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Adiós, doña Hilda Martínez de Jaramillo
Por: Edgardo Ramírez Polanía
La imperiosa muerte visitó a Hilda Martínez de Jaramillo, cuando recién había cumplido los 100 años. Como una premonición Alberto Santofimio Botero hace poco le había escrito una elegía en que la felicitaba por sus ejecutorias y su larga vida.
Se fue serena hacia la eternidad mientras un coro de ninfas cantaba la canción de los dolores vencidos, los éxitos obtenidos y los favores ofrecidos a las gentes del Tolima, donde dedicó gran parte de su existencia.
Fue una mujer que luchó con dignidad su posición, en una época en que no eran tenidas en cuenta en la política y se impuso en distintas posiciones de elección popular, para servir con instituciones médicas y educativas al lado de su esposo el doctor Alfonso Jaramillo Salazar ex gobernador del Tolima y ex ministro de Salud.
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Doña Hilda, no necesitó nada distinto sino la gratitud de quienes ayudó. Esa inmortalidad que continúan viviendo en las generaciones que ayudó a formar, en los sufrimientos que contribuyeron a aliviar y en los afectos que supieron despertar en las comunidades del Tolima donde trabajaron desde la alborada hasta la salida de las estrellas en el Tolima y Bogotá.
Pedimos, que las montañas eternas del Tolima, guardianas de tantas historias humanas, reciban el eco de su despedida. Que los vientos de sus cordilleras lleven su nombre hacia los valles donde transcurrieron sus luchas. Que las aulas del Externado Popular de Bachillerato, el Hospital del Líbano y las instituciones vinculadas a sus esfuerzos conserven, más allá de las generaciones, el testimonio de su existencia luminosa.
Y que, en ese misterio insondable donde terminan las preguntas de los hombres y comienza el silencio de la eternidad, vuelva a encontrarse con el doctor Alfonso Jaramillo Salazar, el compañero de sus días, para continuar aquel diálogo de amor y de ideales para un mundo mejor, que la muerte interrumpió, pero que la memoria se resiste a dar por terminado.
Doña Hilda ha muerto, después de contemplar durante cien años el espectáculo grandioso y doloroso de la vida. Quedaron los recuerdos, esas pequeñas llamas que sobreviven a las tempestades de la existencia y que, en la soledad de los años, adquieren la intensidad de las cosas eternas.
Pero no todo ha muerto con ella. Quedan sus obras, sus hijos, sus afectos y su nombre. Esa conciencia que recuerda su generosidad, porque mientras las generaciones encuentren en su ejemplo una razón para servir y mientras el Tolima conserve la memoria de quienes contribuyeron a engrandecerlo, esa existencia no habrá terminado.
Se despide una parte de su memoria, una expresión de su historia social y política y un testimonio de aquella generación que creyó en la educación, en las instituciones y en la posibilidad de construir una sociedad más justa y más humana.
Dicen que la muerte solamente vence a quienes pasan por el mundo sin dejar una huella, y doña Hilda Martínez de Jaramillo dejó la suya en el pentagrama de las estrellas y en el corazón de las gentes del Tolima.
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