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Indalecio Liévano Aguirre: el descubridor de la nueva historia
Por Alberto Santofimio Botero*
Conocí a Indalecio Liévano Aguirre en la librería de don Salomón Lerner, en la calle 14 con carrera sexta de Bogotá, en la vecindad del claustro colonial del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario donde cursé mis estudios de jurisprudencia luego de haber concluido el bachillerato en filosofía y letras en esa misma institución, bajo la rectoría del formidable humanista Monseñor José Vicente Castro Silva.
La naciente librería Lerner se había convertido prontamente en punto de encuentro de conversación fluida, de escritores, políticos, periodistas, economistas, poetas de todas las tendencias y jóvenes universitarios habidos de conocimientos y muy inquietos intelectualmente. Allí eran habituales contertulios, colaboradores de la revista Mito, y de las páginas dominicales de los diarios El Tiempo y El Espectador, los cuales funcionaban en ese ese mismo sector en la amplia y confundida avenida Jiménez de Quezada.
Luego pude volver a escuchar a Liévano Aguirre el 20 de julio de 1960, cuando los llamados partidarios de la “Nueva Historia”, descubrieron el busto de José María Carbonell como el “Autentico Prócer de la independencia”. En este acto con palabra firme, fuerte y muy clara Liévano Aguirre expresó su propósito de dedicarse a rescatar la verdadera historia de Colombia, lejos de los cartabones de la historia oficial auspiciada por sucesivos gobiernos.
Más tarde, al inicio de la formidable batalla intelectual, jurídica y política de Alfonso López Michelsen, contra los pactos del Frente Nacional la alternación y la paridad, Liévano Aguirre se coinvirtió en uno de los más importantes lideres del Movimiento Revolucionario Liberal MRL, acaudillado por el conductor a quien llamábamos “El compañero jefe” El periódico de la calle fue el medio de comunicación para la expresión de estas ideas de transformación liberal y Nacional, y para empezar a escribir los fundamentos de la nueva historia.
Indalecio Liévano Aguirre y Jorge Gaitán Durán sobresalían por la hondura y libre expresión de su pensamiento crítico en política, instituciones, historia y literatura. Alberto Zalamea hizo parte también de aquel grupo, siguiendo la huella de su padre Jorge Zalamea el gran poeta y escritor cuyo prestigio intelectual se consagró desde los tiempos de la Revolución en Marcha del presidente Alfonso López Pumarejo.
Alberto Zalamea fue director de las revistas Semana, en su época más estelar y de la Nueva Prensa y finalmente de la legendaria revista Cromos al final de su brillante recorrido político periodístico y diplomático.
Este agudo y lúcido escritor y periodista, escribió entre sus recuerdos, que fue en un almuerzo en el hotel Tequendama cuando le propuso a Indalecio Liévano que se dedicara a escribir una historia de Colombia para ser publicada en entregas especiales en la revista Semana por él dirigida. Puntualmente dice Alberto Zalamea: “En el salón Esmeralda del Hotel Tequendama, que en los almuerzos servía para encuentros políticos y en las noches se convertía en escenario de la vida social bogotana, le propuse a Indalecio que escribiera una historia de Colombia para publicar como folletón quincenal de Semana”, entonces bajo la dirección. La idea lo entusiasmó. Entre otras cosas porque ya la había iniciado, y su publicación con difusión asegurada, a un nivel apreciable de cantidad y calidad, le garantizaba un merecido y triunfal retorno. Así fue. La publicación, en Semana y La Nueva Prensa, de los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia se convertido en un acontecimiento nacional e internacional, y en una de las bases fundamentales del éxito del grupo, y naturalmente constituyo una espléndida y merecida reivindicación intelectual para el notable historiador y político.
“Semana dijimos entonces, cada vez más convencida de que Colombia se encuentra literalmente en una encrucijada de su historia y que en el transcurso de estos años el pueblo colombiano habrá de decidir si entrega otra vez blandamente su destino a los mismos que engañándolo durante lustros, lo condujeron a los más atroces sufrimientos, y teniendo en cuanta que para comprender el presente y proyectar sobre el futuro es indispensable el conocimiento exacto de las verdaderas corrientes económicas, sociales e intelectuales que integraron en el pasado el contexto de la sociedad en que hoy vivimos, ha contratado con el escritor e historiador Indalecio Liévano Aguirre la publicación de su última obra inédita: Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia.
