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Opinión

¿Queremos formar colombianos para Colombia o europeos para el 2040?

¿Queremos formar colombianos para Colombia o europeos para el 2040?

Por: Oscar Augusto Sotomayor Uribe

*Abogado, Oficial (RVA), doctorando en Derecho, magíster, especialista, investigador y docente universitario. 


La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es una organización intergubernamental que produce datos comparables, análisis y recomendaciones para orientar políticas públicas. En educación, sus informes permiten observar acceso, permanencia, condiciones docentes y resultados de aprendizaje entre países y economías. Para Colombia, la OCDE debe ser una fuente técnica para comprender dónde estamos y qué debemos mejorar, no un catálogo de modelos para copiar.

La discusión resulta pertinente después de la 13.ª Cumbre Líderes por la Educación, organizada por Revista SEMANA y Semana Educación, donde se planteó una pregunta provocadora: ¿qué deberían aprender los jóvenes en Colombia para prosperar en 2040? La respuesta no puede consistir en convertir a Colombia en Finlandia, Alemania, Suiza o Noruega. Podemos estudiar sus experiencias y aprender de ellas, pero no trasladar mecánicamente sistemas construidos sobre historias, instituciones, economías y condiciones territoriales diferentes.

Colombia tiene 32 departamentos, profundas brechas urbano-rurales, comunidades indígenas y afrodescendientes, territorios afectados por décadas de violencia y regiones donde la conectividad y la infraestructura educativa siguen siendo insuficientes. Por eso, antes de preguntar qué necesita aprender un estudiante colombiano de Helsinki o Berlín, deberíamos preguntarnos: ¿qué necesita aprender un joven de Planadas, Chaparral, Urabá, Quibdó, Mitú, Inírida, Buenaventura, Leticia o Bogotá para construir su proyecto de vida?

Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE en septiembre de 2026, ofrecen una fotografía que no podemos ignorar. Colombia obtuvo 414 puntos en ciencias, 399 en lectura y 381 en matemáticas, frente a promedios OCDE de 482, 461 y 463, respectivamente. En resolución computacional de problemas obtuvo 432 puntos, frente a 500 del promedio OCDE. En ciencias, 50,1 % de los estudiantes colombianos se ubicó por debajo del nivel 2, mientras apenas 0,8 % alcanzó los niveles superiores 5 o 6. En matemáticas, solo 29 % alcanzó al menos el nivel 2. La OCDE señala que entre 2022 y 2025 los cambios en Colombia no fueron estadísticamente significativos en ciencias, matemáticas ni lectura.

PISA no señala culpables; señala resultados. Y esos resultados obligan a mirar el sistema educativo completo.

Education at a Glance 2025 muestra otro dato que debería hacernos pensar: Colombia tiene 1.000 horas anuales de instrucción obligatoria en primaria y 1.200 en secundaria baja, frente a promedios OCDE de 804 y 909 horas. Tenemos muchas horas de escolaridad; el desafío consiste también en preguntarnos qué ocurre pedagógicamente durante ellas.

Las condiciones materiales importan. En PISA 2025, 63 % de los estudiantes colombianos estaba en instituciones cuyos directivos reportaron que la falta de materiales educativos obstaculizaba la enseñanza en alguna medida, mientras 62 % estaba en instituciones donde la falta de infraestructura física constituía una dificultad. No podemos exigir los mismos resultados cuando las condiciones de aprendizaje son tan desiguales.

Aquí debemos hablar de los maestros. Dignificar al docente es indispensable; idealizarlo, no. La inmensa mayoría cumple una función esencial en la formación y construcción del conocimiento. Pero, como ocurre en cualquier profesión, las prácticas pedagógicas deben poder examinarse críticamente. Un docente puede tener convicciones políticas; lo pedagógicamente problemático sería utilizar la autoridad académica para convertir el aula en un espacio de adoctrinamiento político, sustituyendo el conocimiento, la argumentación y la evidencia por la imposición de una visión ideológica.

La escuela y la universidad deben formar ciudadanos capaces de pensar, disentir, investigar y argumentar. La libertad de cátedra no equivale a licencia para imponer una doctrina. La pluralidad significa enseñar a contrastar las posiciones con evidencia, contexto histórico, argumentos y pensamiento crítico.

Hay otro desafío inevitable: la inteligencia artificial. En PISA 2025, 56 % de los estudiantes colombianos afirmó utilizar chatbots de IA para ayudarles a aprender al menos una vez por semana, frente al 46 % del promedio OCDE. El 45 % los utiliza para investigación preliminar, 39 % para resumir textos y otro 39 % para redactar trabajos.

La respuesta no puede ser prohibir la tecnología ni entregarle el proceso educativo. Debemos enseñar a utilizarla. Pero antes hay que enseñar a leer, escribir, argumentar, investigar, verificar fuentes, resolver problemas y pensar críticamente. Una inteligencia artificial puede redactar una respuesta; no puede reemplazar la responsabilidad intelectual del estudiante ni el juicio pedagógico del profesor.

PISA 2025 también muestra fortalezas. En Colombia, 86 % de los estudiantes afirmó que, en la mayoría de las clases de ciencias, el profesor muestra interés por el aprendizaje de cada estudiante; 81 % señaló que el docente continúa enseñando hasta que los estudiantes comprenden y 86 % que brinda ayuda adicional cuando la necesitan. No estamos ante una educación sin fortalezas, sino ante un sistema que necesita convertir mejor sus esfuerzos en aprendizajes.

Por eso Colombia requiere una política de Estado educativa con horizonte 2040: cerrar brechas territoriales; fortalecer ciencias, matemáticas y lectura; mejorar la formación docente; conectar la educación técnica, tecnológica y universitaria con las transformaciones del empleo; impulsar ciencia e investigación; garantizar conectividad e infraestructura; incorporar responsablemente la inteligencia artificial y proteger el aula como espacio de conocimiento, pluralismo y pensamiento crítico.

No necesitamos formar jóvenes para abandonar Colombia. Necesitamos formar colombianos capaces de competir con el mundo sin dejar de comprender su territorio; científicos que puedan investigar aquí; técnicos y tecnólogos que transformen sus regiones; ciudadanos capaces de disentir sin destruir al otro; y profesionales que encuentren razones para quedarse.

La pregunta para 2040, entonces, no debería ser qué país extranjero debemos copiar. Debería ser otra:

¿Qué tipo de colombiano necesita Colombia formar para prosperar? 

Porque educar no es llenar cabezas de información, producir títulos ni imponer ideologías. Educar es construir conocimiento, formar criterio y ampliar la libertad intelectual de quien aprende.

Si Colombia logra hacerlo, quizá en 2040 no tengamos que preguntarnos cómo parecernos a Finlandia, Alemania, Suiza o Noruega. Podremos preguntarnos, por fin, cómo convertirnos en la mejor versión educativa de Colombia.

 

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