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La casa del Ibagué de antaño
Por: Humberto Leyton
Metros más debajo de la Casa Urrutia, diagonal a la plaza de Bolívar y frente al antiguo colegio Tolimense (hoy una de las sedes de la Universidad del Tolima), se encuentra una edificación de dos plantas, donde al pisar sus baldosas de posta hechas con cemento, marmolina y pigmentos naturales relucen sus figuras geométricas y colores vivos, traen a la memoria una cantidad de imágenes inagotables del Ibagué de antaño.
Allí, la fotografía revela su arte y su magia, nos traslada imaginariamente a un ensoñado recorrido por aquel pueblo, aún pastoril, que se resistía a cambiar pero que luchaba por transformarse, al menos en su urbanismo, en una ciudad de construcciones modernas de la época. Reflejo de ello, es la estupenda fotografía que nos recibe al entrar de la iglesia de San Simón, cuyo estilo y arquitectura tiene la impronta del arte y la albañilería masónica, como protegido y bello caserón del Conservatorio o el estadio Manuel Murillo Toro de Ibagué. Tres símbolos petrificados en nuestra historia de raza pujante y orgullosa del ancestro Pijao.
Recuerdos y nostalgias
Pero allí no se quedan los recuerdos. La casa alberga los recuerdos y nostalgias de principios, mediados y finales del siglo pasado, proyectándose al presente como prolongando los segunderos del reloj, quitándole fechas y almanaques a los años, haciéndonos vivir un estado de permanencia sin límites en el espacio y el tiempo.
Bien sabemos que los objetos y elementos que se guardan en una casa museo recobran vida y no permanecen quietos. Se mueven por las habitaciones y pasillos recordándonos que, aunque las épocas históricas pasen, ellos representan esos momentos memorables y están ahí para prolongar el pasado.
Una casa museo es el lugar que ha sido convertida en un espacio para preservar y exhibir el ambiente, los bienes o la vida de un personaje relevante (escritores, artistas, políticos, científicos) o para representar la vida cotidiana de una época, clase social o comunidad determinada.
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Se necesita apoyo
Esta obra cultural y de arte no se hace sola. Necesita de dolientes y personas dedicadas laboriosamente a rescatar esos trozos de historias perdidas; y para eso, necesita de cierta decoración, mobiliario, cortinas, alfombras dispuestas de la forma en que eran utilizadas en su momento. Y para ello se requiere tiempo y recursos económicos, que en esta oportunidad, únicamente han salido del bolsillo de Samuel Gómez Ramírez. Los aportes oficiales de la alcaldía de Ibagué y la gobernación del Tolima han brillado por su ausencia, no obstante, deberían de ser los entes más comprometidos para apoyar y avalar este tipo de trabajos, a través de sus secretarías o institutos de cultura.
Estos lugares, como el que está creando Gómez Ramírez, cruzan el umbral del tiempo y no solo se conforman con mostrar figuras de arte o eventos recordatorios de diversas épocas, sino que a través de unas charlas y visitas que su promotor ha convocado con pintores, escritores, periodistas, intelectuales, políticos y dirigentes gremiales, ha socializado un proyecto que merece el respaldo del gobierno y del sector privado.
La casa museo de Gómez Ramírez, abre también las puertas al ambiente íntimo de las personas. El romanticismo surge en la medida que la mirada se fija en las fotos o en los objetos de exhibición y comienzan a aparecer rincones secretos de la vida de un individuo: sus pasiones, sus obsesiones, sus cartas de amor no enviadas y sus hábitos más cotidianos. El visitante no observa la historia desde una vitrina impersonal, sino desde el escenario mismo donde transcurrió la vida real.
La vida cotidiana también es historia
Las casas museo permiten estudiar el pasado no solo a través de grandes acontecimientos políticos, culturales, científicos o militares, sino desde la historia de la vida privada, la microhistoria y la vida cotidiana. Funcionan como testimonios tridimensionales que revelan el gusto estético, las jerarquías sociales, las dinámicas familiares y las condiciones de vida de un periodo específico.
No siempre los acontecimientos históricos están marcados por las acciones de grandes héroes o individualidades. El pueblo y las masas siempre han jugado papeles preponderantes en el desarrollo histórico de las sociedades, y los hitos han marcado personas anónimas y sin mucho renombre. Y eso es, precisamente, lo que busca Samuel Ramírez, prolongar la vida a lugares y personas comunes que han dejado recuerdos por los rincones de la ciudad.
