Opinión
Un sencillo atisbo a los 216 años de la Independencia de Colombia
Por Alberto Santofimio Botero
Al fijar el pensamiento en el significado de los 216 años de vida independiente de la nación colombiana, resulta imperativo precisar los recuerdos sobre la forma como hicimos nuestras primeras incursiones sobre este tema, y cuales eran entonces los recursos intelectuales o didácticos para investigar y pretender conocer la evolución de nuestra historia, como nación soberana, y desde luego, sobre los aconteceres de esta gesta memorable.
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La historia que de Heródoto hasta nuestros días es considerada como disciplina científica en lo referente al texto trajinado y oficializado de Henao y Arrubla, que continuaba la huella del libro de don José Manuel Restrepo de 1827, más que un análisis profundo de épocas, ideas y caminos de nuestra sociedad la obra, convertida en guía oficial dentro del sistema educativo, era tan solo un trivial inventario con tinte más anecdótico que científico, de fechas, personajes, obras públicas, acontecimientos, desde la época de los virreyes de la colonia hasta los presidentes de la República; era la superficial memoria de hechos desde la saga independentista.
A esto se reducía el estudio y conocimiento de la historia en nuestro medio para los jóvenes de aquella época era el culto simplista a las batallas, los héroes y las fechas emblemáticas como el 20 de julio y el 7 de agosto, pero además la concepción analítica, crítica, y científica de nuestra historia estaba extraña.
Lo que podríamos llamar la modernización de este tema se fue presentando con estudios aislados y juiciosos de académicos y escritores que con profundidad como Luis Eduardo Nieto Arteta, llegaron a las aristas económicas de la caficultura o con sus análisis certeros independientes de Antonio García, y mas tarde con la obra densa, polémica y profunda de Indalecio Liévano Aguirre sobre la razón y el significado de los grandes conflictos económicos y sociales de la sociedad colombiana; retratando sus desigualdades, sus inequidades, sus desequilibrios, los vestigios vigentes de la dominación colonial, con la injusta distribución de la tierra rural y urbana, con la explotación inmisericorde de los campesinos y labriegos, sometidos a practicas inaceptables de perfiles esclavistas, denunciando además la precariedad de la legislación laboral, con el desconocimiento de los derechos hasta de asociación sindical al igual que la discriminación de las mujeres frente a sus derechos constitucionales y legales. En fin, la vigencia, más allá de la ruptura independentista por España de todas las manías, las taras los grandes yerros de la dominación colonial, en medio de la existencia de una supuesta y pretendida Nación independiente y soberana.
Leyendo aquellos textos, inmersos en su análisis sociológico, económico y político esencial, encontramos también la genuina irrupción de la investigación de Jaime Jaramillo Uribe con su obra monumental “El pensamiento colombiano en el XIX”.
El cuestionamiento libre y critico de estos autores abrió los ojos a las nuevas generaciones para mirar al profundo abismo de injusticias y desigualdades que había sido hábilmente escondido en los textos de la historia oficial.
Las estructuras de la propiedad y del reparto de la riqueza, asociadas al latifundio y a la denominación de minorías todopoderosas, sólo fueron advertidas en el análisis profundo valiente de historiadores y sociólogos de talla de Liévano Aguirre, Jaime Jaramillo Uribe, Antonio García, Nieto Arteta, Fals Borda, entre otros. A ellos se les debe hacer el justiciero reconocimiento por llegar desafiando dogmas y esquemas consolidadas, a la indispensable verdad de la histórica.
Así los jóvenes de los años 60, imbuidos en los vientos huracanados de la revolución cubana, comenzamos a entender cabalmente que el cuento bien contado de Restrepo, Henao y Arrubla, era tan solo la versión superficial para pretender resignarnos con la novela de Florero de Llorente, proclamarnos independientes, bajo el imperio de una libertad condicionada a los mas sofisticados elementos de explotación del hombre, y a la mas odiosa y repugnante concentración de la riqueza, el crédito y las oportunidades.