“Semana iniciará, así, la edición ilustrada de esta nueva historia colombiana en su primer número de septiembre y la prolongará, quincenalmente, hasta el mes de julio de 1960 en que se cumplirá el sesquicentenario de la Republica.
Semana cree que no podrá contribuir en mejor forma a la celebración de una fecha en la que las nuevas fuerzas de la nacionalidad y estarán seguramente presentes en todos los ámbitos del país.
“No obstante que el país ha contado siempre con un grupo nada escaso de hombres cultos y de brillantes inteligencias, poco ha logrado progresar en la tarea decisiva de elaborar una historia nacional escrita que no sea, como lo ha sido hasta ahora, una mera recolección de anécdotas ordenadas cronológicamente o en un relato rutinario y poco veraz de la controversia de los dos partidos tradicionales por supuestos principios filosóficos. El peligroso divorcio que ha existido tradicionalmente entre el pueblo colombiano y las clases políticas y sociales que han desempeñado la tarea de dirigirlo, en nada se revela mejor que en la forma como ha sido escrita la historia nacional, ella parece un territorio reservado para las aspiraciones o las hazañas de una minoría que por no haber logrado representar auténticamente la realidad nacional, ha comunicado a la historia vivida, y también a la historia escrita, un espíritu de franco distanciamiento y lejanía de todas las aspiraciones y necesidades de nuestro pueblo. Frecuentemente se ha acusado a los colombianos de no tener memoria y la parte de verdad que pueda haber en este cargo depende de la manera deficiente como ha sido registrado el pasado de la Nación. La historia es la memoria de los pueblos.
La tarea de creador de la nueva historia, Indalecio Liévano Aguirre no tiene precedentes. En sus escritos sobre salen unos perfiles de juiciosa investigación, objetivo análisis e independencia critica admirable. Con libertad intelectual, lejos de sectarismos heredados, Liévano Aguirre rescató en su luminosa biografía de Rafael Núñez, la reforma política de este y el contenido de liberalismo filosófico que sin duda tuvo el reformador del Cabrero en momentos estelares y decisivos de su empeño reformista y de su ejercicio del gobierno.
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En el prólogo escrito por el expresidente Eduardo Santos, para la obra Rafael Núñez de Indalecio Liévano Aguirre, el autor emprendió una especie de reconciliación del partido liberal con la figura histórica del varias veces presidente Rafael Nuñes y de su gran reforma política.
Es indudable que gracias al libro que en plena juventud escribió Liévano Aguirre fue el punto de partida con el respetable apoyo de Santos para emprender un camino del indudable espíritu liberal de Núñez, y del error histórico de los jefes del radicalismo liberal del siglo XIX al apartarse de forma intransigente de las grandes reformas que Colombia reclamaba con angustia luego del fracaso de la constitución del 63. Con espíritu liberal, con patriotismo e interpretando el sentir Nacional de su tiempo, Núñez como lo reconoce y lo exalta Liévano Aguirre logró las grandes reformas y la consagración de la libertad y el orden en la Constitución de 1986.
Con una visión formidable de las realidades históricas Liévano Aguirre dijo en palabras que no pierden vigencia: “Si los colombianos no logramos un consenso de propósitos afines que nos permita trabajar asociados para conseguir el engrandecimiento nacional; si optamos por ahondar nuestras rencillas internas y por agruparnos, como batallones enemigos, alrededor de discrepancias que obedecen con frecuencia a intereses ajenos y gastados clichés y no auténticas cuestiones de los problemática nacional nos expondremos conscientemente, como ya nos ocurrió en el siglo XIX, a quedar sumergidos en las arenas movedizas del atraso y de la obsolescencia productiva.