Sin embargo, hay lugar para personajes que merecen sitios especiales como la celda de Quintín Lame, el histórico dirigente indígena que purgó cárcel en el panóptico de Ibagué por luchar contra el despojo de las tierras por parte de los terratenientes.
Esta casa comienza a acumular recuerdos arquitectónicos como la iglesia de San Simón, el Conservatorio, el parque centenario, el estadio Manuel Murillo Toro, el Panóptico, objetos como las camisetas del Deportes Tolima, cartas, diarios, instrumentos de trabajo, libros, utensilios cotidianos, pinturas y hasta aparatos de la nueva era tecnológica que comenzamos a vivir hace algunos años y que avanza a toda velocidad como las comunicaciones.
La literatura regional
Cada habitación y en los corredores de esta casa hay campo para contar historias de diversa índole. La literatura regional tiene sus representantes: Álvaro Mutis, William Opina, Nicanor Velásquez Ortiz, Carlos y Jorge Eliécer Pardo. Al lado de estos insignes letrados, está el realismo mágico de Gabriel García Márquez con la colección de todas sus obras.
Y como para que la casa sea más macondiana, al lado de los títulos de las obras de estos escritores, coligados a las paredes aparecen en avisos de neón nombres de lugares que quizá a la juventud no le diga nada, pero que las anteriores generaciones les recuerda mucho: la primera discoteca que tuvo Ibagué: Los Cuervos, Restaurante Chamaco, Telecom, el Hotel Raad, La Tasca y Tapa Roja, el bar de “Caregancho”, recordado lugar donde en medio de los tragos y el juego de barajas y dados se escogían gobernadores y alcaldes y se tomaban decisiones gubernamentales o políticas que modificaban el normal transcurrir del Tolima e Ibagué. Estos, entre otros, son los lugares que se niegan a desaparecer, al menos en los avisos antiguos florecientes de la Casa de Gómez Ramírez.
Lo que es gozar y aprender
Aunque hasta el momento no están claro los objetivos que persigue el propietario de esta casa que en su patio interior alza una recepción de mariposas que revolotean por los ocobos y la holografía del nevado del Tolima cuando la nieve cubría todo el domo del edificio volcánico, podríamos decir que este lugar debe servir no solo como un lugar de encuentro permanente de recuerdo, sino también como un centro de educación, cultura, recreación y goce artístico.
De allí, que nos atrevemos a manifestar que podría convertirse en un establecimiento de investigación, de conservar el patrimonio cultural e inmaterial asociado a la estructura y a sus antiguos habitantes.
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Igualmente, para acercar al público a la historia y a la vida de figuras clave de forma didáctica y expansiva como punto de identidad y memoria local y regional para salvaguardar la memoria colectiva del territorio y su comunidad.
Dentro del imaginario de usos, se podría pensar en la construcción de un centro educativo de estudiantes, profesores y personas interesadas en expandir sus conocimientos de historia regional y local, aprovechando el material recolectado y la amenidad del lugar.
También como un ingrediente de turismo cultural que impulse el desarrollo económico y turístico de la región.
Entender que las casas museo no son simples contenedores de objetos antiquísimos; son espacios cargados de una atmósfera emocional única que trasciende lo puramente expositivo y nos traslada a ensueños vividos en épocas anteriores.
Los momentos históricos congelados
Entrar en una casa museo equivale a cruzar un umbral temporal e imaginario que nos invita a recordar una obra emblemática, el sillón donde descansaba un pensador o la ventana desde la cual se observaron acontecimientos decisivos permiten al visitante conectarse de forma tangible con momentos cruciales de la historia, como la celda de Quintín Lame en el panóptico de Ibagué.
Existe en estos lugares un fenómeno que el filósofo Walter Benjamín llamaba la preservación del "aura". Las huellas del uso diario —el desgaste de un peldaño de madera, la sombra de una fotografía en la pared, el olor a papel viejo— despiertan una profunda nostalgia por tiempos idos y por la fragilidad de la existencia humana.
Y esta es el “aura” que debemos conservar, que no huya, pero para eso se necesitan recursos; consideramos que las administraciones municipal y departamental deben contribuir a este buen suceso, no solo depender del bolsillo generoso de Samuel Gómez Ramírez.
Entretanto, lancemos plegarias al cielo para que este proyecto se encarrile bien y llegue a la estación pensada.
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