Se nos vendió, hábilmente, con los cartabones de la historia oficial, la versión de que el fin de la dominación española era sinónimo de independencia, cuando todo lo que ocurrió en la práctica fue una sustitución entre el poder opresor de la colonia y el idéntico poder de las castas criollas que se apoderaron del presupuesto, la tierra, la riqueza y la política, no superada ni siquiera esta anomalía en el discurrir del siglo XXI. Es cierto que nos separamos del dominio español, pero eso no significo en la vida misma de los colombianos su real independencia, pues nunca se gestaron las grandes transformaciones que eran imperativas para poder consolidar libertades y derechos y eliminar decididamente los factores aberrantes de la injusticia, la inequidad y la exclusión, herencia del coloniaje
Razón le asiste al profesor universitario Gustavo Adolfo Quesada, cuando profundizando en esta preocupación esencial afirma: “La independencia no liberó a los esclavos, no protegió a los resguardos, ni transformo a los indígenas en propietarios ciudadanos; no satisfizo los anhelos populares, no suprimió los impuestos onerosos, ni los estancos coloniales, principales obstáculos al desarrollo; ni separo la iglesia del estado en ese tiempo, ni cambio la legislación colonial, ni mucho menos escribió factores de igualdad jurídica en las leyes En igualdad , no modernizo, podemos decirlo en resumen los derechos que la gente estaba pensando, no modernizo, no secularizo, países recién nacidos. La independencia era la tarea central a la cual se debían supeditar todas las clases, sectores y protagonistas de la generación de 1810.Sin ello toda otra reivindicación era en su momento utópica. Pero una vez lograda se hacia necesario, para no desnaturalizarla, adelantar a profundidad las reformas que se venían planteando desde el siglo XVII. El no haberlas adelantado dejó trunca la revolución de la independencia. El caldo de cultivo de la independencia de 1810, se generó con la manifestación popular contra el régimen injusto, imperante. Las protestas contra este estado insoportable de cosas en lo legal y en lo social, aupó la rebelión de esclavos, los negros y los indígenas. El gran antecedente histórico, fue sin duda la insurrección comunera de 1718 Desde ahí, comenzó a perfilarse la fisonomía del país democrático que trataba de surgir rompiendo todas las cadenas de la opresión y de la explotación. De ahí también empezaron a tener vigencia las palabras mágicas de libertad, igualdad, derechos justicia para todo el obligado cambio del lenguaje de las protestas sociales y de las rebeldías políticas fue la cimiente generosa para la lucha que buscaba derrotar todos los vestigios de la opresión y de las estructuras del “derecho divino” de los reyes gobernantes, para darle paso en la escena al protagonismo de los ciudadanos en un incipiente comienzo de participación popular y democrática.
Nuestros ojos de jóvenes estudiantes se fijaron en esos textos que nos invitaban a comprender una visión moderna, progresista y revisionista de nuestra historia. Y en esto fue determinante la propuesta libre, critica, independiente, de Liévano Aguirre el gran innovador de nuestra historiografía en el siglo anterior.
Aludiendo a la concepción cabal de independencia que hemos anotado en estas sencillas cavilaciones, el reputado historiador Álvaro Tirado Mejía, afirma: “quienes participaron de la gesta emancipadora se enfrentaron a un mundo desconocido en muchos aspectos. El primero fue el de la independencia misma, a cuya concepción y realización no se llegó inmediatamente”.
La película feliz que nos trataban de llegar a los claustros de educación superior y universitaria no era como lo habían pintado. Fue de la entraña misma de los sectores populares donde apareció la inconformidad y se siguió alimentando la protesta.
Pero, ese aire democrático tenía la brújula en sectores calificados de la clase dirigente formado bajo el influjo de la llamada” cultura barroca española” cuyos dominios estaban cómodamente asentados en las universidades y en los colegios mayores de la época.
El escritor mejicano Carlos Fuentes afirma: “Las nuevas ideas que se transmitían a través de las instituciones educativas y científicas al comienzo de la independencia con los libros y la prensa, les ofrecían a los jóvenes criollos una nueva perspectiva sobre su condición y un nuevo medio de expresión. Al volcarse sobre la ciencia los criollos entraban a un ámbito de conocimiento que los alentaba a defender y a definir la identidad americana y también los motivaba a adoptar una nueva visión de la sociedad guiada por metas seculares antes que religiosas, y moldeada por un interés de progreso universal para el legítimo bien común”.
Como lo anota Jaime Jaramillo Uribe en su libro “La personalidad histórica de Colombia y Otros Ensayos”, “en la etapa comprendida entre 1760 y 1800 la inteligencia criolla se encuentra preocupada por los mismos problemas y proponiendo para ellos soluciones muy parecidas a los que proponía en la metrópoli la generación que asumió la dirección del Estado y de la cultura durante el reinado de Carlos III y sus sucesores”.
Fue enorme entonces la influencia intelectual venida de España en la personalidad y el pensamiento de los dirigentes de la Colombia naciente. Sin embargo. Mutis y Caldas, encarnaron el prototipo de los hombres de ciencia valerosamente enfrentados al poder religioso y a la tradicional sabiduría escolástica en la que se habían formado. Ellos contribuyeron a advertir que existían múltiples causas de la injusticia, la dominación y el sometimiento que, de no ser removidos a tiempo, hacían casi imposible pensar en el sueño de una nación realmente independiente.
