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Opinión

Vivir con depresión también es seguir funcionando

Vivir con depresión también es seguir funcionando

Por Daniela García Cárdenas
Psicóloga


Hay personas que se levantan, se bañan, se arreglan, trabajan, responden mensajes, pagan cuentas, llegan a tiempo y hasta sonríen cuando hace falta. Desde afuera se ven funcionales. Incluso responsables. Pero por dentro viven una experiencia muy distinta: la de hacer todo en automático, sin ganas, sin ilusión y sin verdadera conexión con lo que sostienen cada día.

Por eso hace falta decir algo que todavía cuesta entender: se puede vivir con depresión y seguir funcionando. Se puede cumplir sin estar bien. Se puede rendir sin estar motivado. Se puede sostener una rutina aparentemente ordenada y, al mismo tiempo, sentirse emocionalmente derrotado.

Durante mucho tiempo se instaló una idea muy limitada de la depresión. Se creyó que solo era visible cuando alguien dejaba de levantarse de la cama, descuidaba por completo su apariencia o se aislaba de todo. Pero la realidad emocional suele ser más compleja. Hay personas que no tienen el lujo de derrumbarse de esa forma. La vida no les da permiso. Hay hijos que cuidar, trabajos que sostener, arriendos que pagar, deudas, responsabilidades y exigencias que no esperan a que alguien procese su dolor.

Entonces, siguen. Siguen porque toca. Siguen porque no hay de otra. Siguen porque parar demasiado tiempo puede ser interpretado como fracaso, irresponsabilidad o debilidad. Y en ese esfuerzo por mantenerse operativas, muchas personas desarrollan una forma de depresión silenciosa, difícil de detectar, que no interrumpe del todo la productividad, pero sí erosiona el sentido de la vida cotidiana.

Ahí está una de las trampas más peligrosas. Como la persona sigue funcionando, el entorno no ve con claridad su sufrimiento. Se asume que, si alguien está trabajando, saliendo, respondiendo o viéndose bien, entonces no puede estar tan mal. Y la misma persona empieza a desconfiar de lo que siente. Se repite que quizá exagera, que si todavía cumple entonces no tiene derecho a llamarlo depresión, que si aún sonríe por momentos no puede estar tan vacía como cree.

Pero seguir funcionando no anula el dolor. A veces solo lo disimula mejor.

Hay vidas que por fuera siguen en pie, pero por dentro se sienten sin color. Personas que llegan a la noche sin ganas reales de nada. Que ya no disfrutan lo que antes les importaba. Que viven cansadas, desconectadas, irritables o emocionalmente planas. Gente que sigue haciendo todo lo necesario, pero dejó de sentir que lo que hace tiene verdadero sentido.

Esto no es extraño en contextos donde la exigencia social es alta. En Colombia, y en buena parte de nuestra vida cotidiana, importa mucho la apariencia de estabilidad. Se valora estar “bien presentado”, responder, no dejarse caer, seguir echando para adelante, aunque cueste. En muchos entornos familiares y laborales, la compostura pesa tanto que el sufrimiento aprende a maquillarse. Se organiza. Se viste. Se calla. Se vuelve funcional.

También influye la historia personal. Quienes crecieron en ambientes donde no había espacio para expresar tristeza, donde había que ser útiles, prudentes o fuertes, suelen volverse expertos en seguir adelante incluso cuando emocionalmente están agotados. Aprendieron que sentirse mal no detiene el mundo. Y entonces, cuando aparece la depresión, intentan administrarla del mismo modo: a punta de deber, silencio y rutina.

El riesgo de esta forma de depresión es justamente su invisibilidad. Como no hace demasiado ruido al principio, suele dejarse crecer. Como no siempre coincide con el estereotipo, tarda más en ser reconocida. Y como la persona sigue produciendo, el dolor se vuelve socialmente aceptable mientras no incomode demasiado.

Por eso conviene hacer una pregunta distinta cuando alguien parece estar cumpliendo con todo. No solo si está logrando sacar el día adelante, sino cuánto le está costando hacerlo. Porque vivir con depresión no siempre significa detenerse por completo. A veces significa sostener demasiado mientras por dentro algo importante se va apagando.

Se puede vivir con depresión sin pedir ayuda. Muchísima gente lo hace durante meses o años. Pero no se hace sin costo. El costo aparece en la motivación, en los vínculos, en el cuerpo, en la manera de dormir, en la capacidad de disfrutar, en el trato con uno mismo y en la sensación silenciosa de estar sobreviviendo más que viviendo.

Seguir funcionando no siempre es salud. A veces también es una forma de resistencia emocional que se vuelve insostenible con el tiempo. Y reconocerlo a tiempo puede evitar que la costumbre de aguantar termine convirtiéndose en una forma de deterioro.

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