Historias
Entre rezos y gambetas
Aficionados de la selección Col
La víspera de un Mundial siempre deja espacio para las cábalas. Unos besan la medalla que cuelga del cuello, otros entran al campo con el pie derecho, algunos no cambian de camiseta durante todo el torneo como lo hizo en un tiempo el director técnico de la tricolor y, al otro lado del Atlántico, todavía hay quienes creen que un ritual puede cambiar el destino de un partido.
Ghana vuelve a aparecer en el radar del fútbol mundial rodeada de esas historias que despiertan curiosidad, incredulidad y, por qué no, una sonrisa. Mientras Colombia afina la estrategia para el duelo de eliminación directa, en territorio africano reaparecen personajes que aseguran conversar con fuerzas invisibles capaces de detener delanteros, torcer remates o inclinar la suerte hacia un arco determinado.
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La figura más conocida es Nana Kwaku Bonsam, un sacerdote tradicional convertido desde hace años en protagonista de titulares internacionales. En Brasil 2014 dijo haber realizado ceremonias para afectar el rendimiento de Cristiano Ronaldo. Ahora volvió a escena asegurando que había intervenido espiritualmente para impedir que Harry Kane marcara frente a Ghana. El empate sin goles alimentó el mito entre algunos y fortaleció el escepticismo entre muchos otros.
La escena puede parecer extravagante para Occidente, pero en Ghana forma parte de una realidad cultural mucho más profunda. Las creencias ancestrales conviven con el cristianismo y el islam en una sociedad donde la espiritualidad tiene múltiples formas de manifestarse. Los amuletos, el polvo blanco sobre el rostro, las oraciones y los rituales representan, para numerosos creyentes, símbolos de protección, conexión con los antepasados y búsqueda de fortaleza.
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No se trata únicamente de fútbol. Es una expresión cultural que ha sobrevivido al paso del tiempo y que continúa presente en diferentes ámbitos de la vida cotidiana. Por eso no sorprende que, antes de un partido decisivo, resurjan quienes prometen influir en el marcador desde dimensiones distintas a las del terreno de juego.
Los propios periodistas deportivos ghaneses suelen poner las cosas en perspectiva. Reconocen que estos personajes generan enorme atención mediática, aunque dudan de que tengan alguna incidencia real en los resultados. La mayoría coincide en que el verdadero peso continúa estando en el trabajo táctico, la preparación física y el talento de los futbolistas.
Incluso la Federación de Fútbol de Ghana ha preferido respaldar oficialmente jornadas de oración con líderes cristianos y musulmanes antes que rituales tradicionales. La espiritualidad hace parte de la preparación, pero desde un enfoque religioso ampliamente aceptado y no desde supuestos actos sobrenaturales.
En el resto del continente africano tampoco es extraño encontrar historias similares. En varias ligas se han documentado prácticas conocidas como juju o muti, al punto de que algunos campeonatos han debido reglamentar el ingreso de personas o ceremonias a los escenarios deportivos para evitar que interfieran con el desarrollo de los encuentros. La FIFA, por su parte, nunca ha sancionado a una selección por presuntos actos de brujería; únicamente interviene cuando esas acciones alteran el normal desarrollo del juego.
Mientras tanto, Colombia llega respaldada por un argumento mucho menos misterioso: el buen fútbol que la condujo a terminar invicta la fase de grupos bajo la dirección de Néstor Lorenzo. Del otro lado estará una selección ghanesa dirigida por un viejo conocido de la afición colombiana: el portugués Carlos Queiroz, quien ahora intentará eliminar al equipo que dirigió entre 2019 y 2020.
El partido también representa el primer enfrentamiento oficial entre ambas selecciones en una competencia organizada por la FIFA. Una cita inédita donde se cruzarán dos culturas futbolísticas muy distintas y dos maneras de entender la preparación antes de un compromiso decisivo. Vale la pena mencionar que hasta las 3 de la tarde de este jueves 2 de julio, ninguna selección africana no ha clasificado a la siguiente ronda.
Quizá antes del pitazo inicial alguien rece, otro levante un amuleto hacia el cielo y otro más dibuje símbolos sobre la tierra. Colombia, seguramente, repetirá sus propias rutinas de concentración. Al final, cada selección llegará al campo acompañada de aquello en lo que decide creer.
Porque el fútbol siempre deja espacio para la superstición. Lo verdaderamente difícil sigue siendo convencer al balón de cambiar su destino. Y ese, por fortuna, todavía no obedece ni a brujos ni a hechizos, sino a los pies de quienes se atreven a escribir la historia sobre el césped.
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