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¿Dónde quedaron las apuestas por una Ibagué moderna?

¿Dónde quedaron las apuestas por una Ibagué moderna?

Por Óscar Viña Pardo

Las calles de Ibagué parecen haberse convertido en parqueaderos sin administrador. Carros y motos ocupan ambos costados de las vías, reducen el espacio para circular y provocan trancones que terminamos aceptando como parte del paisaje. Mientras tanto, seguimos hablando de una ciudad moderna, aunque movernos por ella exija cada vez más tiempo y paciencia.

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La respuesta no puede depender únicamente de operativos esporádicos o de tener un agente de tránsito en cada esquina. Hace falta una política que combine tecnología, señalización, pedagogía y control permanente. Las herramientas existen; lo que necesitamos es decidir cómo utilizarlas para recuperar el espacio público.

¿Por qué no evaluar un sistema de estacionamiento regulado en las zonas donde técnicamente sea viable? Espacios delimitados, tarifas visibles y pagos mediante parquímetros, tarjetas o aplicaciones permitirían organizar su uso, facilitar la rotación de vehículos y recaudar recursos con trazabilidad. Eso sí: pagar no puede convertirse en permiso para ocupar andenes, bloquear accesos o estacionarse donde se necesita mantener la circulación.

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También conviene precisar la discusión sobre las llamadas fotomultas. No basta con instalar una cámara y comenzar a cobrar: cualquier sistema debe cumplir los requisitos legales y técnicos correspondientes y respetar el debido proceso. La tecnología debe servir para ordenar la movilidad y proteger a las personas. El recaudo no puede convertirse en su razón de ser.

Pensemos en la avenida Guabinal, a la altura de Acqua y en los tramos que siguen; o en la carrera Sexta, en sectores como las calles 16 y 24. En horas pico, los vehículos y motos estacionados terminan disputándose la vía con quienes intentan circular. Donde la señalización sea insuficiente, corresponde corregirla. Pero la ausencia de un aviso tampoco convierte automáticamente una calle en parqueadero.

El llamado es a la Administración municipal y al Concejo. Y, de paso, al nuevo ramillete de aspirantes que el próximo año recorrerá los barrios buscando votos y prometiendo transformar Ibagué. Sería interesante conocer sus propuestas concretas para recuperar las vías, organizar el estacionamiento y garantizar que los peatones también puedan desplazarse. La modernidad debería aparecer en el presupuesto y en las decisiones, además de los eslóganes de campaña.

También debemos revisar cómo administramos los recursos. Celebrar las cifras del recaudo tributario es apenas una parte de la tarea: falta saber cómo se invierten, con qué oportunidad y con cuáles resultados. Y cabe preguntarse si la reiteración de descuentos y alivios por mora termina enviando un mensaje inconveniente: que cumplir a tiempo es menos ventajoso que esperar la próxima oferta. Una ciudad necesita ingresos previsibles y obras oportunas, además de buenos balances para presentar en una rueda de prensa.

Los “peajes” urbanos

No tengo nada contra las personas que, paleta en mano, intentan ganarse la vida organizando el tránsito en glorietas como las de Mirolindo o la avenida Ambalá con calle 60. Mi reparo es con una ciudad que termina acostumbrándose a que una función de la autoridad dependa de la iniciativa particular y de la “ayudita” del conductor.

La pregunta es si esas intervenciones mejoran realmente la circulación o si, en determinados momentos, agregan detenciones y conflictos. Eso debería establecerse con mediciones. No podemos seguir resolviendo la movilidad a punta de impresiones, bocinazos y buena voluntad.

Antes de anunciar que un semáforo inteligente resolverá el problema, corresponde estudiar los flujos, las horas críticas, los cruces peatonales y las características de cada glorieta. Con esos datos se podrá determinar si conviene semaforizar, ajustar accesos o adoptar otra solución. Lo difícil de aceptar es que la improvisación siga funcionando como política permanente.

Una Ibagué moderna también se reconoce en asuntos elementales: poder caminar por un andén, encontrar una intersección organizada, saber dónde estacionarse y circular sin que cada conductor imponga su propia regla. No son lujos ni aspiraciones futuristas. Son condiciones básicas para vivir mejor.

Antes se repetía, con cierta ligereza, que una ciudad sin Crepes & Waffles seguía siendo pueblo. Pues bien, ya tenemos la franquicia: al parecer, la modernidad llegó primero a la carta. La planeación debe de seguir buscando dónde parquear. Entretanto, podemos disfrutar un crepe, pasar media hora en el trancón y dejar la “ayudita” en la glorieta. Toda una experiencia de ciudad inteligente: el ciudadano pone la plata, la paciencia y, por supuesto, la inteligencia para esquivar el desorden.

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