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Garzón y Collazos: los primeros “Rockstars” de la música colombiana
Por Mauricio Arcila
Redactor El Cronista.co
Hacia finales de los años treinta, cuando Colombia buscaba su identidad sonora, surgió un dueto que transformaría la música andina para siempre. Darío Garzón y Eduardo Collazos no solo fueron intérpretes virtuosos, sino los primeros "Rockstars" de un país que apenas despertaba al mundo. Garzón, excelso guitarrista y voz tenor, hombre de club y whisky, serio y de recio talante, contrastaba con la bohemia cercana del eximio tiplista Collazos, un barítono que prefería la cerveza compartida en la tienda con los amigos. Dos mundos opuestos que, al unirse, dieron vida al fenómeno musical más emblemático de nuestra cordillera.
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Esa disparidad era tan marcada que llegó a convertirse musicalmente en una metáfora de la polarización de los años cuarenta con la canción “Cámbulos Y Gualandayes”. Mientras el país se dividía entre rojos y azules, la primera dama Berta Hernández de Ospina les tejía sacos de lana de distinto color para marcar sus orillas políticas. Sin embargo, sobre el escenario, esas diferencias se disolvían. Fueron ídolos ganadores de los primeros discos de oro entregados en el país, invitados de honor de presidentes y aclamados en giras por América y el Caribe, logrando hitos internacionales décadas antes de que nombres como Shakira, Juanes o Karol G, aparecieran en el mapa global.
El reconocimiento para el dueto llegó a su clímax el 19 de febrero de 1949, cuando aparecieron en la revista Billboard con "La canción del vaquero". Su talento los llevó a pisar el mítico Carnegie Hall de Nueva York, llevando el tiple y la guitarra a uno de los templos de la música universal. Además, fueron los grandes embajadores de compositores como Jorge Villamil; gracias a su interpretación de "Espumas", la música colombiana trascendió fronteras, llegando a ser grabada por Javier Solís y proyectada en la época de oro del cine mexicano en una película protagonizada por Antonio Aguilar y Lucha Villa.
Pero la fama también tuvo sus choques con la realidad geopolítica. Las autoridades norteamericanas les cancelaron la visa por la letra de "Ora sí entiendo por qué" del maestro Pedro J. Ramos, una crítica satírica sobre el petróleo y la influencia extranjera. Asimismo, tuvieron prohibido viajar a Moscú a jun evento cultural y deportivo debido a las restricciones de la Guerra Fría. No obstante, en 1952, encontraron su mayor "escudo diplomático" en las trincheras de Corea, donde cantaron para el Batallón Colombia. Ese viaje entre fusiles y nieve los consagró definitivamente como símbolos de patriotismo y lealtad institucional.
Tras cuarenta años de escenarios, alegrías y desacuerdos —que incluso requirieron la mediación de cardenales— la historia llegó a su fin en 1977 con la muerte de Eduardo Collazos. Darío Garzón resistió nueve años más, hasta que un infarto, la misma causa que arrebató la vida de su compañero, lo alcanzó en 1986. Hoy, casi noventa años después de aquel inicio, su legado permanece en haber fundido el bambuco, el torbellino y la guabina en un solo aire nacional.
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Garzón y Collazos no fueron solo un dueto: fueron la voz de una Colombia que aprendió a reconocerse en la armonía de sus canciones. Su memoria descansa en el cementerio San Bonifacio de Ibagué, donde reposan juntos en la misma tumba bajo una hermosa escultura y el cariño de nacionales y extranjeros que visitan este lugar para rendir homenaje a “Los Príncipes de la Música Colombiana”.
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