Tanto en la ardorosa lucha política, como uno de los grandes capitanes del movimiento revolucionario liberal, como en el gobierno del Mandato Claro del presidente Alfonso López Michelsen, en cuyo primer gabinete compartimos responsabilidades de gobierno como ministros de relaciones exteriores y de justicia Liévano Aguirre y yo, siempre advertí en la responsabilidad para opinar, el fundamento para debatir y el talento superior para brillar con la razón de sus argumentos. No en vano López Michelsen afirmo en una ocasión:” Indalecio Liévano Aguirre diagnosticó, con la experiencia de las responsabilidades administrativas, la necesidad de buscar una nueva tierra prometida, en donde el estado dejara de ser un factor esterilizante de la actividad privada.”
Antes de que sucediera su inesperado fallecimiento en marzo de 1982, Liévano Aguirre pronuncio un discurso que se convirtió en un legado a las nuevas generaciones sobre lo que era en ese preciso instante su pensamiento sobre la realidad política, económica y social de la patria colombiana.
Dijo entonces con énfasis y claridad lo siguiente: “La democracia republicana ha requerido siempre de un acuerdo mínimo sobre ciertas cuestiones esenciales de la sociedad. Ha funcionado eficientemente en las naciones que la han practicado, cuando en ellas se ha efectuado, expresa o tácitamente, un deslinde entre las materias que pueden y deben ser motivo de controversia y aquellas en las que se parte del supuesto de que no están sujetas a disputa, porque constituyen pilares sobre los que descansa la fábrica misma de la sociedad. Cuando este acuerdo se ha logrado en una nación, sus instituciones democráticas operan con fluidez y la operación eficiente del gobierno correspondiente a las épocas doradas de las democracias ejemplares. Así mismo, se podría decir que el preludio de sus crisis ocurre cuando la totalidad de su estructura social se convierte en materia que abruptamente es posible impugnar y se impugna; entonces, la sociedad se polariza en fracciones que, por anticipado, obstruyen las vías de compromiso y la vida política se impregna de tensiones y antagonismos radicales, difícilmente compatibles con el funcionamiento de instituciones republicanas.
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Si la Nación colombiana se ha caracterizado por los esfuerzos realizados para buscar, en cada generación, progresos efectivos en su organización económica y social- de manera que en ella no han prosperado sistemas despóticos destinados a legitimar desigualdades e injusticias buscadas deliberadamente, mal puede pensarse que resulta imposible lograr en nuestra época sin que ello implique la obstrucción de la controversia legitima de los partidos – un consenso social fundado en soluciones equitativas para las justas aspiraciones de los diferentes sectores y clases de la sociedad. A este desenlace, sin embargo, no se llega por obra del ocaso. El asentimiento colectivo indispensable para distribuir las cargas y los beneficios en una sociedad no es fácil de obtener cuando falta a sus gentes la adhesión entusiasta a una meta superior a fugaces egoísmos y capaz, por lo mismo, de inducirlas a aceptar el aplazamiento de aspiraciones o los sacrificios a que obliga toda empresa de desarrollo. “Suscitar este aglutinamiento de esfuerzos comunes en la función que justifica la existencia de naciones soberanas como de los sentimientos de la lealtad y patriotismo que ellas reclaman de sus ciudadanos. Si la entidad- nación se convierte, por el contrario, en epicentro de constantes procesos de disolución y anarquía, gradualmente se mengua su función integradora y la propia soberanía queda expuesta a los mayores riesgos. La incapacidad para superar las tensiones internas es la contribución que prestan los Estados jóvenes al fácil afianzamiento de las distintas formas de dependencia colonial.
