conciencia; en el fondo, el llamado es a que el municipio vuelva a ser epicentro del pensamiento crítico.

Recordemos que, en el Líbano, la rebeldía siempre ha ido de la mano de un libro. Es un municipio de intelectuales, poetas y pensadores que entendieron, mucho antes que el resto del país, que la verdadera libertad nace en la educación (¡cómo se añora aquel pasado como primer centro estudiantil del Tolima y casi de Colombia!). Hay que decirlo sin tapujos: ser "rebelde" en el Líbano ha significado históricamente negarse a aceptar que el campesino sea un esclavo o que el trabajador no tenga voz.

Para que las nuevas generaciones no permitan que la estigmatización prospere, es necesario que conozcan su raíz. En julio de 1929, mientras Colombia dormía bajo el peso de un sistema excluyente, el Líbano se convirtió en el núcleo del primer levantamiento popular organizado de América Latina.

Como bien lo documentó el historiador Gonzalo Sánchez en su obra ‘Los bolcheviques del Líbano’, nuestros ancestros no eran "revoltosos" sin causa. Eran artesanos y campesinos que, inspirados por las ideas más avanzadas de su tiempo, exigieron justicia social y derechos sobre la tierra. Ese espíritu "bolchevique" era, en esencia, un grito de supervivencia y dignidad humana que hoy, más que nunca, necesita ser rescatado del olvido. Ese fue el mensaje que envió el presidente Petro: que el Líbano recupere su dignidad.

Pero la dignidad solo se recupera si se rescata la historia. En esta coyuntura política, se requiere que el libro de Gonzalo Sánchez deje de ser una reliquia en las bibliotecas y se convierta en el manual de la identidad libanense.

Recuperar esa dignidad —no perdida, sino extraviada en los laberintos de la politiquería y el clientelismo— implica abrazar ese legado, honrar a los luchadores de 1929 y demostrarle al país que en el Líbano se piensa, se escribe y se defiende la vida con la misma pasión con la que se siembra el mejor café. Que quede claro: lo de los "bolcheviques del Líbano" es un patrimonio que produce un inmenso orgullo. Ser el "Líbano bolchevique" es reconocer que somos cuna de una rebeldía ilustrada.

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