La revolución quedo trunca. como tantos autores advirtieron y repiten hoy, por no haberse realizado profundas transformaciones en materia de derechos humanos fundamentales y, sobre todo, en los aspectos como la tenencia de la tierra rural y urbana, de la propiedad en general y de la riqueza altamente concentrada, elementos todos que, al prevalecer de la vigencia de la autoridad después de la corona española al gobierno de los criollos, hizo inalcanzable la verdadera remodelación con una forma independentista, cabal, amplia y libertaria.
Avanzando en este sencillo atisbo entre la realidad y el sueño de la independencia, considero pertinente citar una sentencia del admirado profesor Marco Palacios. Este reconocido historiador coincide con nuestra inquietud sobre el tema cuando expresa: “Si el lenguaje, las instituciones y los valores políticos se marcan las rupturas del periodo independentista propiamente dicho, las continuidades de largo plazo están en el lado de la sociedad y nos vuelven a una vieja pregunta de cómo pueden erigirse y desenvolverse sobre un sólido piso de cultura hispano- católica y sobre el valor predominante de la desigualdad social y étnica con su panoplia de “ Sociabilidades truncadas”, que encontró Humboldt a comienzos del siglo XX”.
De manera clara y concisa remata el profesor Palacios, su formidable argumentación para llegar a preguntarse hasta donde los colombianos realmente nos sentimos independientes. El dice que, “Entrados en el siglo XXI, la democracia política y desigualdad extrema, democrática electoral y pobreza extrema son verdaderas anomalías. Un estrato que muestra la continuidad, la palabra adecuada seria neocolonial, esa es la genuina geografía política”.
La historia tradicional, señala el autor Tony Judt “tal como se enseñó a la generación de escolares estudiantes dando el significado por referencia al pasado. Nombres, lugares, las ideas y alusiones de hoy podían ubicarse en una narración memorizada del pasado. Sin embargo, en el presente este proceso se ha invertido. El pasado ya no tiene una forma de memoria propia. Cobra significativa relevancia solo por referencia a nuestro presente y con función a nuestras conflictivas inquietudes sobre el futuro”.
Será que nos da miedo reconocer, a la luz de estos 216 años de independencia formal, nuestros grandes yerros y nuestras enormes equivocaciones colectivas. Por algo decía Albert Camus que “Las ideas equivocadas siempre acaban en un baño de sangre, pero en todos los casos es la sangre de los demás”.
Hemos querido acercarnos a la efeméride de los 216 años del 20 de julio de 1810 dejando estas breves cogitaciones, evocando el inolvidable escritor Jorge Zalamea, “con el guijarro de un porque en la garganta” pensando una y otra vez si significa libertad la simple democracia electoral, si significa independencia a las alturas de este tempo la realidad agobiante de millones de compatriotas” “ ciudadanos imaginarios “sumidos en la pobreza extrema, en el desempleo y la informalidad viendo crecer impávidos e indefensos, la concentración de la riqueza y el poder en Colombia, una de las más preocupantes de toda América Latina, Ni la violencia ni la corrupción han podido mermar la fortaleza de nuestras instituciones democráticas.
Se abre ahora una nueva era de reconstrucción, una firme esperanza en lo que puede ser un país con una ruta absolutamente clara con la Constitución Política como un genuino pacto de paz y el imperio de la ley como fundamento de la unidad Nacional. Solo con estas instituciones sólidas, con honradez en el manejo del patrimonio publico y con firme esperanza en la construcción de una reconciliación en donde no haya impunidad de criminales, sino vigencia de ciudadanos, propietarios felices y tranquilos en una patria sosegada y conviviente. Esto nos hace pensar con nuestras cavilaciones serenas que el tema de la independencia y de la liberación de la Colonia, en la Colombia de hoy, nos preocupa aún con el interrogante de si somos realmente independientes. Quisiera poéticamente cerrar estas sencillas cavilaciones con un texto de Pablo Neruda, en su formidable libro “Confieso que he vivido”
“Qué buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos …..Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas en crespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo….Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas …….Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra………Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las babas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes…… el idioma. Salimos perdiendo…. Salimos ganando…Se llevaron el oro y nos dejaron el oro…Se lo llevaron todo y nos dejaron todo…Nos dejaron las palabras.”
Con estas palabras, que según el gigante de la poesía universal Pablo Neruda, fue la única herencia que nos dejaron los colonizadores españoles, tendremos que librar en este nuevo tiempo la recia batalla contra la violencia, la corrupción, la pobreza, la desigualdad, la exclusión y la tentación totalitaria, si queremos conquistar la verdadera independencia a la altura del siglo XXI.
Ibagué el Bunde 11 de julio de 2026.
*Exministro de Estado, Ex senador de la República, Expresidente de la Cámara de Representantes de Colombia, Miembro de la academia de
la historia de Cartagena de Indias y miembro de la academia de historia del Tolima.
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