Construir un gran país, en el que los esfuerzos del pasado y del presente se continúen y proyecten en su importancia futura, es empeño apropiado para una generación y una clase dirigente y el mejor título para defender los intereses nacionales en épocas, como la presente en las que los procesos económicos universales estimulan la primacía de las tendencias cosmopolitas. Es este un tema de meditación para los colombianos en momentos en que las naciones que aspiran a preservar su autonomía, a desempeñar el papel de sujetos activos de la historia y a mantener la posición competitiva de sus economías en los mercados mundiales, exaltan los valores que puedan mantener tensas sus energías colectivas para no quedar rezagadas en un mundo en el que la rápida evolución de la tecnología esta conduciendo a espectaculares cambios en la distribución del poder, de la riqueza y del dominio sobre los recursos naturales y sigilosamente se están creando instituciones que propasan la autoridad de os gobiernos, cuya acción no reconoce fronteras y puede agravar las desigualdades y dependencias que, en el pasado, concentraron el bienestar en áreas reducidas del planeta.
En todo caso, la práctica prolongada del régimen republicano ha madurado políticamente a Colombia y no es fácil que su pueblo sea presa de las aventuras de los violentos. Un gobierno sereno pero firme (………) sabrá hacer respetar, sin estridencias ni demasías, las instituciones que libremente se dio la Republica. Estas instituciones, producto del esfuerzo continuado de la inteligencia nacional, constituyen uno de los factores que invitan a abrigar esperanzas para el porvenir. Ellas no son, exclusivamente, un conjunto de reglas escritas que señalan las competencias entre las ramas del poder público, sino también el instrumento de selección de los conductores de la Republica y la escuela donde ellos se adiestran para el desempeño de sus funciones.
En el curso de los procesos electorales pueden presentarse excesos o errores, pero en esos procesos se disciplina la inteligencia para entender que los problemas nacionales tienen complejidades y matices que no se aprenden en los escritorios y se afina la sensibilidad para auscultar las pulsaciones del organismo nacional cuando se suscitan cuestiones tan importantes como las atinentes a las tensiones que existen, en toda sociedad, entre crecimiento económico y distribución del ingreso y entre libertad e igualdad.”
Existe una prodigiosa coincidencia entre lo afirmado por Liévano Aguirre en el memorable discurso del hotel Tequendama atrás citado, con lo escrito por el en la primera parte de su libro ya varias veces citado aquí. Veámoslo con claridad:
“La conquista y la colonización de América serán objeto de inacabables controversias mientras se persista en descubrirlas como un proceso homogéneo y rectilíneo y no como un conflicto dinámico, dentro del cual las llamadas Leyenda Negra Y Leyenda Rosa representan, apenas, las dos tendencias encontradas que a lo largo de los siglos coloniales inspiraron la gran controversia entre el Estado español y los poderes señoriales de la riqueza.
En relato que vamos a hacer de los episodios estelares de nuestra historia desde la conquista, se podrán percibir los orígenes de esa gran controversia y la manera decisiva como ella ancló en el centro de gravedad de nuestra sociedad el gran debate entre la justicia que defiende a los humildes y todas las formas de opresión que favorecen a los poderosos. Mientras el Estado español se mantuvo fiel a las doctrinas que legitimaban la autoridad por la fiel adhesión de los mandatarios a los principios que los obligaban a la permanente defensa de los humildes y de los oprimidos- como ocurrió en el siglo XVI, el Siglo de Oro, y en parte del XVII-, sus actos de gobierno fueron a la manera de grandes anclas que calaron profundamente en el suelo americano, estableciendo entre el estado castellano y los pueblos nativos, los indígenas del Nuevo Mundo, la formidable solidaridad de la justicia, más recia que la solidaridad derivada del idioma, las costumbres o la religión. Pero el día en que influencias extrañas, llegadas a España con el “ Despotismo ilustrado” de los reyes de la casa de Borbón, variaron las metas históricas de la monarquía y ella dejo de representar la causa de los humildes para convertirse en una maquinaria burocrática sin alma, empeñada en hacer del Nuevo Mundo una mera factoría productora de utilidades para la metrópoli, ese día los pueblos se rebelaron y el viejo espíritu de justicia alumbró de optimismo y de fe los caminos que conducían al grandioso movimiento de la independencia. La república no constituyó, pues, un principio, una primera palabra pronunciada sobre la nada del caos originario, sino un nuevo y magnifico escenario, lleno de posibilidades, en el cual habría de continuar la vieja controversia entre los poderes de la riqueza y el ideal de la justicia que mantiene abiertas, para todos, las puertas de la nacionalidad y sus beneficios. Con la tremenda eficacia perturbadora de los problemas no resueltos, este conflicto repercute todavía, con todas sus consecuencias, en nuestra época.”
