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El país de los extraviados

El país de los extraviados

Carátula de la novela de Hernán Estupiñán El país de los extraviados

Por Carlos Pardo Viña

No es novedoso que un crimen termine convertido en literatura. Truman Capote hizo de los asesinatos de la familia Clutter el punto de partida de A sangre fría; Gabriel García Márquez transformó un crimen ocurrido en Sucre en la materia de Crónica de una muerte anunciada; Rodolfo Walsh reconstruyó en Operación Masacre unos fusilamientos clandestinos hasta convertir la investigación en una forma nueva de narrar la violencia. La literatura ha regresado una y otra vez a los crímenes reales porque allí, en ese instante en que una vida puede ser arrebatada por otra, aparecen preguntas que difícilmente pertenecen a la policía, los tribunales o los periódicos.

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Y es justamente en esas preguntas, donde habita la más reciente novela de Hernán Estupiñán El país de los extraviados.

Hernán es periodista. Lo ha sido toda su vida. Ha ganado en varias ocasiones el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Pero también es escritor. Sobre todo, escritor. Su novela El Nuevo Reinno, obtuvo en España el Premio de Novela Salvador García Aguilar en 2007; Tolstói o el arrepentimiento recibió en 2012 el premio internacional de Novela Héctor Rojas Erazo. A esos títulos se suman Bach o la lluvia tardía, No pregunten por Katina, La entretarde y Como una nube, tus rebeliones. En varias de sus obras aparecen preocupaciones que vuelven con fuerza en esta, su octava novela: la fe cristiana, la memoria, la violencia colombiana y la necesidad de interrogar moralmente la historia.

En El país de los extraviados, Estupiñán usa el secuestro y posterior asesinato del joven misionero Chester Allen “Chet” Bitterman, en 1981, como puerta de entrada a sus propias preguntas: ¿Qué queda de nuestras convicciones cuando somos llevado al límite? ¿Puede seguir hablando de perdón quien ha sido víctima de la violencia? ¿Dónde comienza la libertad? ¿Dónde se aloja la fe cuando nuestro mundo se desmorona?

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El crimen del misionero fue noticia, pero Estupiñán se aparta de la simple reconstrucción del caso y la convierte en literatura: fragmenta la historia, multiplica las voces, rompe la linealidad del relato y hace que hablen el secuestrado, la mujer que espera, los captores, el investigador y, de pronto, también La Puerta, La Verdad, La Luz, El Pan, El Camino o La Vida. El crimen deja de ser solamente un hecho y se convierte en un territorio que puede recorrerse desde distintos lugares.

Hay además una apuesta por el lenguaje que aleja la novela de la crónica judicial. En El país de los extraviados, la poesía termina siendo también una geografía del conflicto. Los ríos pueden ser “escarcha de los árboles” o “sudor de las montañas”; los ojos adquieren colores morales; el odio pesa, tiene olor y sabor; una claraboya puede dejar de ser simplemente una salida y convertirse en la frontera entre el cautiverio y un imaginado País de la Libertad. La violencia ocurre en un país de selvas, montañas, lluvias, soles y ciudades, pero Estupiñán parece empeñado en recordarnos que ninguna geografía es inocente cuando ha sido atravesada por el miedo.

Y quizá sea esa búsqueda la que verdaderamente sostiene la novela. Todos buscan algo. La policía busca al secuestrado. Juliana busca a Johan, el misionero, y después, una manera de conservarlo. Johan busca una salida de su prisión, pero también a Dios en medio de su silencio. Aleluya, el guerrillero que se debate entre la revolución y su fe, el comandante, todos, buscan. De una manera u otra, todos buscan certezas. En este país de truenos, todos lo hacemos sin saber, quizá, que el único milagro que podrá salvarnos es el tiempo.

Hernán Estupiñán presentará El país de los extraviados en el Festival Internacional del Libro del Tolima, este jueves 1 de octubre, a las 2:00 p. m., en la sala Hugo Ruiz del Centro de Convenciones Alfonso López Pumarejo, en Ibagué.

Será una buena oportunidad para conversar con el autor sobre esta novela que parte de una herida de la historia colombiana para preguntarse por la violencia, la fe, la libertad, el perdón y la difícil tarea de encontrar un camino cuando pareciera que todos estamos, de alguna manera, extraviados.

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