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Entre arroz y los vencejos
Por Ricardo Oviedo Arévalo
*Sociólogo, investigador, docente
El descubrimiento de América no solo fue una crisis demográfica, sino también un intercambio de especies vegetales que hicieron posible la sostenibilidad en el tiempo de esta aventura. Por lo tanto, los españoles se vieron en la necesidad de importar nuevas especies vegetales que garantizaran la alimentación de sus ancestrales y nuevos habitantes; para ello, adaptaron la caña de azúcar, los frutales, la palma de coco, el trigo, la cebada y el arroz, casi todos ellos traídos de las Filipinas, descubiertas en el siglo XVI gracias al navegante portugués Fernando de Magallanes.
Según el historiador fray Pedro Simón, en 1580 ya existían siembras de arroz en el valle del Magdalena, alrededor de la recién fundada ciudad de San Sebastián de Mariquita, extendiéndose, de esta manera y de manos de los acuciosos jesuitas, al resto del país.
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Por sus suelos volcánicos, su cercanía al río Magdalena y su clima cálido, el Tolima se convirtió en el principal centro de su producción industrial, modificando, para bien o para mal, el paisaje del bosque seco tropical de sus tierras bajas. Esta gramínea fue la base de su economía, del surgimiento de sus centros urbanos y también de una élite rural rica y liberal que hizo posible el desarrollo de ciudades como El Espinal, Armero y su capital, Ibagué.
También, esta actividad agroindustrial está ligada a la fundación de la Universidad del Tolima, del SENA y del ICA, instituciones que hicieron posible su mejoramiento técnico y crearon una fama bien ganada: de sus aulas surgieron los técnicos más prestigiosos en la producción agrícola de Colombia. El arroz fue el maná que permitió la reconstrucción del departamento después de los aciagos años de la llamada «Violencia», desplazando al café como factor económico relevante.
Pero en los últimos cuarenta años, parece que la obra iniciada por conquistadores y pioneros está llegando a su fin. Esto no solo se debe a factores ecológicos como el calentamiento global, sino ante todo a las políticas aperturistas y neoliberales que han convertido la producción local en la disputa de los llamados Tratados de Libre Comercio y del contrabando. También responde a las políticas erráticas e irresponsables de gobiernos que han llevado al límite de la quiebra a los productores nacionales quienes, paradójicamente, apoyan electoralmente a esas élites que hoy los tienen al borde de un ataque de nervios.
Sobre los hombros de los arroceros ha caído todo tipo de rayos y centellas: desde la apertura económica del gobierno de César Gaviria, pasando por las prohibiciones de sembrar con semillas «de costal» de Uribe Vélez —que permitieron importaciones subsidiadas por Estados Unidos y Ecuador, además de cobrar todo tipo de gravámenes a su producción—, hasta el nombramiento, en el actual gobierno del «Tigre», de funcionarios incompetentes como el actual ministro de Agricultura, Indalecio Dangond Vaquero.
Este profesional, sin experiencia en la producción agropecuaria, plantea el fruto del marañón como una «alternativa novedosa» frente a estas nefastas políticas neoliberales que dejan la productividad de 100.000 hectáreas y la seguridad alimentaria en manos del libre mercado y de las ideas «milagro» de su ministro.
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Sin embargo, lo más triste no son solo los descaches de este gobierno, sino la falta de protagonismo de las élites gremiales y políticas del Tolima para reivindicar sus derechos históricos. Algo ha cambiado en estos años; ya no tenemos el aguerrido puño liberal de Murillo Toro defendiendo a los cafeteros, ni la palabra de Echandía defendiendo la paz de su territorio.
Hoy, podemos estar viendo- en la tierra donde nació- el fallecimiento del arroz como cultivo productivo y su desgastada dirigencia perdiendo todo protagonismo local y nacional, lo que nos hace recordar los versos del poeta cartagenero Luis Carlos López:
Fuiste heroica en los tiempos coloniales,
cuando tus hijos, águilas caudales,
no eran una caterva de vencejos.
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