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Opinión

La traición al liberalismo en el Tolima que hizo el jaramillismo

La traición al liberalismo en el Tolima que hizo el jaramillismo

Por José Baruth Tafur G. 

*Abogado - Especialista en Marketing Político 


La doble militancia moral: utilizar al partido Liberal durante décadas y desecharlo; eso es exactamente lo que realizó Mauricio Jaramillo.

El exsenador, que ocupó dichas dignidades por el partido Liberal, no solo rompió con su colectividad, sino que lo hizo públicamente al respaldar una candidatura del Pacto Verde Histórico en un evento realizado en la discoteca Cantina 111. Dicho hecho fue la oficialización de un viraje político que, de manera planeada, debilitó directamente la lista liberal a la Cámara.

Y aquí está el punto de fondo: no fue una decisión aislada, fue una estrategia.

Mientras públicamente se hablaba de liberalismo, en la práctica se construía una ruta paralela. La inclusión de nombres como Mauricio Andrade en la lista a la Cámara, que de manera orquestada y planeada, renunció —en medio de la contienda—, no puede leerse como coincidencia. Fue un movimiento que terminó afectando la estructura electoral del partido en el momento más crítico.

A esto se suma un elemento aún más grave: el ataque sistemático interno.

Desde distintos escenarios políticos y mediáticos, se buscó deslegitimar una lista liberal que, pese a todo, logró sostenerse. Porque, mientras unos operaban en contra, otros hicieron política en la calle.

Ahí aparece un hecho contundente: fueron 42.992 votos de seres humanos que sí creen en el liberalismo, que no les creen a los mafiosos políticos que desangraron al partido Liberal, esos ´chupasangres´ que hicieron parte del escándalo de Luis H. alcalde por el partido Liberal.

Ese resultado de 42.992 no es menor. Es la demostración de que existe un liberalismo independiente, con liderazgo propio, auténtico e independiente, que no depende de estructuras tradicionales ni de acuerdos por debajo de la mesa, como está acostumbrado el jaramillismo.

Un reconocimiento al liberalismo que, encabezado por Olga Beatriz González, resistió no solo la competencia externa, sino también el fuego hipócrita de quienes se hacían llamar aliados. Hoy algunos pretenden presentarse como salvadores —¡qué cinismo, Dr. Jaramillo y diputado Reyes!—, cuando en realidad fueron protagonistas del deterioro interno del partido. 

Los mismos brindaron la zancadilla al partido, todos reunidos en un almuerzo —Mauricio Andrade, Ángel María Gaitán, Carlos Reyes—, bajo la orientación del amigo de Orlando Arciniegas, el Dr. Mauricio Jaramillo; terminaron siendo parte de una dinámica que debilitó al liberalismo desde adentro. No es un relato, es memoria política: muchos vieron cómo quienes hoy buscan reivindicarse fueron, en su momento, actores clave de la fractura que dicen querer reparar.

Y ese es, quizás, el mayor contraste de esta historia.

Por un lado, un jaramillismo que se olvida de los liberales y decide alinearse con el Pacto Histórico, rompiendo con su partido.

Por el otro, un sector que se mantiene firme, construyendo votos sin maquinaria cruzada, como la que usó Marco Emilio Hincapié, Pacto Verde Histórico, que utilizó a Coljuegos, y enfrentando lo que la propia Olga B ha denunciado como intentos de división interna.

Esto deja una conclusión incómoda, pero necesaria: la crisis del liberalismo en el Tolima no es electoral, es ética.

Porque, cuando un dirigente utiliza su capital político para debilitar su propio partido, deja de ser un actor ideológico y se convierte en un operador estratégico de intereses distintos.

La política permite alianzas, sí. Lo que no permite —o no debería permitir— es la traición disfrazada de coherencia. Y hoy, en el Tolima, esa línea quedó completamente expuesta.

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