Destacadas
Y después del terremoto, el ‘Niño’
Por Guillermo Pérez Flórez
El Niño se consolidó a mediados del año, anticipándose tres meses a lo previsto. Los modelos climáticos estiman, con una probabilidad superior al 90%, que las condiciones cálidas persistan hasta el primer trimestre de 2027, e incluso, que este evento meteorológico continúe activo durante el primer semestre de ese año.
Entre octubre y diciembre próximos, alcanzaría una categoría de “muy fuerte” y podría convertirse en un evento histórico que supere en intensidad a los registrados desde 1950, con un aumento de temperatura de 2.0º C y 3.0º C por encima de lo habitual.
El IDEAM señala que las mayores anomalías térmicas y olas de calor ocurrirán en las regiones Pacífica, Andina y Caribe; y que habrá una disminución de las lluvias por debajo de los promedios históricos, lo cual generará estrés hídrico severo.
- Puede leer: Premiar a los ricos, castigar a los pobres
¿Qué significa lo anterior?
La consecuencia más importante, es la reducción de caudales en ríos y quebradas, y el descenso del nivel de los embalses, lo cual pone en riesgo el suministro de agua potable. Bogotá padeció, hace dos años, los efectos de una crisis similar, y tuvo racionamiento de agua entre el 11 de abril de 2024 y el 12 de abril de 2025. Es una situación muy reciente para que se nos olvide.
Se pueden presentar casos de desabastecimiento crítico y racionamientos en muchos municipios de Colombia, afectando, principalmente, a las poblaciones rurales que carecen de infraestructura hídrica. Y, dado que entre el 66% y el 68% de la energía en Colombia se genera con hidroeléctricas, la sequía reducirá la oferta de energía, y provocará incrementos severos en las tarifas. No se requiere ser experto para entenderlo.
El déficit de lluvias reducirá el rendimiento agropecuario; causará pérdidas en cultivos transitorios y permanentes (como maíz, arroz, plátano, yuca, hortalizas y frutales), y disminuirá la disponibilidad de pastos para la ganadería de leche. La oferta de alimentos se contraerá y elevará los precios de la canasta básica. Vamos a tener inflación por alimentos. La combinación de altas temperaturas y sequedad de bosques y pastos aumentará drásticamente la frecuencia de incendios forestales, tal cual lo hemos visto en Tolima y Cauca este mes. Las altas temperaturas aceleran el ciclo de reproducción de mosquitos y acortan el periodo de incubación de virus como el dengue, zika y chikungunya. Y no sigo, para no angustiarlos.
El cuadro es casi apocalíptico. Estamos comprobando una realidad que conocemos desde hace ya varios años y que nos negamos a aceptar: no estamos preparados para enfrentar crisis climáticas ni para gestionar desastres. De hecho, cada vez que se presenta alguno tenemos que improvisar.
El desorden climático es una realidad, no una estafa como suele decir el presidente Trump. El Niño es un fenómeno antiguo, lo nuevo es que se está volviendo más intenso, severo y prolongado en su evolución. Y todo parecería indicar (aunque no existe suficiente evidencia científica) que los ciclos de ocurrencia se han acortado, lo cual hace más graves sus impactos, la tierra no alcanza a recuperarse plenamente, cuando se produce una nueva crisis.
- Además: Y ahora, mirar hacia el Pacífico
Un problema de orden mundial
En España, por ejemplo, este año han ardido más de 295.405 hectáreas (hasta este 27 de agosto), una cifra por encima de la media de los últimos 20 años. Un 180% más, según el Sistema de Información Europeo de Incendios Forestales (EFFIS). En total 427 incendios, sobre un promedio de 225, lo cual representa un incremento de más del 300% desde el inicio del verano. Según un informe de El País, en el conjunto de la Unión Europea, la superficie quemada asciende a 601.015 hectáreas, ello significa 225.470 por encima de la media.
El Gobierno británico, a su vez, prepara una campaña de prevención ciudadana ante posibles emergencias. Entre sus recomendaciones está tener reservas de alimentos enlatados y agua embotellada. La campaña busca que los hogares puedan afrontar situaciones como fenómenos meteorológicos extremos, olas de calor y ataques cibernéticos de Estados hostiles.
La lógica es clara: si una parte importante de la población tiene capacidad para afrontar las primeras horas o días de una emergencia, el Estado puede concentrar sus recursos en las personas más vulnerables. Un artículo del periódico The Guardian del miércoles pasado señala que el Gobierno está ampliando su visión frente a distintos escenarios de desastre, después de varios incidentes en el Reino Unido y en otros países. Se busca que el ciudadano tenga una capacidad mínima de autonomía temporal. Se ha entendido que la adaptación climática comienza a formar parte de la política de defensa y seguridad.
¿Qué tan preparada está Colombia?
El terremoto del 10 de agosto ha desnudado nuestras carencias institucionales para la atención de emergencias y desastres, y mostrado también la importancia que tiene el empalme entre el gobierno saliente y el entrante. Fue un acto de absoluta irresponsabilidad no hacerlo.
El fanatismo del señor Carlos A. Lucio, asesor especial del presidente De la Espriella, argumentó que el empalme no podía darse porque el Gobierno de Petro era corrupto, y que él tenía preparada el Arca de Noé; le hizo un flaco favor al país y al Gobierno.
Tres días después de posesionado De la Espriella, cuando él y su equipo no habían terminado los festejos, a raíz del terremoto vimos un cuadro patético: un presidente y unos ministros que no sabían qué hacer, adonde ir, ni en dónde reunirse, si en Barranquilla o en Bogotá. Se llegó al colmo de que el presidente fuera al Chocó a repartir balones de fútbol con publicidad política.
De momento, todos hemos puesto los ojos en la desbordante solidaridad de los colombianos. Superricos, ricos y pobres. Una respuesta que muestra lo mejor de nuestro pueblo. De ahí se ha colgado el Gobierno, y exhibe esa solidaridad como si fuese una realización suya.
El presidente y sus ministros podrían modular su obsesión por politizarlo todo y de profundizar la fractura política y social. Se requiere cooperación ciudadana para enfrentar lo que viene, y no la van a tener si persisten en criminalizar a su antecesor y estigmatizar a toda persona que haya trabajado o colaborado con Petro. Por ahí no es la cosa. Del Gobierno se demanda altura de miras, soluciones, no confrontaciones. De eso, estamos hasta la coronilla.
El problema no es que llegue El Niño. El problema es que, sabiendo que ya llegó, volvamos a improvisar. A diferencia del terremoto, este es absolutamente previsible, igual que sus consecuencias. Se requiere un plan para encararlo, y de momento éste aún no se conoce.
Epílogo local
Las medidas anunciadas en el Tolima por el presidente el pasado jueves, a instancias de la gobernadora Adriana Matiz, son positivas. Hay que reconocerlo. Sin embargo, son reactivas. Se necesita una estrategia para prevenir y concientizar a la ciudadanía y a los gobiernos locales de la importancia del agua.
Dejo dos datos: El río Combeima, que surte el 80% del acueducto de Ibagué, ha disminuido su caudal un treinta por ciento: de 4.000 metros cúbicos por segundo, ha bajado a 2.500. Y otro dato: del total de agua que se potabiliza, se pierde el 52%. Esto le cuesta a la ciudad ¡30 mil millones de pesos al año! ¿En qué estamos?
(CO) 313 381 6244
(CO) 311 228 8185
(CO) 313 829 8771