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Opinión

El terrible oficio de culero

El terrible oficio de culero

Por Ricardo Oviedo Arévalo

*Sociólogo, investigador, docente.


Hace más de quinientos años, el papa Clemente VII contrató a un escultor, poeta y pintor, Miguel Ángel Buonarroti, para que pintara la bóveda de la Capilla Sixtina. El artista era reconocido por su fuerte carácter y por su abierta homosexualidad; para su elección primaron, ante todo, su histrionismo y su calidad como artista.

El papa comprendió que el mundo había cambiado, girando del teocentrismo al antropocentrismo, y el pintor dejó plasmado este cambio en la representación de un Dios benévolo apuntando con su dedo índice al de Adán, dando inicio, de esta forma, a la creación del mundo y de la humanidad.

Las paredes de esta capilla fueron iluminadas por pintores también polémicos, reuniendo a grandes maestros del Renacimiento como Botticelli, Perugino, Ghirlandaio y Rosselli. Todos ellos querían resaltar al hombre como el centro de la creación y motor de la historia; y qué mejor que mostrar desnudos a dioses y hombres para representar la nobleza y la pureza de la naturaleza.

De esta manera, la Iglesia ingresó de la mano de los excluidos y rebeldes a la mayor revolución cultural de Occidente: el llamado Renacimiento, origen de la Ilustración y de la posterior Modernidad.

Pero a toda revolución le llega también su contra. A partir del Concilio de Trento, una ola conservadora se tomó la Italia renacentista y las pinturas de los grandes maestros se convirtieron, de un momento a otro, en un atentado contra la moral cristiana y las buenas costumbres. Surgieron así los pictores bragatores o «pintacalzones», mejor conocidos como «culeros», quienes, por orden del papa Pío IV, se dedicaron a cubrir las zonas púdicas pintando guayucos, mantas y velos en las hermosas anatomías de dioses, héroes, santos y vírgenes. Sin embargo, el arte ya había ganado la partida y los culeros pasaron a la historia como lo que eran: unos censores obedientes, hipócritas, perversos y de mal gusto.

Esa nueva ola «purificadora» está resurgiendo en Colombia a partir de ADLE, un presidente que primero se declaró agnóstico y luego, por necesidades electorales, se «convirtió» al cristianismo. Así ha agrupado a religiosos de diferentes orillas con el único propósito de luchar contra el progresismo y hacernos retroceder a los tiempos de san Ezequiel Moreno Díaz, quien decía que el «liberalismo es pecado», resucitando a los descendientes de la hegemonía conservadora del siglo XIX, aquella que odiaba a Manuel Murillo Toro por haber introducido el tren y el telégrafo a Colombia, tecnologías que consideraban diabólicas por provenir de países luteranos como Estados Unidos e Inglaterra.

Esos «culeros» colombianos prohibieron las lecturas de José María Vargas Vila y Porfirio Barba Jacob, y mandaron al infierno a Gabriel García Márquez; todos ellos murieron en el exilio literario. Pero el actual gobierno también ha abierto las vacantes para tan indigno empleo: el «niño poeta», Sergio Esteban Vélez, director del Instituto Caro y Cuervo, ofendió la memoria del poeta nadaísta Gonzalo Arango y del escritor y crítico de cine caleño Andrés Caicedo, este último por cumplir su palabra de finiquitar su existencia a los 25 años.

Lo mismo está haciendo la exsenadora Paola Holguín, actual ministra de Cultura, quien ha pasado a la historia por ser una funcionaria sin experiencia en las bellas artes, pero sí en las “artes perversas” del clientelismo político y el activismo de derecha. Ha desocupado las salas del Museo Nacional —donde se exhibe la memoria visual de Colombia— al retirar cuadros donde se recuerda a los dirigentes políticos asesinados por los mismos agentes del Estado, creyendo que de esta manera se evitará la contaminación woke en la sociedad. Sin embargo, el pasado 14 de octubre, miles de personas en las calles le recordaron que su oficio de «culera» es tan ineficiente como lo fue en la Italia renacentista.

Por otro lado, existe toda una campaña retrógrada contra las minorías étnicas y sexuales. El CRIC y demás organizaciones indígenas están avisados de que Colombia entró en tiempos de conquista y, por lo tanto, sus derechos entran en revisión. Lo mismo ocurre con los derechos de la comunidad LGTBI, haciéndonos retroceder a los tiempos en que ser miembro de ella era catalogado como pecado y enfermedad.

Si el poeta José Asunción Silva viviera, sería recordado por sus preferencias sexuales antes que por su poesía modernista; ahora solo falta que lo retiren de los billetes de 5.000 pesos, al igual que a la investigadora Virginia Gutiérrez de Pineda —pionera en los estudios sobre la familia a quien se le rinde un merecido homenaje en los billetes de 10.000 pesos—, para que a lo mejor sean reemplazados por la imagen del «niño poeta de Medellín» y la exsenadora María Fernanda Cabal, haciendo que el Museo Nacional vuelva a ser el panóptico nacional de principios del siglo XX.

Por último, la lucha contra el «wokismo» y la guerra cultural nos llevará a odiar los principios constitucionales que nos rigen y a abrazar el fanatismo sionista y el falso cristianismo, promovidos por el extenso archipiélago de las sectas protestantes que hoy están en el poder, recordándonos lo que dijo George Santayana: «El que desconoce la historia está condenado a repetirla», esta vez con sangre divina.

ZONA DE DISTENSIÓN: En la pasada marcha del 14 de octubre empezaron a notarse tímidamente los sectores productivos afectados por este gobierno; aún es tiempo de defender el territorio y la dignidad de los colombianos y tolimenses.

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