Actualidad
“El día en que terminó el poder”, una novela nacida en nuestra tierra
Por Humberto Leyton
Para El Cronista.co reviste especial significación registrar la presentación de “El día en que terminó el poder”, la nueva novela del abogado y escritor Edgardo Ramírez Polanía, columnista semanal de este medio y autor de una obra literaria que durante años ha transitado entre la memoria, la historia, la reflexión y las contradicciones de la condición humana.
No se trata solamente de la aparición de un nuevo libro. Para quienes hacemos periodismo desde el Tolima existe una circunstancia que merece destacarse. Buena parte de esta novela nace y transcurre en nuestra propia geografía. El Espinal, El Guamo e Ibagué dejan de ser simples nombres sobre un mapa para convertirse en escenarios humanos donde discurren la infancia, las diferencias sociales, los afectos, las luchas políticas, los ascensos, las derrotas y, finalmente, la inexorable acción del tiempo.
Ramírez Polanía ha querido volver literariamente a la tierra de sus orígenes para rescatar personajes, paisajes, costumbres y formas de vida que pertenecen a la memoria de una región. Pero su propósito va más allá de la evocación. La novela plantea una pregunta antigua y siempre vigente acerca de lo que ocurre con el ser humano cuando alcanza el poder y, sobre todo, cuando comienza a perderlo.
El personaje central recorre un largo camino desde una infancia en la que el poder y los apellidos marcaban las diferencias sociales hasta los espacios de la actividad pública. Conoce el reconocimiento, las multitudes, las adhesiones y las confrontaciones. Pero también conoce la prisión, la enfermedad, la soledad y ese momento inevitable en que las llamadas comienzan a disminuir y otros nombres ocupan los lugares que alguna vez parecieron reservados para siempre.
Allí reside uno de los mayores sentidos de la obra. El poder rara vez desaparece en un instante. Generalmente se aleja de manera silenciosa. Un día deja de llegar una invitación, después una reunión se celebra sin quien antes parecía imprescindible, más tarde nuevas generaciones ocupan los escenarios y finalmente el hombre descubre que la vida continuó sin detenerse a esperarlo. Es una reflexión que merece ser escuchada, especialmente por quienes apenas comienzan a recorrer los caminos de la vida pública.
Con demasiada frecuencia se confunde el poder con la permanencia. Quien lo alcanza puede llegar a imaginar que también ha conquistado el tiempo. Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que los cargos cambian de dueño, las fortunas pasan a otras manos, los nombres pierden resonancia y las multitudes encuentran nuevos protagonistas. El poder es, quizá, una de las posesiones más contradictorias del ser humano. Mientras se tiene parece definitivo y solamente cuando comienza a desaparecer se comprende su fragilidad.
Por eso la novela no está escrita con la pretensión de dictar lecciones, sino de dejar preguntas sobre la manera como debe ejercerse la autoridad, cuánto puede sacrificar el ser humano en su conquista, qué ocurre con las lealtades cuando desaparecen los privilegios y qué queda del hombre cuando ya no tiene un cargo, una tribuna o una multitud que lo escuche. Por encima de todo queda planteado un interrogante esencial sobre la huella que cada ser humano deja después de su paso.
Esa mirada le concede a “El día en que terminó el poder” una dimensión que trasciende el relato político. No estamos solamente frente a una novela sobre dirigentes, partidos o confrontaciones públicas. Estamos ante una narración sobre la familia, la dignidad, la educación, la lealtad, la ambición, la enfermedad, la vejez y la memoria, experiencias que terminan por igualar a los seres humanos más allá de sus posiciones y circunstancias.
También resulta valioso que estas reflexiones surjan de una obra profundamente vinculada al Tolima. Durante demasiado tiempo se ha pensado que la literatura de las regiones ocupa un lugar secundario frente a aquella que nace en las grandes ciudades. Nada más equivocado. Los pueblos, las provincias y las pequeñas geografías contienen también las grandes preguntas de la humanidad, porque el amor, la ambición, la dignidad, la lucha por el reconocimiento y la fugacidad del poder no necesita capitales ni grandes escenarios para alcanzar dimensión universal.
De allí que para este medio resulte particularmente grato que uno de sus columnistas lleve a la literatura escenarios, recuerdos y voces de nuestra tierra. El periodismo registra el presente y muchas veces debe hacerlo con la urgencia de cada día. La literatura posee otro tiempo. Puede recoger aquello que la noticia apenas alcanza a registrar, preservarlo de la fugacidad y entregarlo después a generaciones que no conocieron directamente los acontecimientos, los personajes ni los ambientes que dieron forma a una época.
Tal vez allí se encuentre uno de los mayores valores de “El día en que terminó el poder”. Dejar a las nuevas generaciones no una fórmula para conquistar el poder, sino una reflexión mucho más necesaria sobre la responsabilidad de ejercerlo y, llegado el momento, sobre la sabiduría de saber abandonarlo.
Porque los cargos terminan, los aplausos se apagan, las multitudes se dispersan y otros nombres ocupan las plazas. El tiempo, que nunca ha reconocido jerarquías, termina colocando al poderoso y al humilde frente a una misma verdad. Al final, lo que permanece no es cuánto poder se tuvo, sino la huella que se dejó mientras estuvo en nuestras manos.
- Lea también: El país de los extraviados
Este es, el retrato somero de una novela que puede llamar la atención a los legos, a quienes sienten interés y a los que viven de la política, que será presentada por su autor Edgardo Ramírez Polanía, este miércoles 30 de octubre, a partir de las 7:00 de la noche, en el salón Eduardo Santa del Centro de Convenciones Alfonso López Pumarejo de la gobernación, en el marco de la programación del Festival Internacional del Libro del Tolima (FELIT).
(CO) 313 381 6244
(CO) 311 228 8185
(CO) 313 829 8771