Con su estampa y sus finas maneras de aristócrata, con su infaltable pipa de intelectual puro, Liévano Aguirre manejaba con idéntica destreza, lo mismo un dialogo con universitarios, una reunión con mujeres, una sesión de la Academia de Historia, un agitado debate político en el congreso, una conferencia internacional o el intrincado mundo, de encontrados apetitos e intereses, de los famosos “manzanillos” de los barrios populares de la capital de la república. Siempre con una paradójica nerviosa paciencia y alternando tinosamente la severidad con el humor.
Al llegar tempranamente al Congreso de Colombia se intensificaron mis contactos con él. Coincidimos entonces en encontrar en el liderazgo intelectual y político de Alfonso López Michelsen, en su clara concepción del estado y de la sociedad, un fascinante camino de lucha. Participamos juntos en la construcción de la unión liberal y, luego dentro del partido, trabajamos incansablemente hasta ver coronado el objetivo de llevar a López Michelsen a la presidencia de la Republica. Fue un proceso accidentado, complejo pero lleno de enormes emociones, estímulos y retos.
En todos estos memorables episodios, con discreción, inteligencia, olfato y brillos singulares participo Indalecio Liévano Aguirre, dejando siempre en ellos su profunda dimensión intelectual había puesto a prueba sus iluminadas condiciones de escritor y de investigador histórico, en su espléndido libro sobre Núñez y en su valioso estudio sobre el Libertador Bolívar. Pero su obra cumbre sin duda alguna, son sus ensayos sobre sus grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia que lo consagraron, justicieramente, como el audaz innovador de la investigación histórica en Colombia. De su pluma, valerosa y original salieron, los audaces conceptos de la moderna historiografía nacional. El rescate de nuestros auténticos valores y la verdad desnuda de nuestras raíces. La genuina interpretación de Liévano Aguirre de realidades que estaban bien escondidas o tergiversadas, en la hipócrita y acartonada historia oficial, fue precisamente la que le abrió a la opinión un sendero clarificador y una fundamental revisión de la hasta entonces verdad revelada y establecida insistimos, los ensayos de Liévano Aguirre constituyeron en su época de su publicación una poderosa carga dialéctica, independiente y moderna, para definir y enjuiciar nuestro proceso como nación, para derribar mitos de papel y para rescatar valores genuinos y personalidades indispensables de nuestro devenir. Releyendo ahora aquellos sesudos, innovadores y profundos ensayos, se acrecienta nuestro reconocimiento por el fundamental aporte que estos escritos significan para el escrutinio severo y objetivo de la evolución de la realidad social, económica y política de Colombia. Allí esta, sin duda, desentrañada de la parcializada historia oficial nuestra secreta identidad, la clave maestra de nuestra razón como pueblo y de nuestra verdad como nación independiente. Sin falsificaciones, lejos de los intereses creados que quisieron encomendarla siempre a su talante.
Mas allá de las contingencias de lo político que por azares del destino no permitieron a Indalecio Liévano Aguirre llegar a la presidencia de Colombia, como lo merecía y por el contrario enaltecer la lista de quienes señalados para regir los destinos del país no lo lograron. Su gloria consiste en que advirtió a tiempo “que el mundo ha cambiado de piel, que el pasado ha pasado, que, en la niebla de los años, muchas creencias, convicciones, sentimientos y tendencias, se han desplomado en irremediable ruina”.
La consagración definitiva de Indalecio Liévano Aguirre en virtud de sus ensayos, sus libros y la profundidad de su legado lo han consagrado para siempre como el gran descubridor de la nueva historia de Colombia.
Ibagué el Bunde 27 de agosto de 2026.
*Exministro de Estado, Ex senador de la República, Expresidente de la Cámara de Representantes de Colombia, Miembro de la academia de la historia de Cartagena de Indias y miembro de la academia de historia del Tolima.
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