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Embajadores: los grandes vendedores del país que necesitamos

Embajadores: los grandes vendedores del país que necesitamos

En el imaginario tradicional, el rol de un embajador suele reducirse a trámites de visados, actos protocolares y gestiones diplomáticas formales. Sin embargo, esta visión no solo es limitada, sino profundamente insuficiente para un país que aspira a crecer, diversificar su economía y posicionarse estratégicamente en un mundo cada vez más competitivo. Hoy, más que nunca, los embajadores deben ser buenos vendedores de país.

De cara a las próximas elecciones presidenciales, resulta clave que quien aspire a gobernar comprenda que la política exterior no puede seguir viéndose como un espacio secundario o simbólico. Las embajadas son, en la práctica, plataformas estratégicas para atraer inversión, abrir mercados, posicionar productos y construir alianzas de largo plazo. Y para cumplir ese propósito, el perfil de quienes las lideran importa.

Napoleon Hill, uno de los pensadores más influyentes en el campo de las ventas y el éxito, sostenía que todo logro comienza con un propósito definido y la capacidad de influir positivamente en otros. Esta idea, trasladada al ámbito público, es profundamente relevante: un embajador sin propósito estratégico claro y sin capacidad de persuasión difícilmente podrá generar impacto real para su país. Representar bien a una nación implica saber convencer, inspirar confianza y construir relaciones basadas en valor.

Colombia no parte de cero. El país cuenta con una herramienta técnica especializada: ProColombia, la agencia encargada de promover internacionalmente las exportaciones no minero-energéticas, la inversión extranjera y el turismo. Su rol es claro: identificar oportunidades, diseñar estrategias de entrada a mercados, acompañar empresas y construir una narrativa sólida de marca país. En otras palabras, ProColombia es el brazo técnico y comercial del Estado en el exterior.

Pero ninguna estrategia de promoción funciona en el vacío. Aquí es donde las embajadas se vuelven actores clave. Mientras ProColombia aporta conocimiento de mercado, contactos empresariales y enfoque sectorial, las embajadas tienen el capital político, el acceso institucional y la capacidad de abrir puertas al más alto nivel. Cuando ambas trabajan de manera coordinada, el impacto se multiplica: reuniones que no se lograrían solo desde lo técnico se concretan gracias al respaldo diplomático; misiones comerciales ganan legitimidad; y la narrativa país se refuerza con coherencia.

Este trabajo articulado no es una teoría: ha dado resultados. Colombia vivió algunos de sus mejores momentos de posicionamiento internacional cuando la promoción económica fue una prioridad del Estado. En 2020, el país fue reconocido como la mejor marca país de América Latina, destacándose por su capacidad de atraer inversión, promover exportaciones y proyectar una imagen renovada. En años posteriores, Colombia escaló posiciones en índices internacionales de reputación y poder blando, mientras alcanzaba récords históricos en turismo internacional e inversión extranjera, señales claras de confianza global.

Estos logros no ocurrieron por azar. Respondieron a una narrativa clara y a una estrategia consistente: Colombia como proveedor confiable de alimentos, como país megadiverso con valor científico y productivo, y como aliado estratégico en sostenibilidad y cadenas de suministro responsables. Pero incluso la mejor narrativa pierde fuerza si no hay quién la venda con convicción y conocimiento en cada capital del mundo.

Por eso, insistir en embajadores con perfil meramente político o ceremonial es una oportunidad desperdiciada. Un embajador moderno debe entender mercados, saber negociar, identificar oportunidades y contar historias que conecten las ventajas del país con las necesidades del mundo. Como diría Hill, la diferencia entre el éxito y el fracaso suele estar en la capacidad de influir con claridad y propósito.

El próximo presidente tiene ante sí una decisión estratégica: seguir viendo las embajadas como cargos honoríficos o asumirlas como lo que realmente son, oficinas avanzadas de ventas, influencia y posicionamiento país. Elegir bien a quienes las lideran no es un tema menor ni ideológico. Es una decisión económica, competitiva y de futuro.

De cara a las próximas elecciones, el llamado es claro. Los ciudadanos deben exigir a quienes aspiran a la Presidencia una visión moderna de la política exterior, donde las embajadas no sean botines políticos sino activos estratégicos del desarrollo. Y los candidatos, por su parte, tienen la responsabilidad de comprometerse públicamente a nombrar embajadores con criterio, experiencia y mentalidad de resultados.

Colombia necesita representantes que entiendan que cada reunión internacional es una oportunidad, que cada embajada puede abrir mercados y que vender bien al país es una forma concreta de generar empleo, crecimiento y bienestar en casa. Elegir bien a quienes nos representan en el mundo también es una decisión de país.

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