Nación
Didier Lobo: la batalla para apagar el abuso tarifario en el Caribe
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El sol de Valledupar no perdona; quema la piel, aturde la calle y fulmina el bolsillo. Encender un simple ventilador en esta tierra dejó de ser un alivio básico para convertirse en un lujo que aterra. Justo en el corazón de este infierno climático y financiero, el Senador Didier Lobo ha clavado una postura contundente desde el primer minuto, liderando una cruzada política sin cuartel para frenar en seco los abusos de la empresa Afinia, un cobro eléctrico desmedido que él mismo denuncia como un saqueo inaudito contra el pueblo costeño.
La cotidianidad aquí, bajo los 38 grados centígrados que agrietan el pavimento de las avenidas, se volvió una matemática cruel. En los barrios populares y en las zonas comerciales del Cesar, la factura de la luz llega deslizada por debajo de la puerta como una sentencia de embargo.
Los pequeños emprendedores, aquellos que sudan la gota gorda para mantener a flote sus negocios locales, viven una agonía silenciosa y constante. Mantener una nevera encendida para enfriar la carne o iluminar la vitrina de los jugos equivale a una quiebra paulatina. Las tarifas de energía en la Región Caribe ya no se perciben como el cobro equitativo por un servicio público prestado. En las aceras, la gente lo llama extorsión institucionalizada. Las letras pequeñas del recibo justifican lo injustificable. O se paga la luz, o se hace el mercado del mes. No alcanza para ambas cosas.
El Congreso frente al termómetro de la calle

La desesperación de la gente de a pie terminó reventando, con justa razón, en las puertas del legislativo. Lobo decidió tomar el desespero regional y llevarlo intacto a los estrados bogotanos. Apenas ocho días después de haberse posesionado en su curul para su nuevo periodo, apretó el acelerador a fondo. No hubo espacio para diplomacias vacías. Convocó de urgencia un férreo debate de control político, sentando en el banquillo a los gerentes de Afinia y Air-e, junto a los altos mandos del Ministerio de Minas y la Superintendencia de Servicios Públicos.
Su premisa fue tan simple como aplastante. Es imposible vivir así. El parlamentario expuso ante la plenaria la radiografía cruda de más de 2,7 millones de usuarios asfixiados por interrupciones constantes del servicio y cobros astronómicos. Lobo no se anduvo con eufemismos baratos. Calificó de frente la situación como un «costo impagable», reclamando acciones inmediatas para que la tarifa se ajustara a los ingresos reales de los paisanos de la costa, y no a la especulación de un mercado completamente desconectado de la miseria local.
Pérdidas corporativas, bolsillos saqueados
El verdadero nudo ciego de esta crisis radica en una indolencia técnica avalada por el Estado. El congresista Cesarense apuntó sus baterías hacia aquellas resoluciones absurdas donde las llamadas pérdidas técnicas de la red eléctrica, incluidos los robos de energía de terceros y la ineficiencia estructural, se le cobran de frente y sin pudor al usuario honesto.
La exigencia de Lobo es clara. Frenar este atentado a la economía. Revisar con lupa implacable el marco regulatorio de la CREG. No se trata de un simple reclamo político pasajero para ganar aplausos en época de sesiones; es una necesidad de supervivencia para los tenderos que bajan la persiana oxidada por no poder pagar el recibo, y para las madres que secan el sudor de sus hijos con un pedazo de cartón a las tres de la tarde.
Una mecha encendida en el Caribe
La batalla sigue abierta y el cronómetro corre en contra. Los debates han dejado al descubierto un monopolio voraz que exprime sin misericordia a la región más calurosa del país. La postura del legislador marca una ruta de presión innegable que se niega a menguar frente al lobby empresarial.
Mientras las oficinas corporativas debaten cómodamente sus márgenes de rentabilidad bajo el aire acondicionado central, en las calles de Valledupar el sol sigue cayendo a plomo. El calor agobia las paredes. Los ventiladores, arrumados en una esquina del cuarto, siguen apagados por el pánico genuino a la próxima factura. Si el aparato estatal no corta pronto este circuito de asfixia, el estallido social terminará siendo la única factura que absolutamente nadie podrá pagar.
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