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El Antonio Navarro que conocí
Conocí personalmente a Antonio Navarro cuando aún no tenía entre sus metas ni ser gobernador, alcalde o parlamentario. Por entonces sobrevivía y estuvo buena parte de su tiempo en Ibagué donde habitaban sus progenitores que muchos años antes llegaron a la ciudad en busca de camino y curiosamente fueron acogidos por los padres de Alberto Santofimio Botero en su hogar de La Pola.
Desde entonces se quedaron aquí donde también vivía una hermana y en medio de escritores y conversaciones de mucho interés jugamos con Antonio a una amistad que se iba entre comentarios de libros, anécdotas de su itinerario vital y hasta un viaje al Líbano para conocer la tumba donde estaba Afranio Parra, su antiguo compañero asesinado en Bogotá.
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Organizábamos tertulias musicales donde Augusto Labrador que grababa mi larga duración de canciones y hubo un día en que se fue a cumplir el destino que el país conoce donde se encumbró para ser alcalde de Pasto, Gobernador de Nariño, ministro de salud y directivo político.
A veces en sus cargos hablábamos por teléfono hasta que supimos sus tragedias personales con el hijo que murió y las dolencias que empezaron a afectarlo. Nos dio dolor su partida de este mundo y ante todo examinar cómo en el país se resalta su contribución a la paz y la acción en la junta con Álvaro Gómez y Horacio Serpa para conformar la constitución del 91 que cambió en mucho la república.
Habíamos hablado de hacer un libro sobre su itinerario que quedó pendiente, pero sus ocupaciones impidieron el diálogo para hacerlo. Por fortuna el país conoce de sus pasos, de su contribución a la paz y de su aporte a la verdadera democracia. Lo despedimos desde el alma y nos agrada saber de cómo jamás dejó a un lado sus esfuerzos por el diálogo constructivo ni el deseo de hacer del país algo mejor.
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